Homilía de Mons. D. Francisco Pérez González en la solemnidad de San Fermín, obispo y mártir

francisco perez gonzalez

Mons. D. FRANCISCO PÉREZ GONZÁLEZ
Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

Capilla de San Fermín, Iglesia de San Lorenzo, Pamplona
Martes 7 de julio de 2015

Saludo al Sr. Obispo Auxiliar, al Deán de la Catedral de Pamplona, a los Canónigos, sacerdotes, a los diáconos, a los religiosos de vida consagrada, a las autoridades y a todos los fieles. Saludo a los enfermos que estáis con nosotros y nos seguís a través de Navarra TV, Medios de Comunicación y a todos los que os encontráis en circunstancias dolorosas.

 Acabamos de realizar la procesión. Las procesiones han tenido siempre un papel evangelizador muy importante. A partir del Concilio de Trento (1545-1563) adquieren una enorme importancia, pues la Iglesia ve en este tipo de actos religiosos un instrumento importante de evangelización. Lo hemos visto esta mañana. ¿A quién se venera? A San Fermín y ¿por qué se le venera? Porque vivió la fe, el amor y la esperanza en Jesucristo. La procesión no es un acto puramente cultural que se abstrae de lo religioso; es un acto que manifiesta públicamente la fe de un pueblo y, en este caso, la fe de los pamploneses y navarros. Es una manifestación de fe en Cristo y en su Iglesia. Y entraña la devoción a un Obispo –San Fermín- que entregó su vida martirial por defender la Verdad, la Vida y el Camino del ser humano que es Jesucristo. Movidos por la emoción de la última jota de la procesión: “Se oyó cantar una jota que hizo a San Fermín llorar…” que hace mención a los que el año pasado estaban con nosotros y nos han dejado a lo largo de este año, quiero que los recordemos y tengamos especialmente presentes en la intención de esta misa solemne. Que el Señor los acoja en su seno y los coloque muy cerca de San Fermín en el cielo.

1.- El profeta Isaías, en la definición de sí mismo, como mensajero del Señor, dice: “El Señor me ha ungido y me ha enviado para llevar la buena noticia a los que sufren” (Is 61,1). Así hizo San Fermín que, habiendo nacido en Pamplona en el siglo III y bautizado por San Saturnino fue enviado como misionero a las Galias. Allí evangelizó Agen, Auvernia, Anjou, Beauvais… para detenerse finalmente en Amiens, donde pasó mucho tiempo, como obispo de aquella diócesis, hasta que en una de las persecuciones fue apresado y sufrió el martirio por defender la fe y la moral en momentos de fuerte apostasía. Fue constructor de paz y sintió en su corazón la bienaventuranza: “Bienaventurados los constructores de paz” (Mt 5,9). “Hacer la paz es un trabajo artesanal: requiere pasión, paciencia, tesón, experiencia…” (Papa Francisco, Homilía Estadio de Kosovo- Bosnia y Herzegovina-, 6 de junio 2015). La paz no se predica, la paz se construye con gestos concretos de perdón y misericordia, con actitudes de servicio, de fraternidad, de diálogo. La paz nos hace sentirnos hijos de Dios y hermanos entre nosotros. Así lo vivió San Fermín y prefirió morir por amor antes que renegar de su propia fe en Cristo y su Iglesia.

Al celebrar su fiesta con alegría damos gracias a Dios porque desde los inicios del cristianismo en Pamplona quiso Dios suscitar misioneros egregios, dispuestos a extender el reino de la verdad por todas partes aun a riesgo de sus propias vidas. Ellos imitaron a Jesús que, como hemos escuchado en el evangelio, recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas y anunciando el evangelio del Reino. Y le imitaron también dando su vida por sus hermanos. San Agustín escribía de los primeros mártires que “en su predicación, dieron testimonio de lo que habían vivido, con un desinterés absoluto y dieron a conocer la verdad hasta morir por ella” (Sermón 295,1-2). Nosotros somos herederos del coraje y generosidad de nuestro Patrón, como lo fueron nuestros antepasado. Quizás por esta semilla inicial en nuestra tierra quiso el Señor que naciera otro gran misionero como San Francisco Javier que propiamente no murió martirizado, pero se dejó la vida predicando la verdad en tierras lejanas de las indias. Nuestras raíces navarras y pamplonicas son cristianas y son misioneras.

