Hacia la Jornada Mundial de la Juventud 2013

23 de agosto de 2011.- Del 23 al 28 de julio de 2013 la gigantesca estatua del Cristo Redentor sobre el Corcovado acogerá en su abrazo simbólico a los jóvenes de todo el mundo para la próxima edición internacional de la JMJ. Poco antes de que bajase el telón sobre las jornadas madrileñas, el Papa anunció que la sede elegida es Río de Janeiro y que el acontecimiento se tendrá con un año de anticipación respecto al calendario normal de las JMJ, porque en 2014 en Brasil se celebrarán los campeonatos mundiales de fútbol «y, por tanto, el tiempo apremia», comenta en caliente el arzobispo Orani João Tempesta. Además, —dice a  nuestro periódico sobre el palco de Cuatro Vientos donde Benedicto XVI acaba de celebrar la misa conclusiva de la XXVI JMJ— «queremos demostrar que Río no es sólo deporte y carnaval. Nuestra Jornada deberá ser una oportunidad para esos jóvenes, que están afligidos por problemas como la indigencia, la violencia y la droga».

Pero la anticipación de un año sobre el calendario ha sido necesaria también por el hecho de que la ciudad maravillosa, como la llaman allá, acogerá otros dos acontecimientos de relieve mundial, desplazando de hecho en el inminente futuro el centro de la atención de los medios de comunicación hacia el  «planeta» Brasil: en 2016 será sede de los juegos olímpicos y antes aún, en junio de 2012, de la próxima Conferencia de la ONU sobre el desarrollo sostenible, que deberá verificar lo que ha sucedido a veinte años de distancia del primer grito de alarma sobre la salud de la Tierra lanzado precisamente desde Río de Janeiro en 1992.

Hay también otra novedad de gran relieve: los jóvenes brasileños han venido en gran número a Madrid -dieciséis mil-, acompañados por cerca de sesenta obispos, para recibir la cruz y el icono mariano símbolo de las JMJ directamente de las manos de sus coetáneos de la capital española, porque —explica  monseñor Tempesta— «el  país es inmenso, y queremos que la peregrinación  implique a todas las 274 diócesis de Brasil, antes de llegar a Río, dos meses antes de la cita». Si se tiene en cuenta que en Sydney había sólo dos mil brasileños, se ve claramente la diferencia, gracias a la pastoral juvenil. «Antes existía sólo un sector juventud; ahora todos los componentes de la Iglesia están comprometidos en la comisión instituida por la Conferencia episcopal nacional durante la última asamblea general», explica el responsable, el obispo salesiano Eduardo Pinheiro da Silva.

Después de Toronto 2002, la JMJ vuelve, por tanto, al nuevo continente americano. Mientras que habrán transcurrido 26 años desde la última etapa en América Latina: aconteció en 1987 en Buenos Aires, pero desde entonces —a causa de la globalización— muchas cosas han cambiado. La cita de 2013 implicará a la archidiócesis carioca, con sus seis millones de habitantes; a Brasil, comprometido en un colosal esfuerzo de desarrollo, con inversiones millonarias; y a todo el continente, que cuenta con el 47 por ciento de todos los católicos del mundo. Y el arzobispo Tempesta subraya precisamente esta última dimensión, que dará gran relieve a las Iglesias latinoamericanas y del Caribe: «La organización de la JMJ es una alegría y una oportunidad para los católicos de nuestra archidiócesis, para los brasileños y para los fieles de América Latina». Porque —añade— «no se trata solo de recibir a los jóvenes de todo el mundo, sino de renovar nuestra confianza en el Espíritu Santo para ser discípulos misioneros y confirmar nuestro compromiso por una vida social auténtica y construir la civilización del amor», como lo pidió la V Conferencia del Episcopado continental celebrada en Aparecida.

