Reflexión para el Jueves Santo en la Cena del Señor

Jueves Santo: Eucaristía, Sacerdocio y amor

Jueves Santo, 17 de abril de 2014

Celebramos en esta tarde la Eucaristía en el día en que fue instituida. Jesús, –como nos cuenta el Evangelio– se puso a celebrar la cena de Pascua, y en ese contexto, al terminar la cena, tomó el pan lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo: “este es mi cuerpo que se entrega por vosotros… Este es el cáliz de mi sangre, la de la nueva alianza, que se entrega por vosotros para el perdón de los pecados”.

Este gesto de Jesús impresionó vivamente a los Apóstoles. En este gesto Jesús dejó su vida entera sacramentalmente presente. Aquella que al día siguiente, quedaría colgada en la cruz consumando su ofrenda. Su vida entera, la que en la mañana de Pascua brotará nueva en la resurrección, porque no comemos a Jesucristo muerto sino que en la Eucaristía se nos da y comemos a Cristo resucitado.

Celebramos por tanto la Eucaristía en un contexto de Cena Pascual que se completará con la Vigilia en la noche del sábado al domingo y es una ocasión para darle gracias a Dios por este sacramento. Jesucristo ha instituido la Eucaristía. No es la Iglesia la que posteriormente, recordando al Señor, ha hecho esto o aquello. El gesto es del mismo Jesús en el momento de la cena pascual donde Él se ha entregado sacramentalmente.

Termina el propio Jesús diciéndole a los Apóstoles: “Haced esto en memoria mía”. Por eso la Iglesia mantiene y conserva como el mejor de los tesoros este sacramento en el cual no sólo se nos da la gracia, sino que está Jesucristo mismo en persona. Es, como dirá después al explicarlo la Teología y el Magisterio de la Iglesia, el centro de la vida de la Iglesia, porque todo lo demás brota de este Sacramento. La Eucaristía es por tanto la fuente y el culmen de la vida de la Iglesia.

Esta tarde, al celebrar la Cena del Señor, le damos gracias porque ya en nuestra infancia hemos sido iniciados en este sacramento desde la primera comunión y después se ha ido ampliando según hemos ido creciendo. La Eucaristía es fundamentalmente la misma, es Jesucristo que se entrega, se nos da en alimento y nosotros lo acogemos y fundamos con Él una alianza de amor para toda la eternidad.

La Eucaristía se ha convertido por tanto en el alimento del peregrino, del que camina hacia la patria celeste, por eso se llama viático, comida para el camino. La Eucaristía se ha convertido en memorial de la Pascua del Señor, ya no sólo de las maravillas que el Señor ha hecho a lo largo de la historia, también memorial en la Pascua nueva que ha pasado por nuestras vidas y ha vencido la muerte resucitando. La Eucaristía se convierte así también en presencia permanente de Jesucristo hasta el final de los tiempos: “mirad que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. Es sobre todo en la Eucaristía donde Jesucristo cumple esta promesa.

Por tanto celebremos la Eucaristía en esta tarde de manera especial, para darle gracias a Cristo por hacerse presente para la salvación del mundo. Es un sacramento que multiplica continuamente la presencia del Señor para alimento de los fieles y para perpetuar esa dulce compañía de Jesucristo en la Eucaristía.

Junto al sacramento de la Eucaristía la institución del sacerdocio. Queridos sacerdotes, hoy es el día en que Jesús instituyó este sacramento porque va unido inseparablemente a la Eucaristía. El sacerdocio ministerial no tiene sentido si no es para celebrar la Eucaristía, para perpetuar el sacrificio de Jesucristo en la Cruz. Demos gracias especialmente a Dios los que hemos sido consagrados en el orden sacerdotal con el poder de transformar el pan en el cuerpo y el vino en la sangre del Señor. Se nos ha puesto en las manos este don para el servicio del pueblo cristiano y también para nosotros, puesto que al celebrar la Eucaristía somos los primeros destinatarios de este sacrifico redentor y de esta dulce presencia de Jesucristo que nos alimenta con su cuerpo y su sangre.

Necesitamos sacerdotes para que no nos falte la Eucaristía. Cuando el obispo recorre las distintas parroquias de la diócesis siempre hay una misma petición ¿no podría usted enviarnos otro sacerdote más? La diócesis de Córdoba ha sido bendecida con vocaciones abundantes y gracias a Dios, podemos mirar el futuro con esperanza, pero necesitamos otros tantos sacerdotes. No podemos decir que ya tenemos bastantes. Necesitamos sacerdotes, es una petición concreta de los fieles. Yo respondo siempre: pidámoslo al Señor, porque es un don del Señor.