Nosotros hoy, en la fiesta grande de nuestro Patrón hacemos votos encendidos de revivir los valores auténticos que predicó San Fermín, los mismos que extendió San Francisco Javier, Santa Vicenta María López de Vicuña y tantos otros misioneros nacidos en nuestra tierra de Navarra. En estos momentos de nuestra historia hay muchos hermanos nuestros (sacerdotes, religiosos, religiosas, misioneros seglares) que en lugares de misión casi siempre lejanos, se han puesto al cuello el pañuelico rojo y están dirigiendo una oración a nuestro Santo añorando no poder estar donde estamos nosotros. ¡Qué grande es esta tierra de Navarra y esta noble ciudad de Pamplona que ha dado tantos hijos fieles de la Iglesia, tantos hijos que están dejando su vida por anunciar la verdad con amor incansable y son constructores de paz! Queridos fieles de Pamplona, mantened viva esta herencia, buscad siempre la verdad, extended la fe del Evangelio allá donde estéis y no dejéis de sembrar la paz por doquier.

Ahora estamos viviendo tiempos turbulentos donde, pasando por alto nuestra historia identitaria, se pretende vivir al margen de Dios. “No podemos sostener una espiritualidad que olvide al Dios todopoderoso y creador. De ese modo, terminaríamos adorando otros poderes del mundo, o nos colocaríamos en el lugar del Señor, hasta pretender pisotear la realidad creada por él sin conocer límites. La mejor manera de poner en su lugar al ser humano, y de acabar con su pretensión de ser un dominador absoluto de la tierra, es volver a proponer la figura de un Padre creador y único dueño del mundo, porque de otro modo el ser humano tenderá siempre a querer imponer a la realidad sus propias leyes e intereses”  (Papa Francisco, Laudato Si’, nº 75).

Nuestro Señor ha bendecido esta tierra de modo especial por sus misioneros y por tantos hijos nobles que allá donde estén han hecho grande el nombre de Pamplona y Navarra y se han mostrado como cristianos, a pesar de sus fragilidades personales. Pensemos también en nuestros antepasados como son nuestros padres y abuelos. ¿Qué hicieron? Darnos el regalo mejor que llevamos en lo más profundo de nuestro corazón: la nobleza, la alegría, el esfuerzo y trabajo hecho por amor y todo sustentado en la fe en Cristo y en su Iglesia. Ninguna ideología nunca podrá superar al programa de vida que se nos da en el evangelio y en las leyes de Dios. ¡Ah! Si viviéramos bien los Diez Mandamientos nos irían las cosas mucho mejor. “La Biblia nos enseña que cada ser humano es creado por amor, hecho a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1, 26). Esta afirmación nos muestra la inmensa dignidad de cada persona humana, que no es solamente algo, sino alguien. Es capaz de conocerse, de poseerse y de darse libremente y entrar en comunión con otras personas” (Papa Francisco, Laudato Si’, nº 66).  La vida es corta en nuestra historia. Hagamos de ella la mejor inversión de futuro, un futuro que hemos de construir con grandes resultados si hemos sido valientes y hemos puesto en primer lugar el amor a Dios y al prójimo  antes que poner a nuestros propios intereses egoístas.

