La tela desgastada

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7 de abril de 2013.– Recuerdo haber visto hace años, en la iglesia de los escolapios de Jaca, cerca del altar, un pequeño mueble para uso individual. Era una especie de asiento bajo de madera barnizada. Su parte superior, para apoyar los brazos, estaba tapizada de terciopelo y la inferior, para hincar las rodillas, forrada y acolchada. Servía para rezar: era un reclinatorio.

Nunca lo vi ocupado, pero siempre me fijé en la parte de abajo del mueble, algo hundida. En la tabla almohadillada, la presión de ambas rodillas había dejado un par de huellas. La tela que la cubría tenía dos señales de desgaste. Alguien, día tras día, pasaría allí clavado sus buenos ratos dedicado a la oración, seguramente teniendo a mano el rosario o algún libro de meditaciones.

Hace tiempo no era difícil ver arrodillada a bastante gente dentro de las iglesias y también fuera. Por ejemplo, en los templos, en misa, en el momento sublime de la consagración; en las calles, como muestran fotos antiguas de Jaca, el día del Corpus al pasar la custodia de la procesión, o en la plaza de Biscós el 25 de junio, al venerar a Santa Orosia en el templete, que fue demolido como el colegio y la iglesia de los escolapios. En la actualidad es más raro encontrar a alguien postrado en adoración pública; que esté de rodillas, ya no unos minutos, sino tan sólo unos segundos. ¡Cuántos pasan delante del sagrario como si Jesucristo no estuviera allí!. Ningún signo de reverencia: ni una sencilla genuflexión, ni una simple inclinación de cabeza.

Hoy, cuando a algunas personas se les propone que recen, suelen contestar que para qué, ¡si no tienen tiempo!. No lo tendrán para orar, pero sí para otros asuntos: actividades mundanas, diversiones frívolas… En nuestra sociedad preocupa, muchísimo más que lo espiritual, lo material. Así nos va. Abundan por la vida los seres extraviados, los corazones perdidos, preocupados sobre todo por la situación económica. Pero fue precisamente el patrono de los economistas, San Carlos Borromeo, quien dijo que las almas se ganan con las rodillas. Con más horas en los reclinatorios. Basta con que nos vea sólo Dios cuando rezamos.

(Javier Belsué Martín)

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