Reflexión para el III Domingo de Pascua

Camino de Emaús

Domingo 4 de mayo de 2014

Contemplamos este domingo la escena de los discípulos de Emaús. Aquellos dos hombres, el día de la Resurrección, el primero de la semana según el relato de San Lucas, abandonan Jerusalén y al grupo con el que han compartido las experiencias de una fe incipiente.

Aunque no lo notan, el alejarse de la comunidad les va cerrando el corazón y el entendimiento a la posibilidad de acoger el acontecimiento que acaba de suceder en la Ciudad Santa: la resurrección de Jesús.

E irrumpe Cristo. La pregunta que les lanza en aquel momento a aquellos hombres embargados por las dudas, es bueno que también nosotros la hagamos nuestra. Tú que eres un hombre o una mujer creyente, ¿de qué hablas habitualmente? En tu modo de vida, en tus conversaciones, en tus cosas, ¿aparece alguna vez Jesús?

La respuesta trasparente de aquellos discípulos permite a Jesús mostrar, una vez más, su corazón misericordioso. Describen muy bien los hechos, pero… no han sido capaces de adentrarse lo más mínimo en el misterio que tenían delante. Pueden ser la imagen de nuestro discipulado. Merodeamos muchas veces por los suburbios de Dios, pero no acabamos de dar el paso que nos lleva a saborear la presencia misma de Dios en nuestra vida.

Llama la atención la actitud de Jesús. Creo que marca el modus operandi al evangelizador de hoy. El Señor no da nada por supuesto. Ante la dureza de corazón de aquellos hombres, comienza desde el principio a explicarles las Escrituras. Hermoso modo de actuar. Muchas veces también nosotros nos encontramos en esa tesitura al intentar dar a conocer el Evangelio. Son tantas las pegas, las dificultades, es tanto el desconocimiento. Cuesta tanto hacer comprender el mensaje del Evangelio. No dar nada por supuesto, sabiendo que la creatividad auténtica la da el amor por las personas a quienes pretendemos trasmitir el mensaje. Y de eso el Resucitado sabe mucho, pues ha dado la vida por ellos. E intenta que también nosotros nos asociemos a su propuesta.

La hospitalidad propia de la cultura oriental hace el resto. El Señor habla en la historia y en la cultura de los pueblos. Aquellos hombres invitan al peregrino a hospedarse en su casa: Quédate con nosotros, la tarde está cayendo. Al sentarse a la mesa y partir el pan, le reconocen por fin. Él se nos presenta también hoy en nuestras vidas, pero espera que le dejemos entrar. La Pascua nos invita a dejar que nuestro corazón se afiance en la presencia del Resucitado. Quizá nos sorprenda que eso tenga poca incidencia en nuestra vida, pero en ocasiones la culpa es nuestra, pues no hacemos nada por buscarle en la intimidad de la oración ni en el servicio a los hermanos.

El encuentro con el Señor, engendra la misión. Han visto el rostro del resucitado y ya no lo pueden ocultar. Retornan a la comunidad que habían abandonado y se convierten ellos mismos en bastiones de una historia que perdura hasta hoy.

El camino de Emaús es el camino de nuestra vida. Es el encuentro con el Resucitado que llena de sentido todo lo que hacemos y somos. Abramos nuestro corazón y nuestro entendimiento.

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† Carlos Escribano Subías
Obispo de Teruel y Albarracín

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