Homilía del Card. D. Ricardo Blázquez Pérez en la Santa Misa para la ordenación episcopal de D. Ángel Pérez Pueyo

Sr. Card. D. Ricardo BLÁZQUEZ PÉREZ
Arzobispo de Valladolid
Presidente de la Conferencia Episcopal Española

S.I. Catedral de Nuestra Señora de la Asunción, Barbastro
I Domingo de Cuaresma, 22 de febrero de 2015

Querido amigo Ángel:

Coincidimos en la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca durante unos años, en que el potente movimiento de renovación conciliar y de conexión sociocultural con el mundo en transición facilitaron un ambiente de esperanza laboriosa y de estimulante comunidad académica de profesores y estudiantes. Trabajamos mucho, con inmensa ilusión, con amplia satisfacción y mutuo reconocimiento. Guardo de aquellos años un recuerdo gozoso e imborrable. La gestión de la crisis en los años anteriores había generado un tiempo de esperanza y crecimiento.

D. Florentino Asensio Barroso, obispo mártir de Barbastro, había nacido en Villasexmir y vivido en Villavieja del Cerro, ambos pueblos de Valladolid. El servicio de orden espiritual caracterizó su ministerio. En la devoción al Corazón de Jesús recibió el amor de Dios y en esa llama enardeció su celo apostólico y la dedicación sacrificada a los trabajos pastorales de catequista, predicador, confesor y samaritano de los necesitados. El 26 de enero de 1936 recibió en Valladolid la ordenación episcopal y el día 9 de agosto del mismo año murió “por la fe que vivía y predicaba” (Juan Pablo II en la beatificación el día 4 de mayo de 1997). Siguió a Jesús hasta el martirio. Hacía las dos de la mañana lo fusilaron; y según los testigos no dejaba de exclamar: “¡Qué hermosa noche para mí!”. Con la palma del martirio Mons. Asensio es el obispo del siglo XX que cierra la serie de los doce obispos de la Iglesia en la historia de España, representados en bellos mosaicos por el P. Rupnik en la capilla de la Sucesión Apostólica, en la Casa de la Conferencia Episcopal Española.

D. Ambrosio Echebarría fue obispo de Barbastro desde el año 1974 hasta 1999. Había nacido en Ceberio (Vizcaya) y en su pueblo celebré con él los 25 años de su ordenación episcopal. Mantuvimos una relación estrecha los últimos años de su vida transcurridos en Bilbao. Su bondad y sencillez, decisión y tenacidad prestaron una colaboración decisiva en el proceso de beatificación de Mons. Florentino y del gitano Pelé. Algo más tarde, fue beatificado seminario martirial de los religiosos claretianos. Todos testificaron con su vida la fe cristiana y la Iglesia los celebra con la misma gratitud.

Vienes, querido Ángel, a la Diócesis de Barbastro-Monzón en la que te han precedido santos y fieles pastores: Además de hacer memoria de D. Florentino, recordamos con veneración a D. Jaime Flores, sacerdote operario diocesano como tú y desde hoy hermano tuyo por un nuevo motivo. Tu inmediato predecesor D. Alfonso Milián deja en esta Diócesis una estela luminosa de bondad. San José María Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei y nacido aquí, intercede ante Dios por ti y por la Diócesis que se te confía.

Estas coincidencias históricas –y otras que tú conoces más personalmente- nos indican que Dios conduce nuestra vida con providencia, es decir, con previsión y con amor. Dios nos guía paternalmente, excluyendo su amor personal el azar y la fatalidad. Nuestra vida tiene un sentido; no es un caos ni una confusión.

1) Vas a recibir la ordenación sacramental para el ministerio de obispo; es un servicio para cuidar amorosamente el rebaño, no para controlarlo como dominador. Recibirás la plenitud del sacerdocio de Jesucristo, del que participan por una parte todos los bautizados y por otra todos los sacerdotes. Por el sacramento del episcopado entras a formar parte del cuerpo de ministros que son los obispos, presididos por el obispo de Roma, sucesor de Pedro y pastor de la Iglesia universal. Te acogemos cordialmente, querido hermano, en esta fraternidad de servicio. Desde aquí se ensancha nuestro corazón a la fraternidad del episcopado y a la comunión confiada y obediente con el Papa Francisco.

En medio de la Iglesia, presente en esta comunidad cristiana orante, en el Día del Señor, por la actuación del Espíritu Santo, en obediencia a nuestro Señor Jesucristo, vas a recibir por la imposición de las manos de los obispos y por la plegaria de ordenación la gracia del supremo sacerdocio, que a ejemplo de Jesucristo que vino no a ser servido sino a servir (cf. Mc. 10, 45), estás llamado y sacramentalmente capacitado para ejercer diariamente, con la ayuda del Señor, como “siervo bueno y solícito”, el ministerio confiado.

