Homilía de Mons. D. Julián Ruiz Martorell en la Solemnidad de San Lorenzo

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Mons. D. JULIÁN RUIZ MARTORELL
Obispo de Huesca y de Jaca

Basílica de San Lorenzo, Huesca
Domingo 10 de agosto de 2014

Queridos hermanos en Cristo, nuestro Señor:

La Palabra de Dios que acabamos de proclamar nos manifiesta tres grandes rasgos del perfil de san Lorenzo.

1º) En la primera lectura, del libro del Eclesiástico, hemos escuchado el sufrimiento confiado del justo. Es la primera lección que recibimos de nuestro santo patrono. El autor reproduce dolores intensos de alguien maltratado injustamente, pero vividos desde la experiencia de la cercanía de Dios: “Te alabo, mi Dios y salvador, te doy gracias”, “Contaré tu fama, refugio de mi vida”, y va enumerando los dolores: “porque me has salvado de la muerte”, “detuviste mi cuerpo ante la fosa”, “libraste mis pies de la garra del abismo”, “estuviste conmigo frente a mis rivales”. Se mencionan el “látigo de la lengua calumniosa” y “los labios que se pervierten con la mentira”. San Lorenzo no se sintió solo. Sabía que Dios estaba con él en aquellas circunstancias de aflicción. San Lorenzo también pudo rezar diciendo: “Me auxiliaste con tu gran misericordia: del lazo de los que acechan mi traspié, del poder de los que me persiguen a muerte; me salvaste de múltiples peligros: del cerco apretado de las llamas, del incendio de un fuego”. En definitiva, el momento de mayor soledad, fue también el momento de mayor consuelo y compañía, como dice el sufriente: “Cuando estaba ya para morir y casi en lo profundo del abismo, me volvía a todas partes, y nadie me auxiliaba, buscaba un protector, y no lo había. Recordé la compasión del Señor y su misericordia eterna, que libra a los que se acogen a él y los rescata de todo mal”.

2º) Segunda lección: la generosidad, el compartir nuestro tiempo, nuestro ser y nuestro tener, nuestras capacidades y posibilidades. Lo dice con claridad San Pablo en la segunda lectura: “El que siembra tacañamente, tacañamente cosechará; el que siembra generosamente, generosamente cosechará. Cada uno dé como haya decidido su conciencia: no a disgusto ni por compromiso; porque al que da de buena gana lo ama Dios”. Dios nos concede su amor para que podamos amar, con su mismo amor, a Dios y a los hermanos, generosamente. Esta es la verdadera santidad cristiana, amar con el amor con que somos amados.

3º) En tercer lugar, aprendemos un misterio que Jesús explica en el evangelio con estas palabras: “Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto”. San Lorenzo, como grano de trigo murió para dar mucho fruto. Hoy le reconocemos como testigo, mártir, y servidor de Jesucristo, a quien el Padre ha premiado con la corona de la victoria. La vida del diácono san Lorenzo da mucho fruto; su testimonio es muy fecundo también en nuestros días. Quien entrega su vida por amor la gana para siempre. San Lorenzo buscó en la tierra solamente a Dios y, por eso, se hizo hermano de todos, especialmente de los más pobres y necesitados. Y, puesto que abrió sus brazos a todos, encontró a Dios y fue su testigo hasta morir. Desde el cielo nos llega su presencia, su luz, su ejemplo, su intercesión. Y nos invita a seguir su sendero de entrega, firmeza y sereno discernimiento.

Cristo nos amó hasta el fin y así nos enseñó que no hay amor más grande que el de aceptar la muerte por los hermanos. Aprendiendo de Jesucristo, San Lorenzo, discípulo auténtico y fiel, nos dio, en su martirio, la prueba suprema de su amor.

Con el Salmo hemos dicho; “Dichoso el que se apiada (…) Su corazón está firme en el Señor. (…) Reparte limosna a los pobres; su caridad es constante, sin falta, y alzará la frente con dignidad”. Es casi un retrato de nuestro patrón, cuyo corazón se mantuvo firme en el Señor y cuya caridad fue constante.

En su encíclica “Deus caritas est” el Papa Benedicto XVI dedicó estas palabras a la figura de san Lorenzo: “A él, como responsable de la asistencia a los pobres de Roma, tras ser apresados sus compañeros y el Papa, se le concedió un cierto tiempo para recoger los tesoros de la Iglesia y entregarlos a las autoridades. Lorenzo distribuyó el dinero disponible a los pobres y luego presentó a éstos a las autoridades como el verdadero tesoro de la Iglesia. (…) Lorenzo ha quedado en la memoria de la Iglesia como un gran exponente de la caridad eclesial” (Deus caritas est, 23).

San Lorenzo nos diría hoy muchas cosas, pero quiero destacar dos muy sencillas:

1ª) No en mi nombre. No utilicéis mi nombre para el consumo desenfrenado de las bebidas alcohólicas, para el derroche y el despilfarro. No uséis mi nombre como pretexto para la falta de solidaridad y la exclusión. Que mi nombre no se asocie con el vandalismo. Es posible una diversión sana y festiva, pero respetuosa.

2º) Os sigo recordando que los pobres son el tesoro de la Iglesia. Aun más, os digo que una sociedad se mide por el valor que concede y la atención que dispensa a los más desfavorecidos. Y, de un modo especial, quiero recordaros a los que sufren los efectos de las tóxico-dependencias: del alcohol y las drogas, de las nuevas dependencias que esclavizan: el uso inmoderado de las nuevas tecnologías, la ludopatía. En vuestros propios hogares estáis viviendo y padeciendo las consecuencias de todo esto: la destrucción de las personas, y de las familias. Un pozo sin fondo que arrastra hacia el abismo. Pero allí sí que me encontraréis: junto a los que, tal vez un diez de agosto como hoy, comenzaron a beber descontroladamente como un falso medio para establecer vínculos de amistad; junto a los que no pueden controlar su voluntad debilitada por las sustancias tóxicas; junto a los que se juegan el futuro y no saben que han arruinado su presente y su pasado.

Allí estaré, junto a vosotros, en todas las iniciativas que tiendan a integrar a las personas que sufren o están necesitadas, a los que viven el drama del paro, de la miseria, de las desigualdades sociales y económicas. Allí me veréis, en todo lo que signifique un verdadero desarrollo de cada persona y de toda la persona.

Encontraréis mi apoyo. Aquí está mi mano tendida -nos dice san Lorenzo- para ayudar, para colaborar. Os animo a mirar hacia delante, la travesía es larga y fatigosa, pero hay un futuro cierto, distinto de las propuestas ilusorias de los ídolos del mundo, pero que da un impulso y una nueva capacidad para vivir cada día con sentido.

La description dramatique du martyre du diacre Laurent (+ 258) nous montre véritablement en son centre l’authentique figure du Saint. À lui, qui était responsable de l’assistance aux pauvres de Rome, a été accordé un laps de temps, après l’arrestation de ses confrères et du Pape, pour rassembler les trésors de l’Église et les remettre aux autorités civiles. Laurent distribua l’argent disponible aux pauvres et les présenta alors aux autorités comme le vrai trésor de l’Église. Laurent est, dans la mémoire de l’Église, un grand représentant de la charité ecclésiale (cfr. Deus caritas est, 23).

Saint Laurent nous rappelle que “Le programme du chrétien -le programme du bon Samaritain, le programme de Jésus- est “un cœur qui voit”. Ce cœur voit où l’amour est nécessaire et il agit en consequence” (Deus caritas est, 31).

Amén.

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