Lectio divina para el IV Lunes de Adviento – 24 de diciembre (2012)

Jose_y_Maria

Tiempo de acogida

“¿Eres tú quien me va a construir una casa para que habite en ella?” (2Sam 7, 1-5)

“Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz” (Lc 1, 79).

Meditación

Entra, Señor, en mi casa, aunque no soy digno; sé huésped de mi habitación interior, aunque tengas que alzar la vista para no ver toda mi pobreza. Tú llenas de luz mi oscuridad, de amor mi frío corazón, de acompañamiento mi soledad, de gozo mis nostalgias. Ven, ven, Señor, no tardes más.

Si al inicio del Tiempo de Adviento los pies se dirigían a la altura del monte del Señor, si la llamada a ascender al monte santo significaba esfuerzo, ascesis y conversión, llega la hora en la que sólo hace falta acoger, recibir, sobrecogerse, adorar, rendir el pensamiento, porque ya no se trata de subir, sino de dejarle a Dios, que nace hombre, un lugar en el propio corazón.

La misericordia del Señor triunfa sobre el juicio; Él no sólo desea habitar en nuestra casa, sino que incluso nos ha dado la gracia para edificarla, pues en vano se cansan los albañiles, si el Señor no construye la casa. Nuestra existencia, nuestra corporeidad se convierte en espacio habitable porque Dios la ha asumido en la persona de su Hijo, el Hijo de María de Nazaret.

Si Dios se conmovió cuando David pensó en hacer un templo para el Arca de la Alianza, ¡cuánto más se conmueve, cuando ve al ser humano deseando su presencia!

Súplica

Sol que naces de lo alto, Resplandor de la luz eterna, Sol de justicia, ¡ven ahora a iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte!

Disposiciones

¿Tienes paz en tu corazón? La presencia de Dios dentro de ti, ¿te da gozo, o te violenta?

¿Te mantienes en actitud de espera, o preocupado y hacendoso en mil cosas, sin reparar que hoy desea hospedarse en tu casa el Hijo de Dios, el Emmanuel?

Feliz Nochebuena, que gustes el paso del Señor en ti y entre los tuyos.

(Ángel Moreno, de Buenafuente)

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