«Cristo: amor hasta el extremo»

REFLEXIÓN PARA LA SEMANA SANTA 2012

«Cristo: amor hasta el extremo»


Han pasado ya los cuarenta días de la Cuaresma y, ahora, hora de hacer examen para comprobar si, como se nos exhortaba en la imposición de la ceniza, hemos convertido nuestras vidas al Evangelio (cf. Mc 1,15) y de esta forma nos hemos reconciliado con Dios (cf. 2Cor 5,20). Comenzamos, pues, la semana más importante del año para los cristianos, donde contemplaremos el amor hasta el extremo que nos tiene Cristo (cf. Jn 13,1).

Domingo de Ramos: ¡Bendito el que viene!

A modo de fiesta y vítores aclamaban al Señor aquellos que lo seguían en su entrada a Jerusalén. No sabemos exactamente el pensamiento que tendrían estos aclamadores. Me refiero a si entenderían lo que decían o simplemente lo decían por decir. En este momento, Jesús es plenamente consciente de por qué entra en la Ciudad Santa, lo ha anunciado ya con antelación: el Hijo del hombre tiene que padecer mucho… (cf. Mc 8,31). La peregrinación o subida del Señor que comenzaba en el pesebre de Belén llega a su cima en Jerusalén.

El pasaje evangélico de la procesión, nos muestra la figura del borrico. A simple vista nos parece insignificante, pero las apariencias engañan. Es el símbolo de la humildad (cf. Is 62, 11; Zac 9,9) y del reinado de David. En esta escena Jesús entra a Jerusalén como Rey de reyes, dirigiéndose al trono de la cruz. «Él es un rey que rompe los arcos de guerra, un rey de la paz y un rey de sencillez, un rey de los pobres»[1].

La gente que había visto los hechos realizados por Jesús y habían escuchado sus palabras durante su camino a Jerusalén, manifiestan ahora la fe mesiánica que Él había despertado. Y todos, a voz unísona, proclamaron: «¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!» (Mc 11, 9).

Jueves Santo: Caridad, Sacerdocio y Eucaristía

Con la palabra “alianza” se quiere poner de relieve la dimensión eclesial y nupcial del don de la Eucaristía, don con el cual el Señor quiere llegar a todos los hombres. La Eucaristía es pan vivo entregado para la vida del mundo y sangre de la alianza derramada para el perdón de los pecados de todos los hombres. He aquí que Cristo que vino para obtenernos «con su propia sangre… una redención eterna» (Hb 9, 12).

«Es el amor de Cristo el que llena nuestros corazones»[2]. Su vida transforma a la comunidad cristiana en un templo de Dios vivo por el culto de una nueva alianza. Este culto nuevo se manifiesta, entre otras cosas, por la humildad y el servicio, «que cada uno actúe sabiamente según el carisma que Dios le ha entregado» (Rom 12 3). «Desde aquel momento, y hasta al final de los siglos, la Iglesia se edifica a través de la comunión sacramental con el Hijo de Dios inmolado por nosotros»[3].

La institución Eucarística no es un acto o mandato mágico. Es oración. Es acción de gracias. Es alabanza continua. Es el peso de nuestros pecados. Es don terrenal de Dios. De esta manera forma, Cristo se ha convertido en «Sumo Sacerdote de los bienes definitivos» (Hb 9,11) «según el rito de Melquisedec» (Sal 110,4; Hb 5,6). Pero, y nosotros, «¿anhelamos su cercanía, ese ser uno con él, que se nos regala en la Eucaristía?»[4]. Debemos dar gracias al Señor que nos ha dado un «sacrificio puro, inmaculado y santo: pan de vida eterna y cáliz de eterna salvación»[5].

Viernes Santo: la hora decisiva

Para librarnos de la muerte, Dios se lanzó a una misión arriesgada: quería llevar a cabo un intercambio para salvarnos para siembre, nos dio su vida. A los ojos de san Pablo la cruz asume una dimensión cósmica. Por ella Cristo derribó el muro de separación, reconcilió a los hombres con Dios y entre sí, destruyendo la enemistad (cf. Ef 2, 14-16). Acontecimiento cósmico y a la vez personalísimo: «Me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Ga 2, 20). Por cada hombre, escribe el Apóstol, murió Cristo (cf. Rm 14, 15). De este modo, «la pasión de Cristo nos impulsa a cargar sobre nuestros hombros el sufrimiento del mundo»[6].

Dios exaltó a Cristo, nacido de la Virgen María, por medio de la cruz. En la cruz de Cristo nos encontramos todos los cristianos. De aquí la tradición primitiva desarrolló el tema de la cruz árbol cósmico cuyo brazo vertical une el cielo y la tierra, y cuyo brazo horizontal reconcilia entre sí a los diversos pueblos del mundo. Mediante la cruz de Cristo, donde precisamente el Amor se manifiesta definitivamente, el hombre, de hijo pródigo como era, «se convierte en justicia de Dios». Es liberado del pecado, justificado: se le hace retornar a la justicia de Dios mediante el amor. «Un cristiano nunca puede estar triste porque ha encontrado a Cristo, que ha dado la vida por él»[7].

Cristo es el verdadero Cordero inmolado. Hay que resaltar que, siguendo el Evangelio de Juan, «Jesús murió a la hora en que se sacrificaban en el templo los corderos pascuales»[8]. Gracias a la cruz, homos podido ver al «Crucificado exaltado como juez poderoso»[9]. La muerte de Cristo es la voluntad del Padre, pero no su última palabra.

Conclusión

La verdad, es que cuando Dios nos ama, Él nos asocia a la gran aventura de la salvación del mundo. Nuestra misión, es de amar. Allí está lo que aprendemos de la vida del Señor, y muy especialmente del sacrificio de su Eucaristía. Aquel que encuentra en la Cruz del Señor la vida verdadera, siente la necesidad de darla a conocer a sus coetáneos. Permanecer en el Dios vivo significa misión, es decir, transmisión de la fe.

Salgamos con nuestras mejores palmas a recibir al Señor que entra triunfante en nuestras vidas; sentémonos en su mesa para comer un mismo Pan y beber un mismo Cáliz; acompañémosle en silencio en camino hasta el Calvario y permanezcamos junto a María y Juan al pie de la Cruz; y mantengámonos en oración a la espera de la Noche Santa.

 

Sábado 31 de marzo, en las Primeras Vísperas del Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, del año de Gracia 2012.

Iglesiaactualidad


[1] JOSEPH RATZINGER – BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret. Desde la entrada en Jerusalén hasta la Resurrección, Ediciones Encuentro, Madrid 2011, pág. 14.

[2] BENEDICTO XVI, Carta Apostólica Porta fidei (11 de octubre de 2011), 7.

[3] Beato JUAN PABLO II, Carta Encíclica Ecclesia de Eucharistia (17 de abril de 2003), 21.

[4] BENEDICTO XVI, Homilía en la Santa Misa «in Coena Domini» (21 de abril de 2011).

[5] Misal Romano, Plegaria Eucarística I o Canon Romano.

[6] BENEDICTO XVI, Discurso en el Vía Crucis con los jóvenes (Madrid, 19 de agosto de 2011).

[7] BENEDICTO XVI, Mensaje para la XXVII Jornada Mundial de la Juventud (15 de marzo de 2012), 3.

[8] JOSEPH RATZINGER – BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret. Desde la entrada en Jerusalén hasta la Resurrección, Ediciones Encuentro, Madrid 2011, pág. 135.

[9] Misal Romano, Prefacio de la Pasión del Señor I.

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