«Mis ovejas oyen mi voz que es amor»

REFLEXIÓN PARA EL IV DOMINGO DE PASCUA O DEL BUEN PASTOR Y JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN POR LAS VOCACIONES

«Mis ovejas oyen mi voz que es amor»


Lo nuestro, lo específico del cristiano, es anteponer el cumplimiento de la misión a los intereses personales. Es ese ser capaces de entregar hasta la vida en beneficio del mundo, aunque éste no acabe de entender tamaño despropósito y tamaña longanimidad. El autentico creyente, como Jesús e inspirado en Él es el buen pastor que da la vida por las ovejas.

Jesús es el Buen Pastor y por tanto el auténtico y el único, porque es el único que ha entregado su vida por mí. Él es es autentico pastor porque nos conoce uno a uno. Me conoce mejor que yo mismo me conozco. «Mis ovejas oyen mi voz (Jn 10,27). ¿Sabéis si os ha llamado alguna vez el Señor y si le habéis oído? Pues tené señal que, si le oístes, que sois su oveja. Gran señal es, muy cierto, que la oveja y cualquier ganado oye la voz de su pastor y viene luego a su llamado» [1]. Si venimos ante el Sagrario basta decirle “aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”.

«Toda criatura, en particular toda persona humana, es fruto de un pensamiento y de un acto de amor de Dios, amor inmenso, fiel, eterno (cf. Jr 31,3)» [2]. Cristo, resucitando, retoma la vida que nos ha dado en la Cruz, atrayéndonos así hacia el Cielo, en su relación de amor con el Padre. Llegamos a ser hijos y partícipes de su mismo Amor, por el Padre y por los hombres. El mismo Amor que nos ha dado debemos demostrarlo ante un mundo cade vez más egoísta.«¿Quieres conocer si eres oveja de Jesucristo? Pues mira si te duele perdonar a tu prójimo, y oyendo que dice Dios: «¡Perdona!», sí perdonas» [3].

Tres rasgos caracterizan al buen pastor: conoce a las ovejas, da la vida por ellas y cuida de la unidad del rebaño (del pueblo). En el lenguaje bíblico, “conocer” va más allá de lo intelectual, se refiere al afecto; al amar a alguien. Dar la vida libremente ayuda a pasar del victimismo y el sinsentido de la violencia, a la existencia oferente, en la que la libertad y la gratuidad caracterizan el amor. Cuidar de la unidad del rebaño, entendido como el pueblo de Dios, es en sentido opuesto a cualquier actitud que divida o crispe. Solo la dulzura, la paciencia y la mansedumbre pueden disponer a que el pastor cuide en vez de dividir; que cure en vez de juzgar y excluir.

Tomamos contacto con nuestro propio corazón, imaginando que Jesús mismo nos hace la pregunta que le hizo a Pedro: “¿Me amas?” ¿Qué podría responderle yo? Repasa con Jesús tu historia personal, tu vida y reconoce el amor que Dios, Jesús, ha tenido contigo y cómo has correspondido. Mira también a tu alrededor y párate a ver las personas que te quieren bien, lo que han hecho contigo, por ti. Y mira también a las que tú quieres bien y lo que has hecho y haces por ellas. ¿Ves alguna relación entre el amor que tienes a Dios y el que tienes a los que te rodean y con los que tratas?

Por eso, es preciso «volver a anunciar, especialmente a las nuevas generaciones, la belleza cautivadora de ese amor divino, que precede y acompaña» [4].

Quien recibe el don de la Vocación, es “retomado”, atraído a la vida de Cristo y hecho partícipe de su misma obra salvífica. Quien es sacerdote, hasta tal punto es objeto de amor y de misericordia, que puede hacer presente, a través de su propia persona, al mismo Jesús Buen Pastor. A este respecto, al Santo Cura de Ars le gustaba repetir: «El sacerdote no es sacerdote para sí mismo; lo es para vosotros»[5].

Pidámosle a la Santísima Virgen, Puerta del Cielo y Reina de los Apóstoles, que nos dejemos determinar por completo, como Ella, por el verdadero conocimiento de Cristo,  el único que puede llevarnos a las praderas celestiales. «Si oyes la voz de tu pastor y le sigues, él te siguirá, él te guardará que no perezcas para siempre. […] No habrá quien te arrebate de su mano. ¡Hermanos! Por la sangre suya y por su pasión, que miremos si somos ovejas suyas, para que, conociendo su dehesa y paciendo su yerba, nos dé aquí su gracia y después su gloria, ad quam nos perducat. Amen» [6].

Domingo 29 de abril de 2012

Iglesiaactualidad

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NOTAS:

[1] San JUAN DE ÁVILA, Sermón 15, 5.

[2] BENEDICTO XVI, Mensaje para la XLIX Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones (18 de octubre de 2011).

[3] San JUAN DE ÁVILA, Sermón 15, 8.

[4] BENEDICTO XVI, Mensaje para la XLIX Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones (Vaticano, 18 de octubre de 2011).

[5] Le curé d’Ars. Sa pensée – Son cœur, Foi Vivante, 1966, p. 100.

[6] San JUAN DE ÁVILA, Sermón 15, 32.

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ORACIÓN PARA AGRADECER

Dios y Señor de la vida, de nuestra vida y de nuestra historia.
Nos amas, nos amas y nos llamas sin cesar, con delicadeza y paciencia.
Nos amas y nos llamas a seguir a Jesucristo, tu Hijo, nuestro buen Pastor,
a quien nadie le quita la vida sino que nos la entrega por amor,
misericordioso y fiel.

Gracias por la Eucaristía,
que es fiesta de tu amor y de nuestra hermosa vocación.
Gracias por enseñarnos tu modo de ser y vivir.
Gracias por invitarnos a seguirte y a vivir como tú.
Gracias porque no nos abandonas nunca.
Gracias por los religiosos y religiosas,
los sacerdotes, que son signos de tu presencia y de tu amor.

Queremos ser fieles a ese don de tu amor,
fieles a la vida y a nuestra hermosa vocación.
Queremos vivir dóciles a ti, Espíritu Santo,
hijos del Padre y hermanos de la humanidad,
construyendo día a día el reinado de paz,
comunión y solidaridad.

Sigue llamando a hermanas y hermanos nuestros,
que vivan con alegría la consagración.
Ayúdanos a formar en su corazón,
tu corazón de buen pastor,
a estar cerca fraternalmente para que sepan ser como eres tú, buen Jesús
y sepan decir con su vida, día a día: “Aquí estoy”, como lo vives tú.

Amén.

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ORACIÓN  DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI,
(Homilía en la Solemnidad de los Apóstoles San Pedro y San Pablo
y en el 60º Aniversario de su Ordenación Sacerdotal, 
29 junio 2011)

Señor,
gracias, porque nos has abierto tu corazón;
y con tu muerte y tu resurrección
te has convertido en manantial de vida.

Haz que seamos personas sedientas
que beben de tu fuente,
y haznos manantial también,
para que podamos dar hoy agua de vida.

Gracias por la gracia del ministerio sacerdotal.

Señor, bendícenos
y bendice a todos los hombres de nuestro tiempo
que están sedientos y buscan.

Amén.

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