2. San Fermín soportó con fortaleza la persecución y el sufrimiento hasta el martirio. Por eso, con gozo contemplamos la imagen de nuestro Patrón con su vestidura roja, que indica su martirio y llevamos el pañuelo rojo en recuerdo de la sangre derramada por San Fermín, y como signo de su fortaleza. El recuerdo de los mártires nos mueve a pensar en el martirio de tantos hermanos nuestros que también hoy son perseguidos por defender la fe. Pensemos en Siria, en Irak, en Pakistán, en Nigeria…Mientras en Occidente se buscan caminos de falsa libertad y parece que hasta pronunciar el nombre de Dios molesta, tenemos por otra parte a tantos mártires que no reniegan de su fe y ni les viene a la cabeza ir por el camino de la apostasía. Ellos nos ayudan con su testimonio que tiene como base lo que dice el salmo: “Mi fidelidad y mi amor estará con él, en mi nombre triunfará” (Sal 88, 25).

El texto del Evangelio de hoy nos recuerda que Jesús iba “anunciando el evangelio del reino y curando todas las enfermedades y todas las dolencias” (Mt 9, 35). Jesús, en efecto,  estuvo siempre muy cerca de los que sufrían, cerca los enfermos del cuerpo, cerca de los desheredados, como eran los endemoniados, cerca incluso de los condenados, como el buen ladrón, y cerca de los marginados, como los leprosos. Además de los enfermos queremos tener un recuerdo especial de tantos que seguramente están pasando momentos difíciles en su vida, por cualquier razón. Jesús, “al ver a las gentes, se compadecía de ellas,  porque estaban extenuadas y abandonadas” (Mt 9, 36).

Hago mías unas palabras del Papa Francisco hablando de estos casos: “Todos nosotros conocemos gente que está viviendo situaciones complicadas; pensemos en esos hombres y mujeres que llevan una vida difícil, luchan para llevar adelante la familia, para educar a sus hijos. Cuántos y cuántos hombres y mujeres, no sabemos los nombres, que honran a nuestro pueblo y a la Iglesia, porque son fuertes, fuertes para llevar adelante a su familia, su trabajo, su fe. Y estos hermanos y hermanas son santos en lo cotidiano, santos escondidos en medio de nosotros, tienen el don de fortaleza para llevar adelante su deber de personas, de padres, de madres, de hermanos, de hermanas, de ciudadanos. A ellos les recordamos que el Señor nos da siempre las fuerzas necesarias. El Señor no nos prueba más de lo que podemos soportar. Él está siempre con nosotros, todo puedo en Aquel que me da la fuerza” (Papa Francisco, Audiencia, 14-V-2014).

He querido tener este recuerdo de los que sufren para que la alegría de las fiestas se fortalezca todavía más. Sabiendo que “el bien tiende a contagiarse”, una señal de que estamos viviendo bien estos días es que somos solidarios con los que están tristes, solos, abandonados. Que ningún pamplonica sienta estos días el llanto de la soledad, que todos nosotros hagamos un esfuerzo para hacer partícipes de la fiesta a los que piensan que para ellos se ha apagado la alegría. Que nadie se sienta excluido y que la cultura de la vida vaya por delante ante la superficialidad de considerar que somos propietarios de la misma. Por eso animo a todos para que la fiesta no vaya por caminos torcidos o equivocados. Un antropocentrismo desviado da lugar a un estilo de vida desviado. Hay dos caminos: La autodestrucción o la autorrealización. “Las muchas ocupaciones, una vida frenética, a menudo terminan endureciendo el corazón y hacen sufrir al espíritu” (San Bernardo). Busquemos caminos de mayor madurez, de lo contrario la fiesta se convertiría en un frenesí inhumano y haría todo lo contrario a lo que la fiesta lleva como noble y auténtico.

A San Fermín pedimos que mantenga en todos nosotros la fortaleza en los momentos difíciles, la serenidad en la alegría y el gozo de compartir lo bueno que tenemos. Que Santa María, Madre de Jesús alcance una gracia especial para todos los que participan en nuestra fiesta, sean de Pamplona o sean de fuera.

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