Reflexión para la Solemnidad de Todos los Santos 2013

SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS

1 de noviembre de 2013

La antífona de entrada de la Misa de esta Solemnidad ya nos invita a alegrarnos en el Señor en el día en que conmemoramos a todos los santos. Nuestros cantos se unen a los de la corte celestial que goza ya de poder contemplar a Cristo glorioso: la Iglesia peregrina se une a la Iglesia triunfante. 

En uno de los artículos del Credo confesamos la “sanctorum communionem“, es decir, la unión de los que viven peregrinos en este mundo, los difuntos que se encuentran en el purgatorio y aquellos que han obtenido ya la recompensa por una vida justa y santa. Estos últimos se jactan de ser nuestros intercesores (cf. Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 195).

El único modelo a seguir para un cristiano es Cristo. Él es el tres veces Santo. Pero, sin duda, los santos nos llevan a Él porque ellos han acogido la gracia de Dios y han dejado transfigurar sus vidas por esta gracia. Los santos “nos indican diversos caminos de santidad” (Benedicto XVI, Ángelus, 1 noviembre 2011). Un error común es atribuir la santidad únicamente a aquellas personas que han sido reconocidas por la Iglesia de forma oficial. No. La corte celestial está repleta de almas anónimas, nombres que un día fueron inscritos en el libro de la vida (Ap 20,15). El Concilio Vaticano II afirmó con rotundidad que la santidad es la vocación originaria de todo bautizado (cf. Lumen gentium, 40).

El Evangelio que se nos propone hoy (Mt 5,1-12) nos muestra precisamente cuál es el camino que Jesús nos dejo para llegar a la santidad total. Si seguimos las bienaventuranzas, caminaremos en la certeza que irradia el ejemplo del Maestro, teniendo la certeza de nos ser defraudados: “vuestra recompensa -dice el Señor- será grande en el cielo”. Y nos invita a estar alegres y contentos. No nos podemos frustrar en la idea de que sólo “somos una Iglesia de pecadores” porque “nosotros, pecadores, estamos llamados a dejarnos transformar, renovar, santificar por Dios” (Francisco, Audiencia general, 2 octubre 2013).

Las enseñanzas del Señor nos pueden parecer difíciles, casi inalcanzables. Eso es porque vivimos cerrados en nosotros mismos, debemos abandonar “la esclavitud del yo”. El afán por aparentar no sigue el estilo de Jesús. Al contrario. Jesús se identifica con los que sufren, con los que saben perdonar, con los que luchan por la paz y la justicia, con los que ponen su vida al servicio suyo y son perseguidos. Estas cualidades las tiene un cristiano activo y no uno que se sienta en su sofá viendo pasar la vida. Por tanto, “la santidad exige un esfuerzo constante, pero es posible a todos” (Benedicto XVI, Homilía, 1 noviembre de 2006).

El ejemplo de los santos, que gozan ya de la bienaventuranza, nos anima a todos en el deseo del cielo, por eso, a esta “muchedumbre inmensa” de intercesores presentamos nuestras oraciones, para así ser colmados con la gracia y la paternidad de Dios.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

M.V.C.

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