Homilía de Mons. D. Julián Ruiz Martorell en la apertura del Jubileo de la Misericordia en la diócesis de Jaca

evancordis

Mons. D. Julián RUIZ MARTORELL
Obispo de Jaca

S.I. Catedral de San Pedro, Jaca
Martes 8 de diciembre de 2015

INMACULADA CONCEPCIÓN 2015
APERTURA AÑO DE LA MISERICORDIA

1) El Papa Francisco ha convocado un Jubileo Extraordinario de la Misericordia como “tiempo propicio para la Iglesia, para que haga más fuerte y eficaz el testimonio de los creyentes” (Misericordiae vultus 3). Es un momento extraordinario de gracia y de renovación espiritual.

La apertura de la puerta nos recuerda que se abre para nosotros y para toda la humanidad la puerta de la misericordia de Dios, en este Año Extraordinario que concluirá con la Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo, que celebraremos el 20 de noviembre de 2016.

Tenemos necesidad de contemplar el misterio de la misericordia como fuente de alegría, de serenidad y de paz. “Misericordia: es la palabra que revela el misterio de la Santísima Trinidad. Misericordia: es el acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro. Misericordia: es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida. Misericordia: es la vía que une Dios y el hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados para siempre no obstante el límite de nuestro pecado” (MV 2).

En el Antiguo Testamento la aproximación más elocuente al misterio de Dios la encontramos en el conocido texto “Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad” (Ex 34,6). “Paciente y misericordioso” es el binomio que se repite a menudo para describir la naturaleza de Dios. “Eterna es su misericordia” es el estribillo del Salmo 136 que narra la historia de la salvación.

Jesucristo con su palabra, con sus gestos y con toda su persona revela la misericordia del Padre. Jesucristo ha recibido del Padre la misión de revelar el misterio del amor divino en plenitud. En Jesucristo todo habla de misericordia. Nada en Él es falto de compasión. Lo que le movía en todas las circunstancias era la misericordia.

En las parábolas de la misericordia encontramos el núcleo del Evangelio y de nuestra fe, porque “la misericordia se muestra como la fuerza que todo lo vence, que llena de amor el corazón y que consuela con el perdón” (MV 9).

El Santo Padre afirma: “La misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia. Todo en su acción pastoral debería estar revestido por la ternura con la que se dirige a los creyentes; nada en su anuncio y en su testimonio hacia el mundo puede carecer de misericordia. La credibilidad de la Iglesia pasa a través del camino del amor misericordioso y compasivo. La Iglesia “vive un deseo inagotable de brindar misericordia”” (MV 10).

El Papa Francisco nos propone “vivir este Año Jubilar a la luz de la palabra del Señor: Misericordiosos como el Padre” (MV 13). Para ello, debemos “en primer lugar colocarnos a la escucha de la Palabra de Dios. Esto significa recuperar el valor del silencio para meditar la Palabra que se nos dirige. De este modo es posible contemplar la misericordia de Dios y asumirla como propio estilo de vida” (MV 13).

“Redescubramos las obras de misericordia corporales: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, acoger al forastero, asistir a los enfermos, visitar a los presos, enterrar a los muertos. Y no olvidemos las obras de misericordia espirituales: dar consejo al que lo necesita, enseñar al que no sabe, corregir al que yerra, consolar al triste, perdonar las ofensas, soportar con paciencia a las personas molestas, rogar a  Dios por los vivos y por los difuntos” (MV 15).

La Iglesia siente la urgencia de anunciar la misericordia de Dios, corazón palpitante del Evangelio. “La Iglesia está llamada a ser el primer testigo veraz de la misericordia, profesándola y viviéndola como el centro de la Revelación de Jesucristo” (MV 25).

Hacemos nuestro el deseo del Papa: “Que en este Año Jubilar la Iglesia se convierta en el eco de la Palabra de Dios que resuena fuerte y decidida como palabra y gesto de perdón, de soporte, de ayuda, de amor. Que nunca se canse de ofrecer misericordia y sea siempre paciente en el confortar y perdonar. Que la Iglesia se haga voz de cada hombre y mujer y repita con confianza y sin descanso: “Acuérdate, Señor, de tu misericordia y de tu amor; que son eternos” (Sal 25,6)” (MV 25).

