Derecho al trabajo, derecho al descanso

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7 de noviembre de 2015.- El descanso es el derecho que todos tenemos cuando tenemos trabajo. Pero si la situación de desempleo, de injusticia social, de trabajo en negro, de precariedad en el trabajo es tan fuerte, ¿cómo puedo descansar? Esta es la reflexión que el Santo Padre Francisco ha realizado con los dirigentes y trabajadores del Instituto Nacional de Seguridad Social en Italia.

En el discurso que les ha dirigido, reunidos en la plaza de San Pedro, Francisco ha observado que a ellos se les confía “el cuidado del derecho al descanso”. Me refiero –ha especificado– no solamente al descanso que es sostenido y legitimado por una amplia serie de prestaciones sociales sino también y sobre todo a una dimensión del ser humano que no le faltan las raíces espirituales y de las cuales también vosotros, por vuestra partes, sois responsables.

Asimismo, el Santo Padre ha asegurado a los presentes que “vuestra difícil tarea es contribuir para que no falten las subvenciones indispensables para los trabajadores desempleados y sus familias”. Y les ha pedido que no les falte entre sus prioridades una atención privilegiada por el trabajo femenino, así como la asistencia a la maternidad que debe tutelar siempre la vida que nace y a quien la sirve cotidianamente. Que no falte nunca “el seguro por la vejez, la enfermedad, las lesiones unidas al trabajo”, ha exhortado. Y ha proseguido: “no falte el derecho a pensión, y subrayo: el derecho, la pensión es un derecho, porque de esto se trata”.

Tal y como les ha recordado, “vosotros honráis la delicada tarea de tutelar algunos derechos legales del ejercicio del trabajo; derechos basados en la naturaleza misma de la persona humana y de su trascendente dignidad”.

De este modo, ha explicado que el descanso, en el lenguaje de la fe, es por tanto una dimensión humana y divina al mismo tiempo. Con una prerrogativa única: “no es una simple abstención del cansancio y del compromiso ordinario, sino una ocasión para vivir plenamente la propia creaturalidad elevada a la dignidad filial de Dios mismo”.

Asimismo, el Papa ha recordado que la exigencia de “santificar” el descanso se une a un tiempo que permita cuidar la vida familiar, cultural, social y religiosa, haciendo de todos estos horizontes un espacio y un tiempo para Dios y para el hombre.

Por esto, ha subrayado a los presentes que “contribuyen a poner las bases para que el descanso pueda ser vivido como dimensión auténticamente humana, y por esto abierta a la posibilidad de un encuentro vivo con Dios y con los otros”.

Además, el Pontífice ha asegurado que están llamados “a hacer frente a desafíos cada vez más complejos”. Desafíos –ha indicado– que provienen tanto de la sociedad actual, con la criticidad de sus equilibrios y la fragilidad de sus relaciones; como del mundo del trabajo, plagado de la insuficiencia ocupacional y de la precariedad de las garantías que logra ofrecer.

Ha advertido que hasta hace algún tiempo era común asociar la meta de la pensión a la llegada de la tercera edad. Pero, ha observado “la época moderna ha cambiado sensiblemente los ritmos”. Por un lado, “la eventualidad del descanso se ha anticipado, a veces diluida en el tiempo, a veces renegociada hasta los extremos aberrantes, como el que distorsiona la idea misma de una cesación laboral”. Y por otro lado, ha asegurado, “nunca nos olvidamos de las exigencias de atención, tanto para quienes perdieron o nunca tuvieron un trabajo, como para aquellos que se ven obligados a interrumpirlo por varias razones”.

Trabajar, ha asegurado el Papa, quiere decir prolongar la obra de Dios en la historia, contribuyendo de forma personal, útil y creativa. De este modo ha añadido que el trabajo “no puede ser prolongado o reducido en función del beneficio de pocos y de formas productivas que sacrifican valores, relaciones y principios”.

Finalmente, Francisco ha pedido “amar y servir al hombre con conciencia, responsabilidad y disponibilidad”. Trabajad para quien trabaja –ha concluido– y para quien quisiera hacerlo pero no puede. No como solidaridad, sino como deber de justicia.

(ZENIT)

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