45 millones de horas dedicadas a los demás

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30 de abril de 2013.- El Año de la fe, convocado por el papa Benedicto XVI, que estamos viviendo en nuestras comunidades cristianas es un tiempo de gracia para repensar y vivir la fe con valentía y entusiasmo, sin complejos ni falsos pudores. Y no solo personalmente, sino también en comunidad.

Es muy frecuente escuchar y leer en los medios de comunicación social que la fe es algo privado; se ha convertido en cantinela repetitiva de aquellos que quieren atacar o liquidar el cristianismo, aunque, paradójicamente, suelen admitir la dimensión pública de otras religiones. Y no es verdad que la religión sea algo privado, sino personal, que es cosa diferente. No hay que olvidar que la persona tiene una dimensión pública y social. La fe, por tanto, es personal, puesto que es la persona la invitada por Dios a la comunión con Él, pero es también eclesial y ha de ser vivida en comunidad, porque la recibimos de otros y debemos transmitírsela a las generaciones posteriores. Los creyentes cristianos somos un eslabón en esa gran cadena forjada a lo largo de veinte siglos en todos los lugares del planeta.

La Iglesia que peregrina en tierras españolas cuida de la vida espiritual de sus miembros mediante una intensa actividad litúrgica, acompañada de otras actividades estrictamente pastorales, y dedica también especiales esfuerzos a la ayuda y socorro de los necesitados, viendo en ellos a criaturas hechas a imagen y semejanza de Dios, independientemente de sus circunstancias de raza, religión, lengua, cultura…

La entrega generosa de miles y miles de personas es una de las características más genuinas de la organización eclesial. Si nos ceñimos a la actividad litúrgica, centrada en la práctica sacramental, constatamos que en el año 2010 hubo en España, en números redondos, 350.000 bautizos, 280.000 primeras comuniones, 75.000 matrimonios, 310.000 exequias, más de 5 millones de celebraciones de la eucaristía, dato este que supone que asistieron a la Misa cada fin de semana más de 10 millones de personas.

Evidentemente, en torno a esta ingente actividad litúrgica hay tareas de catequesis y multitud de horas invertidas por muchísimas personas, no solo obispos, sacerdotes y religiosos, sino también catequistas y multitud de colaboradores; además se precisan locales, que conllevan gastos de mantenimiento, si bien la Iglesia está acostumbrada a vivir en medio de la escasez y ahorra enormes cantidades con las aportaciones voluntarias de tantas y tantas personas que ayudan en tareas de catequesis y liturgia, acompañamiento y atención espiritual de los fieles, sobre todo en el medio rural, especialmente de niños, jóvenes, matrimonios, ancianos…

Se pueden llegar a contabilizar hasta 45 millones de horas si sumamos el tiempo que los sacerdotes y también los religiosos y seglares de ambos sexos dedican a los demás entregando lo mejor de sí mismos. La tarea de evangelización de todos los hombres constituye la misión esencial de la Iglesia; es el mandato de Jesucristo a sus discípulos: “Id y predicad por el mundo entero”. En el origen del envío hay marcada ya una tarea apremiante: anunciar la Buena Nueva y bautizar en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Esa inmensa maquinaria que no para a lo largo del año, que no descansa un solo momento, supondría un gasto incalculable en cualquier organización empresarial. Sin embargo, la actividad eclesial, si la consideráramos en clave productiva del libre mercado, nos demostraría que allí donde invierte un euro lo hace rendir como 2,35 euros. Es decir, la Iglesia católica casi triplica el rendimiento que una determinada cantidad de dinero produciría en los ámbitos empresariales y comerciales ordinarios; presta casi el triple de servicios de los que proporcionaría el mercado con el mismo dinero. La eficacia y los logros alcanzados mediante los recursos escasos junto con la entrega generosa de miles y miles de personas es una de las características más genuinas de la organización eclesial y, por supuesto, más valoradas por la gente.

Las cosas espirituales no pueden medirse en términos económicos, pero sí el tiempo que muchas personas dedican al anuncio del Evangelio, a la catequesis, al asesoramiento y orientación personal en temas religiosos y morales, a la escucha y al consejo… Esas horas invertidas a lo largo de un año, a precio de mercado, supondrían un gasto de unos 2.000 millones de euros; sin embargo, como los criterios de gratuidad y de servicio son dominantes en el mensaje cristiano, no se gastan en esas tareas más que una tercera parte.

(Miguel de Santiago, en Xtantos, mayo 2013)

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