Y el propio arzobispo de Aparecida, el cardenal Raymundo Damasceno Assis, presidente de la Conferencia episcopal, ha afirmado en una conferencia de prensa tenida en Madrid, que la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, ha  expresado la voluntad de ayudar de todas las maneras posibles a los entes locales para la realización de este acontecimiento. Al ser también presidente del Celam, el Consejo episcopal latinoamericano, el purpurado desea además una participación  «muy fuerte» de toda América Latina, siguiendo las indicaciones dadas en Aparecida. Por lo demás, fue precisamente en esa ocasión, durante la estancia del Papa en Sao Paulo, el 10 de mayo de hace cuatro años, cuando en nombre de los obispos brasileños don Eduardo le hizo la petición de acoger la JMJ. «Recuerdo que Benedicto XVI respondió con una sonrisa y ahora ya estamos listos para poner en marcha un comité organizador». Tal vez también por esto la cruz y el icono de la JMJ llegarán precisamente a la metrópolis paulista el próximo 18 de septiembre, para recorrer luego desde allí todo el Brasil. Un país —vale la pena recordarlo— donde los católicos superan los 150 millones, es decir, son el 74 por ciento de una población de 220 millones, con puntas del 84 por ciento en las zonas rurales. En las periferias de las grandes metrópolis, en cambio, el porcentaje baja al 65 por ciento.. «Haciendo un cálculo rápido —añade el prelado— los jóvenes entre quince y treinta años deberían ser cincuenta millones».

Si la JMJ que acaba de concluir fue una JMJ a ritmo de chotis, el baile típico de Madrid, la próxima será a paso de samba. Una prueba de ello tuvo lugar ya durante la celebración conclusiva de la XXVI edición, cuando el Papa anunció que la sede elegida es Río de Janeiro y los muchachos españoles entregaron la gran cruz de madera a sus coetáneos cariocas: sobre las pantallas gigantes en la explanada de Cuatro Vientos se vio la explosión de alegría de los diez mil jóvenes reunidos en el maracanãzinho, el estadio de la metrópoli brasileña, que habían seguido la misa en directo, aunque —con motivo del cambio horario y las estaciones invertidas— era plena noche y tiempo de plena actividad escolar.

También en Madrid hubo fiesta, donde los dieciséis mil brasileños inscritos —no obstante los costes de un viaje tan largo— estaban acompañados por unos sesenta obispos, entre ellos los cardenales Odilo Pedro Scherer, arzobispo de
São Paulo, y Raymundo Damasceno Assis, arzobispo de Aparecida y presidente de la Conferencia episcopal. Una fiesta que comenzó en Cuatro Vientos y continuó por la tarde en el cuartel general de la juventud brasileña en la capital española, en una zona que por una singular coincidencia se llama «Madrid Río». Estuvieron con ellos autoridades de nivel como el gobernador del estado de Río de Janeiro, Sérgio Cabral, y el alcalde de la ciudad, Eduardo Paes, y la delegación formada por dos jóvenes por cada una de las 274 diócesis de Brasil, que tienen la tarea, después de esta experiencia, de llevar a casa indicaciones, enseñanzas y pasión con vistas a la convocatoria.

Don Eric Jacquinet, que como responsable de la sección de jóvenes del Consejo pontificio para los laicos era su primera JMJ, explicó este aspecto: «En Sydney, en 2008, no estaba el comité organizador de Madrid; esta vez hemos querido que los brasileños estuvieran presentes, para que pudieran darse cuenta en el lugar de los hechos del trabajo que se debe hacer. Además —agregó— este tiempo abreviado de tan sólo dos años hará que todos los jóvenes presentes hoy aquí sean los principales promotores de la JMJ en su país, porque en un período tan breve normalmente no cambia su estatus social».

También Yago de la Cierva, director ejecutivo y portavoz de la Jornada madrileña, habló el domingo, durante un encuentro con los periodistas en el Centro internacional de prensa, sobre la colaboración entre los organizadores de la XXVI JMJ y la archidiócesis brasileña. «Seguiremos dando una mano en lo que se refiere a los aspectos prácticos, mientras la pastoral no se enseña», dijo al subrayar que la JMJ de 2013 será para el país que acoge también «un entrenamiento para el mundial y las olimpiadas».

(L’Osservatore Romano/Iglesiaactualidad)

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