Desde el púlpito no se improvisa

roche

¿Qué es la homilía? ¿Qué tipo de atención exige? ¿De dónde se toma su contenido? ¿Cómo debe articularse? A estas y a otras preguntas quiere dar respuesta y orientación el Directorio homilético, redactado por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, que se envió los días pasados a las Conferencias episcopales.

Ventilado de diferentes modos en estos últimos años, el proyecto de un documento sobre la homilía tomó realmente cuerpo después de la Exhortación apostólica Verbum Domini, de Benedicto XVI, que en el número 60 se refería a él con estas palabras: «Predicar de modo apropiado ateniéndose al Leccionario es realmente un arte en el que hay que ejercitarse. Por tanto, en continuidad con lo requerido en el Sínodo anterior, pido a las autoridades competentes que (…) se piense también en instrumentos y subsidios adecuados para ayudar a los ministros a desempeñar del mejor modo su tarea, como, por ejemplo, con un Directorio sobre la homilía, de manera que los predicadores puedan encontrar en él una ayuda útil para prepararse en el ejercicio del ministerio».

Una vez comenzado el trabajo de redacción del texto, un impulso decisivo para que llegara a buen puerto se lo dio la atención específica que el Papa Francisco dedicó precisamente al tema de la homilía y de la preparación de la predicación en la exhortación apostólica Evangelii gaudium, en los números 135-159.

Recomendada vivamente por los padres del Concilio Vaticano II (cf. Sacrosanctum Concilium, 52), la homilía recibe con pleno derecho la calificación de «litúrgica», en cuanto que tiene un lugar específico en la celebración de los santos misterios, que la exige, y está al servicio de la participación provechosa del pueblo de Dios en ella. En efecto, no es posible una homilía autónoma, como una pieza oratoria, o sea, separada de la divina Palabra que resuena en la asamblea concreta congregada en torno a la Eucaristía, a la que precisamente está destinada. Al respecto, el Papa Francisco recuerda que «hay una valoración especial de la homilía que proviene de su contexto eucarístico, que supera a toda catequesis por ser el momento más alto del diálogo entre Dios y su pueblo, antes de la comunión sacramental» (Evangelii gaudium, 137).

A la luz de esto, en la homilía se ve implicado personalmente el ministro ordenado, que la pronuncia. Hay que reconocer que tanto para un obispo como para un sacerdote, especialmente si es párroco, la predicación de la homilía es la parte principal de su magisterio, o sea, del ministerio de anunciar el evangelio de Jesucristo, que recibe y acepta con el orden sagrado, ayudando a acoger cada vez mejor en el corazón de quien escucha la Palabra que transforma la vida de quien la pone en práctica. Pienso en las homilías de san Ambrosio, de san Agustín, de san León Magno, testimonio elocuente del magisterio litúrgico de pastores dedicados a la grey que se les había confiado. De igual modo, por lo que respecta al diácono, también para él la predicación de la homilía es una excelente acción ministerial.

Por lo tanto, la homilía no se puede improvisar. Es preciso que el homileta sepa y reavive incesantemente en sí la conciencia de qué le pide la Iglesia al conferirle el mandato de partir el pan de la divina Palabra en la asamblea eucarística, qué establecen los libros litúrgicos sobre esta acción peculiar, qué competencias debe cultivar, y cuáles son las necesidades reales y las expectativas de la comunidad reunida en oración, aquí y ahora. Por eso, recuerda el Papa Francisco, «la preparación de la predicación es una tarea tan importante que conviene dedicarle un tiempo prolongado de estudio, oración, reflexión y creatividad pastoral» (Evangelii gaudium, 145).

Como se resume en el decreto, el Directorio se compone de dos partes. La primera, concerniente a la homilía y al ámbito litúrgico, expone e ilustra los criterios que, según la disciplina vigente, contribuyen a calificar la predicación de la homilía. La segunda parte, titulada ars praedicandi, da ejemplos de aplicación
de los criterios recordados, proponiendo indicaciones de métodos y claves interpretativas para la homilía, repasando el ciclo dominical-festivo de todo el año litúrgico a partir de su núcleo, que es el triduo pascual, y a continuación considera el tiempo pascual, la Cuaresma, el Adviento, la Navidad y el tiempo durante el año, sin dejar de mencionar las misas feriales, de matrimonio y de exequias. Obviamente, se evitó proponer ejemplos de homilías pre-redactadas, ya preparadas para usar. Se tuvieron presentes las indicaciones y las normativas contenidas en los libros litúrgicos, así como la enseñanza del Magisterio en esta materia. Se evitaron opiniones y gustos subjetivos.

Acogiendo el deseo expresado en el número 46 de la Exhortación apostólica Sacramentum caritatis de que no falte, incluso a través de la homilía, la debida formación e información sobre todo lo que la Iglesia cree y vive, se señalaron en el Apéndice las referencias entre el Catecismo de la Iglesia católica y algunos temas reconocibles en las lecturas dominicales de los tres ciclos anuales.

Los destinatarios son, naturalmente, los sacerdotes, pero también los seminaristas. Espero que la formación permanente del clero, durante los encuentros diocesanos y de circunscripción en los que participan los sacerdotes, también se sirva de este instrumento y lo aproveche concretamente, en beneficio del pueblo de Dios.

 Arthur ROCHE
Secretario de la Congregación para el Culto Divino
y la Disciplina de los Sacramentos

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s