Esta celebración es un acontecimiento mayor en la historia de la Iglesia particular de Barbastro-Monzón. Nos hemos reunido, por ello, dando gracias a Dios, compartiendo el gozo de la fraternidad y pidiendo fecundidad evangélica en tu ministerio.

2) Dios nos ha convocado aquí hoy. No hay ninguna situación histórica en la que Dios no pueda venir a habitar y a redimirla. El Señor está en medio de nosotros, en nuestro tiempo y en nuestro mundo. Aunque los tiempos sean recios, como dijo Santa Teresa de Jesús, bendecimos a Dios por sus numerosos amigos fuertes, humildes y valientes, sacrificados y serviciales, serenos y gozosos. No nos perdamos en la añoranza de tiempos pasados precipitadamente calificados como tiempos mejores; ni por saltos utópicos hacia el futuro, huyamos de las responsabilidades presentes. No debemos esperar tiempos más propicios para actuar. Dios puede hacer germinar la vida en nuestra tierra, unas veces seca y otras congelada.

La oración no es escapada del trabajo actual sino fuerza para afrontar las tareas con confianza en Dios y con decisión valiente y arriesgada. Un buen conocedor de Santa Teresa ha definido las Moradas del Castillo Interior, obra cumbre de la literatura mística, como “un libro de oración que enseña a amar” (P. Miguel Márquez). Siempre estamos en camino, cuando los vientos soplan a favor y también cuando los vientos son contrarios. Lo que se pide de nosotros en todos los tramos del itinerario es comunión creyente y orante con Dios Padre, seguimiento fiel de Jesús recorriendo pueblos y ciudades, vivir y actuar en la Iglesia como nuestro hogar, servir a los hermanos en la fe, y a todos los hombres, particularmente a los pobres, afligidos y pecadores, que están en el corazón del Evangelio. El amor de Jesucristo nos fortalecerá para pasar, como El, “haciendo el bien” (cf. Act. 10, 38), sin buscar comodidades ni ahorrarnos servicios sacrificados, cuyo test de autenticidad es la entrega real a nuestro Señor Jesucristo y a los hermanos. El Señor se ha fiado de nosotros (cf. 2 Tim. 1, 12) y nosotros sabemos de quién nos hemos fiado (2 Tim. 1, 12). En el ministro del Evangelio se encuentran el amor de Jesucristo que llama y la confianza en el Señor del que responde.

3) El ministerio episcopal que vas a recibir tiene su origen en Dios. “El nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo” (Ef. 1, 4). “Antes de formarte en el seno materno, te elegí” (cf. Jer. 1, 5). Dios nos ha elegido en su libertad soberana, porque quiso; y en su amor, porque nos llevaba en el corazón; te eligió porque quiso y porque te amó. La vocación hunde sus raíces en la bondad y sabiduría de Dios (Cf. Dei Verbum, 2). La elección eterna se ha realizado en la historia a través de la vocación del Señor. Jesús ha pasado a tu lado, ha pronunciado tu nombre y te ha invitado: Vente conmigo. Te ha llamado el Señor para seguirlo, para estar con El y para prolongar su misión. La ordenación sacramental de hoy supone la vocación de Dios y tu respuesta. “¿A quién enviaré? ¿Y quién irá por nosotros? Contesté: “Aquí estoy, mándame” (Is. 6, 8). En la permanente y entrañable comunicación entre el Señor que llama y nosotros que nos ponemos a su disposición, va madurando la vocación. En esta relación ha quedado implicada tu existencia entera, para tu bien y para servicio de los demás. Perteneces al Señor que se ha fijado en ti, te ha mirado con amor, te ha invitado y tú has dejado todo para seguirlo.

El Señor te ha llamado pensando en su pueblo; el ministerio episcopal no es un adorno para tí. Te ha llamado para servir a la Iglesia y a la humanidad. No eres un espontáneo sino un enviado. Fiado en el Señor te pones en camino. Y al ser enviado, el Señor te confía un encargo. El Señor pone en tus labios sus palabras, te encomienda sus ovejas para que las cuides con amor y alimentes con dedicación sacrificada, arriesgando la vida. Como obispo, junto con los demás obispos presididos por el Papa, recibes el encargo de custodiar y actualizar la tradición apostólica que la Iglesia ha recibido del Señor. El Buen Pastor, que es Jesús, continúa apacentando su rebaño a través de los que elige como pastores.

