La oración de Jesús en el Huerto de los Olivos nos invita a aceptar el sufrimiento

1 de febrero de 2012.- El Santo Padre ha recibido esta mañana en audiencia a miles de peregrinos llegados de todo el mundo que se reunieron en el Aula Pablo VI. La catequesis de hoy estuvo centrada en la oración de Jesús en el Huerto de los Olivos, dentro del ciclo que el Papa está dedicando a la oración de Jesús.

  El evangelista Marcos narra que, después de la Última Cena, Jesús se dirige al Huerto de los Olivos y se prepara para la oración personal. “Pero esta vez –dijo el Papa- sucede algo nuevo: parece que no quiere estar solo. A menudo Jesús se alejaba de las multitudes, e incluso de los discípulos, para orar. En Getsemaní, en cambio, invita a Pedro, Santiago y Juan a estar cerca de Él. Son los mismos discípulos que llamó para que estuvieran con Él en el monte de la Transfiguración”.
  “Esta cercanía de los tres durante la oración en Getsemaní es significativa –continuó el Pontífice-. Se trata de una petición de solidaridad en el momento en el que siente aproximarse la muerte; pero es, sobre todo, una cercanía en la oración para expresar, de algún modo, la sintonía con Él en el momento en el que se prepara para cumplir hasta el final la voluntad del Padre, así como una invitación a cada discípulo a seguirlo en el camino de la Cruz”.
  Las palabras que Cristo dirige a los tres discípulos (“Mi alma está triste hasta la muerte; quedaos aquí y velad”) revelan que en aquel momento siente “miedo y angustia, experimenta la última profunda soledad precisamente mientras se está cumpliendo el plan de Dios. En este miedo y angustia de Jesús se resume todo el horror del hombre ante su propia muerte, ante la certeza de su inexorabilidad y la percepción del peso del mal que toca nuestras vidas”.
  Después de invitar a los discípulos a velar, Jesús se aleja un poco. Citando a San Marcos, el Papa recordó que “Jesús cae postrado en tierra: es una posición de oración que expresa la obediencia a la voluntad del Padre, el abandonarse con plena confianza el Él”. Luego Jesús pide al Padre que, si es posible, pase lejos de Él esa hora. “No se trata solo del miedo y la angustia del hombre ante la muerte, sino que está presente también la turbación del Hijo de Dios que ve la terrible masa del mal que deberá tomar sobre Sí para superarlo, para privarlo de poder”.
  En este punto, Benedicto XVI exhortó a los fieles a rezar llevando ante Dios “nuestros esfuerzos, los sufrimientos de ciertas situaciones, el compromiso cotidiano de seguirlo, de ser cristianos, y también el peso del mal que vemos en nosotros y alrededor nuestro, para que Él nos dé esperanza, nos haga sentir su cercanía, nos dé un poco de luz en el camino de la vida”.
  Retornando a la oración de Jesús, el Papa señaló tres “pasajes reveladores” en las palabras que dirige al Padre: “¡Abbá, Padre! Todo te es posible, aparta de mí este cáliz; pero que no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres Tú”. En primer lugar, la palabra aramea “Abbá” es la utilizada por los niños para dirigirse a sus padres, por lo que expresa “la relación de Jesús con Dios Padre, una relación de afecto, confianza, abandono”. En segundo lugar aparece la conciencia de la omnipotencia del Padre, que “introduce una petición en la que vemos de nuevo el drama de la voluntad humana de Jesús ante la muerte y el mal. (…) Pero la tercera expresión (…) es la decisiva, aquélla en la que la voluntad humana adhiere plenamente a la voluntad divina. (…) Jesús nos dice que sólo conformando la propia voluntad con la voluntad divina, el ser humano alcanza su verdadera altura, se hace ‘divino’. (…) Y es eso lo que hace en Getsemaní: transfiriendo la voluntad humana en la voluntad divina nace el verdadero hombre y somos redimidos”.
  Cuando rezamos el Padre Nuestro, “pedimos al Señor: ‘Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo’. Reconocemos que existe una voluntad de Dios sobre nuestra vida, y que ha de ser cada día más la referencia de nuestro querer y de nuestro ser; reconocemos también que (…) la tierra sólo se hace cielo, lugar de la presencia del amor, la bondad, la verdad, la belleza divina, si en ella se hace la voluntad de Dios”.
  Así, en nuestra oración “debemos aprender a confiar más en la divina Providencia, pedir a Dios la fuerza para salir de nosotros mismos y renovar nuestro ‘sí’, para decirle: ‘hágase tu voluntad’, para conformar nuestra voluntad con la suya. Es una oración que debemos repetir a diario, porque no siempre es fácil confiarse a la voluntad de Dios”.
  La narración evangélica muestra que los discípulos no fueron capaces de velar con Cristo. Por eso, para concluir Benedicto XVI dijo: “Pidamos al Señor que seamos capaces de velar con Él en oración, de seguir la voluntad de Dios cada día, incluso si habla de Cruz, de vivir una intimidad cada vez mayor con el Señor, para traer a esta tierra un poco del cielo de Dios”.
  Tras la catequesis, el Papa saludó –en diversos idiomas- a los peregrinos presentes, especialmente a un grupo de capellanes del Ejército Británico; a los fieles procedentes de Hong Kong e Hispanoamérica; a los obispos amigos de la Comunidad de San Egidio venidos de Europa, Asia y Africa; y a los jóvenes y los enfermos.
(VIS)
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