2) La Virgen María escuchó la Palabra de Dios y su corazón se dejó plasmar enteramente por la gracia que transforma. Ella es la “llena de gracia”. Y, en previsión del nacimiento de su Hijo, fue concebida Inmaculada. Ella emprendió una peregrinación que duró toda su vida terrena.

Con razón canta la Iglesia en el prefacio de la liturgia de la Inmaculada Concepción: “Purísima había de ser, Señor, / la Virgen que nos diera el Cordero inocente / que quita el pecado del mundo. / Purísima la que entre todos los hombres, / es abogada de gracia / y ejemplo de santidad”.

En este día el don más hermoso que ofrecemos a la Santísima Virgen, el que más le agrada, es nuestra oración, la que llevamos en el corazón y que encomendamos a su intercesión. Son nuestras sencillas invocaciones de agradecimiento y de súplica: agradecimiento por el don de la fe y por todo el bien que diariamente recibimos de Dios; y súplica por las diferentes necesidades, por la familia, la salud, el trabajo, por todas las dificultades que encontramos en la vida cotidiana.

El Pueblo de Dios, peregrino en el tiempo, se dirige a la Virgen Inmaculada y pide su ayuda; la solicita para que ella acompañe el camino de fe, para que aliente el compromiso de vida cristiana basada en el amor y para que sostenga la esperanza.

Cuando acudimos a la Madre de Dios, especialmente en la solemnidad de su Inmaculada Concepción, es mucho más importante lo que recibimos de la Virgen María que lo que le ofrecemos. Ella, en efecto, nos da un mensaje destinado a cada uno de nosotros, a nuestra ciudad de Jaca y a nuestra Diócesis. La Virgen nos habla con la Palabra de Dios, que se hizo carne en su seno. Su mensaje no es otro sino Jesús, Él que es toda su vida. Gracias a Él y por Él ella es la Inmaculada. Y como el Hijo de Dios se hizo hombre por nosotros, también ella, su Madre, fue preservada del pecado, como anticipación de la salvación de Dios para cada uno de nosotros. Así María nos dice que todos estamos llamados a abrirnos a la acción del Espíritu Santo para poder llegar a ser limpios de corazón. Nos lo dice con su misma santidad, con una mirada llena de esperanza, de ternura y de compasión.

3) El Santo Padre Francisco rezaba el año pasado el día 8 de diciembre en la Plaza de la Inmaculada de Roma con estas palabras:

“Oh María, Madre nuestra, hoy el pueblo de Dios en fiesta te venera Inmaculada,
preservada desde siempre del contagio del pecado. (…).

Saber que Tú, que eres nuestra Madre, estás totalmente libre del pecado nos da gran consuelo.

Saber que sobre ti el mal no tiene poder, nos llena de esperanza y de fortaleza en la lucha cotidiana que nosotros debemos mantener contra las amenazas del maligno.

Pero en esta lucha no estamos solos, no somos huérfanos, porque Jesús, antes de morir en la cruz, te entregó a nosotros como Madre.

Nosotros, por lo tanto, incluso siendo pecadores, somos tus hijos, hijos de la Inmaculada, llamados a esa santidad que resplandece en Ti por gracia de Dios desde el inicio.

Animados por esta esperanza, hoy invocamos tu maternal protección para nosotros, para nuestras familias, para esta ciudad, para todo el mundo.

Que el poder del amor de Dios, que te preservó del pecado original, por tu intercesión libre a la humanidad de toda esclavitud espiritual y material, y haga vencer, en los corazones y en los acontecimientos, el designio de salvación de Dios.

Haz que también en nosotros, tus hijos, la gracia prevalezca sobre el orgullo y podamos llegar a ser misericordiosos como es misericordioso nuestro Padre celestial.

En este tiempo que nos conduce a la fiesta del Nacimiento de Jesús, enséñanos a ir a contracorriente: a despojarnos, a abajarnos, a donarnos, a escuchar, a hacer silencio, a descentrarnos de nosotros mismos, para dejar espacio a la belleza de Dios, fuente de la verdadera alegría.

Oh Madre nuestra Inmaculada, ¡ruega por nosotros!”.

Amén.

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