Si alguien se cree autosuficiente, no se apoya en otros ni se deja enviar. En cambio, la convicción viva de nuestra limitación nos introduce en el dinamismo de la misión confiada por el Señor. El Señor llama a quienes no se apoyan en sus fuerzas sino en su poder. “Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad” (2 Cor. 12, 9). Vas a recibir el Espíritu Santo por la imposición de las manos de los obispos y la plegaria de ordenación. El Señor no envía a los apóstoles por su cuenta y riesgo; El te promete su compañía: “No temas yo estoy contigo”. Si confiamos humildemente en el Señor se nos otorga el valor para resistir en las pruebas y superar los obstáculos. Hoy quedas sellado sacramentalmente en la totalidad de tu ser y para siempre; cada día podrás vivir con serenidad y gozo, porque Dios no se arrepiente de sus dones.

Uniendo tu fragilidad al poder de Dios, convencido de que has sido llamado inmerecidamente, con la persuasión clara de que no eres dueño del rebaño ni propietario de la Palabra y de los Sacramentos, concluirás que lo que Dios te pide es que seas fiel. Se nos encomiendan dones preciosos para que los administremos con fidelidad (Cf. 1 Cor. 4, 1-2). En la dependencia del Señor, alentando en la oración la gracia de ser elegido y enviado, recibirás la libertad singular de poder entregar la vida.

4) Somos siervos de Jesucristo, ministros de la Palabra, de los Sacramentos y de la Caridad, servidores del Pueblo de Dios y de todos los hombres. En las tres direcciones se realiza nuestra condición servicial. Las tres dimensiones de nuestro ministerio episcopal – Palabra de Dios, Sacramentos y Caridad – se comunican internamente y se refuerzan mutuamente. Te debes al Señor, querido amigo, que te ha redimido y te ha amado, que te ha elegido y consagrado. Te debes a la Palabra de Dios y a los Sacramentos de la salvación que se te confían como bien precioso para que los recibas, los compartas y los repartas. De ti esperan fundadamente los fieles cristianos la Palabra de Dios, íntegra y limpia, sin recortes ni adulteraciones, cercana por la sencillez y transparente por el respaldo de las obras. De ti esperan los Sacramentos del Señor y de la Iglesia, cuyo centro es la Eucaristía, la memoria viva de la Pascua del Señor. Los excluidos y descartados aguardan tu amor, proximidad compasiva y defensa. El episcopado es por su misma naturaleza servicio; cumple el ministerio no sólo con espíritu servicial sino también tratando lo administrado no como posesión propia sino como bien recibido del Señor y destinado a los demás (cf. 1 Ped. 5, 1-4).

5) Un obispo recién ordenado preguntó al Santo Cura de Ars cómo debía actuar, qué debía hacer para ser buen obispo. Y San Juan María Vianney le respondió y nos exhorta a nosotros: “Ame a sus sacerdotes”. Amigo Ángel, ama a los sacerdotes de tu presbiterio. Trátalos con respeto y acércate a ellos con afecto; no los halagues ni actúes con resentimiento. Quiérelos con amor de hermano y de padre, de amigo y de compañero de trabajo. Tú sabes bien que no es fácil ejercitar el ministerio pastoral hoy. Hay ciertamente satisfacciones y gozos; pero no escasean los sufrimientos, los cansancios, las incertidumbres y el desánimo. Comparte con ellos en la proximidad su alegría y su cruz.

Como escribió San Pablo, repartamos con los demás el ánimo que recibimos de Dios: “¡Bendito sea Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, que nos consuela en cualquier tribulación nuestra hasta el punto de poder consolar nosotros a los demás en cualquier lucha, mediante el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios!” (2 Cor. 1, 3-4).

Pido al Señor para ti y para nosotros obispos: Querer bien a los presbíteros, hermanos y colaboradores en el servicio pastoral, contar con ellos y agradecer su servicio, que no es sólo un empleo sino también una donación de la persona al Señor; transmitirles con las palabras y los hechos la seguridad de que estamos a su disposición; comprender su situación y hacer un esfuerzo para ponernos en su lugar; ayudarlos con nuestra experiencia y escuchar la suya. Unas veces el pastor va por delante abriendo camino, otras camina en medio de todos haciendo fraternidad y estando cerca en la situaciones más difíciles; y el pastor en ocasiones va detrás, procurando que nadie quede rezagado ni se quede en el camino el herido o el cansado.

Es parte también del amor evangélico la corrección fraterna que debemos ejercer unos con otros; pero la genuina corrección procede de la humildad y del amor, que nunca pierde la esperanza en los demás.

¡Que la Virgen Nuestra Señora del Pueyo cuide maternalmente de ti y de esta querida Diócesis!. El Señor te envía y acompaña.

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