La Iglesia necesita sacerdotes porque necesita la Eucaristía y al necesitar la Eucaristía necesita los demás sacramentos. El jueves santo es un día para pedirle al Señor que siga enviando a su Iglesia muchos y santos sacerdotes. Porque la iglesia no se agota en nuestra Diócesis, la Iglesia es universal donde algunos sacerdotes son destinados para cumplir la misión ad gentes que Jesucristo ha encomendado a su Iglesia. Necesitamos sacerdotes para Córdoba y para la Iglesia universal, de manera que no nos falte Cristo presente en medio de su Iglesia, la Eucaristía.

En tercer lugar tenemos el gesto del lavatorio de los pies. Los apóstoles, ya sentados para la Cenal Pascual, ven como Jesús se levanta, se quita el manto y de rodillas ante cada uno de ellos fue levándoles los pies como el último de los esclavos. Pedro se resistía, ¿pero cómo nos vas a lavar los pies? Y Jesús le dice: si no me dejas lavarte los pies no tienes parte conmigo. Pedro le dice: entonces no sólo los pies, también todo mi cuerpo y hasta la cabeza.

Nos cuesta trabajo, queridos hermanos, entender esta lección del servicio. Pero se nos olvida porque es más cómodo dejarnos servir. Sin embargo, Cristo nos invita a vivir con las actitudes con las que Él ha vivido, que no ha venido a ser servido sino a servir. Servir dando la vida, el servicio de Jesucristo ha sido su entrega en la cruz. Desde ahí sirve y se reparte en alimento. Desde la cruz y la resurrección gloriosa, prolonga su entrega para el servicio a todos los hombres.

El Papa Francisco nos recordó en los primeros días de este pontificado este gesto de Cristo: Cristo ha venido a servir y la Iglesia no tiene otra misión que servir al hombre de hoy a la luz del evangelio. Acudid allí donde Dios está ausente para hacer presente la salvación que Dios nos ha traído. La Iglesia tiene la tarea de prolongar el servicio de Cristo para la salvación de todos los hombres.

En esta tarea de servicio el mandamiento de Jesús resuena continuamente: “Amaos unos a otros como yo os he amado. En esto conocerán que sois mis discípulos, si os amáis unos a otros”. Cuantas ocasiones, queridos hermanos, se nos presentan, provocando en nosotros ese amor que Cristo nos ha dejado como mandamiento. Tenemos a nuestro alrededor tantas necesidades, de hombres y mujeres, de familias completas a las que he conocido en la Visita Pastoral. He constatado una acción inmensa que la Iglesia está haciendo al servicio de los más pobres y necesitados. Sin ninguna recompensa, a veces incluso con malentendidos, pero la Iglesia tiene que ser fiel a su Maestro, lo entiendan o no los hombres de nuestro tiempo. Fiel a Jesucristo, ponerse a servir, o a pagar el recibo de la luz, o la hipoteca para que no se produzcan los desahucios.

La Iglesia está haciendo esto en Córdoba y en tantos otros lugares. Que este Jueves Santo, en cada una de las parroquias, se renueve este mandamiento del amor para seguir sirviendo a los hombres de nuestro tiempo, especialmente a los que no tienen nada de nada. El otro veía los ojos de una mujer llorando diciéndome que en un mes estaría en la calle. Los cristianos debemos reaccionar para hacer presente el mandato de Jesús hoy, aquí, entre nuestros contemporáneos. La fuerza nos viene del Señor, de la Eucaristía, por eso debemos compartir lo mucho o poco que tengamos. Aprovecho la ocasión para agradecerles a todos los voluntarios de Cáritas, que son miles en la Diócesis, su trabajo en favor de sus hermanos más pobres y necesitados.

Cristo, en la tarde del Jueves Santo, nos da de nuevo su Cuerpo y su Sangre como alimento del amor fraterno recibiendo la Eucaristía. Pongámonos en actitud de servicio los unos con los otros para que la presencia de Cristo no sea sólo eucarística sino también la presencia en el amor fraterno. Ocasiones no nos faltan, están ahí provocándonos continuamente para que salgamos al encuentro de nuestros hermanos.

Pidamos al Señor que no se apague la llama del amor y que estas circunstancias nuevas de dolor y dificultad, sean una ocasión para que la caridad crezca entre nosotros de manera que nadie pase necesitad. Que así sea.

† Demetrio Fernández González
Obispo de Córdoba

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