Reflexión para el VI Domingo del Tiempo Ordinario

Cristianos por dentro y por fuera

Domingo 16 de febrero de 2014

El Señor se complace en habitar en los rectos y sencillos de corazón. La presencia interior del Señor por la gracia sostiene la vida del cristiano. Para que broten por fuera las obras de la fe se requiere por dentro el amor de Dios que las sostenga. No hay fruto sin raíz, ni testimonio cristiano sin sólida vida interior. Por eso, la Liturgia de este sexto Domingo del Tiempo Ordinario pone en nuestros labios una petición que encierra todo un programa de vida: rogamos a Dios que nos conceda vivir por su gracia de tal manera que merezcamos tenerle siempre con nosotros. La amarga experiencia del pecado deja en nosotros una terrible constatación: cuando apartamos al Señor de nuestra vida nos encontramos con la tristeza de una soledad corrosiva. Negando a Dios, nos negamos a nosotros mismos, quebramos la relación con nuestros semejantes y nos enfrentamos a la creación que nos rodea.

Por el contrario, cuando nuestra vida se centra en Dios, se descubre nuestro origen y nuestra meta, se encauzan nuestras relaciones con los demás y con el entorno, y el corazón saborea la paz para la que ha sido creado. Es fundamental, en consecuencia, no perder la vida de la gracia, y hacer nuestra la alegría del salmista cuando declara: “Señor, todas mis fuentes están en ti”. Para convertir el ruego en programa de vida, la Palabra de Dios, a través de las lecturas de este Domingo, viene en nuestro auxilio.

La primera lectura, del libro del Eclesiástico, nos pone ante el dilema decisivo de la libertad humana: está en nuestras manos escoger el camino del bien o rechazarlo, elegir la felicidad o apartarnos de ella. No hay bien mayor en la condición humana que el de la libertad y no hay daño peor a la dignidad del ser humano que estar privado de ella. Las primeras páginas del Génesis nos recuerdan una verdad fundamental corroborada a diario por la experiencia humana: la libertad se destruye cuando se usa mal.

La libertad se afianza y amplia cuando se orienta al bien, mientras que se debilita y pierde cuando se inclina al mal. Distinguir el bien del mal es condición previa al ejercicio de la libertad; por eso, sólo la verdad que reconoce el bien y desenmascara el mal, hace libres. Quien guarda los mandatos del Señor, custodia el bien precioso de la libertad; por el contrario, quien vive negando a Dios destruye su propia libertad. Paradoja admirable de la condición humana: la obediencia a Dios es la única garantía de la libertad humana.

En la segunda lectura, de la primera Carta del apóstol san Pablo a los Corintios, hallamos otra consigna imprescindible para no perder la presencia interior del Señor: la sabiduría del cristiano es don del Espíritu Santo y consiste en el conocimiento cierto de lo que Dios ha preparado para los que le aman. Porque hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él, podemos ordenar los conocimientos que adquirimos en este mundo hacia su sentido último.

De poco nos valdría conocer todas las leyes de la ciencia o los secretos del universo si no tenemos amor. Vacía es la vida humana, aunque esté jalonada por el reconocimiento y aplauso de los hombres, si carece de esperanza. Y la esperanza se asienta en un único conocimiento cierto: podemos esperar porque sabemos que al final de nuestra vida hay Quien nos espera.

El Evangelio, en fin, recoge la invitación de Jesucristo a afrontar con decisión el camino de perfección. Quien se limite a ser como los escribas y los fariseos no entrará en el Reino de los Cielos. Jesús reprende a los que pretenden vivir la relación con Dios y con el prójimo desde la simple formalidad del cumplimiento de mandatos externos sin la coherencia de una vida interior honesta.

No es suficiente conocer los mandamientos o las bienaventuranzas, hay que vivirlos por dentro y por fuera. Por dentro, mediante el cuidado de pensamientos, decisiones y afectos; por fuera, mediante el ejercicio de obras buenas realizadas para mayor gloria de Dios. Puesto que el Señor habita en los rectos y sencillos de corazón, pidamos con la Iglesia que nos conceda vivir de tal manera que siempre esté con nosotros.

† José Rico Pavés
Obispo auxiliar de Getafe

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