Homilía de Mons. D. Julián Barrio Barrio en la apertura del Jubileo de la Misericordia en la archidiócesis de Santiago de Compostela

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Mons. D. Julián BARRIO BARRIO
Arzobispo de Santiago de Compostela

S.I. Catedral Basílica de Santiago, Santiago de Compostela
Domingo 13 de diciembre de 2015

Ningún motivo de plegaria es más verdadero que reconocer nuestra miseria e invocar la misericordia de Dios. Iniciamos el Año Jubilar Extraordinario cruzando el umbral de la Puerta de la Misericordia con el propósito de vivir en santidad y sentir con la Iglesia, para poder cantar eternamente las misericordias del Señor. “No temas, Sión. Dios te ama y te salva. Es de fiar, mantiene siempre su promesa”. Este mensaje de la primera lectura es esperanzador para no caer en la desconfianza o en la incredulidad en medio de nuestros miedos.

“El Señor está cerca”. San Pablo nos llama a alegrarnos en el Señor, el único que proporciona esa paz que sobrepasa todo juicio, haciendo que nuestra esperanza no sea vana. Este convencimiento se manifiesta en el amor fraterno con todos, los que están cerca y los que están lejos, con unas consecuencias morales bien concretas sobre todo en el campo de la caridad y justicia. Mirando superficialmente nuestro mundo, no está como para alegrarnos. Nuestra sociedad afronta mil problemas: economía de la exclusión, idolatría del dinero, inequidad que genera violencia, pesimismo estéril, mundanidad espiritual, guerras, contaminación y cambio climático, deterioro y degradación social, injusticias, etc. La alegría a la que Dios nos invita, exige compromiso moral y social. No podemos llegar a final del Año Jubilar con costumbres no adecuadas e impropias de un seguidor de Cristo.

También hoy nos preguntamos: ¿“Qué hemos de hacer”? La respuesta es ponernos en manos de Dios. Juan Bautista responde a los que están dispuestos a hacer penitencia que deben compartir solidariamente los propios bienes con el prójimo, practicar la justicia en la recaudación de los impuestos, ser moderados en el ejercicio del poder.

La puerta de la Misericordia se ha abierto para darnos la posibilidad de experimentar el amor de Dios que consuela, perdona y da esperanza. Ante la gravedad del pecado Dios responde con la plenitud del perdón. La misericordia será siempre más grande que cualquier pecado, y nadie puede poner límite al amor de Dios que perdona. “Jesús de Nazaret con su palabra, con sus gestos y con toda su persona revela la misericordia de Dios”[1]. Él es la Puerta de la Misericordia.

En este tiempo del Jubileo somos llamados “a sincronizar el tiempo del propio corazón, único e irrepetible, con el tiempo del corazón misericordioso de Dios, siempre dispuesto a acompañar a cada uno a su propio ritmo hacia la salvación”. Se nos pide tomar conciencia de lo que somos delante de Dios, acelerando el paso hacia la salvación, progresando en el descubrimiento gradual de la verdad sobre nosotros mismos, subsanando las consecuencias de nuestro pecado y creando ocasiones de recuperación para cada situación personal y social. “Donde la Iglesia esté presente, allí debe ser evidente la misericordia del Padre… Dondequiera que haya cristianos cualquiera debería poder encontrar un oasis de misericordia”[2]. Hay que vibrar y compadecerse con las fragilidades y miserias ajenas. Pero no basta vibrar. Hay que actuar ante la miseria bajo todas sus formas, cuya víctima es el hombre y que le impide ser feliz. No es comprensible una sociedad sin misericordia. Sentimos fascinación ante la grandiosidad y belleza de la creación, pero como afirmaba el papa emérito Benedicto XVI, esta inmensidad y poder son superadas todavía por la grandeza y belleza de la misericordia. Sin duda, la primera es accesible a todos los ojos, y la segunda sólo a los del corazón. “La misericordia no supone necesariamente que quien la sienta esté exento de todo mal; implica que no está oprimido por él, que emerge por encima de él y está libre para constituirse en bienhechor de otras miserias, en ser para ellas una fuente de entrega y de compasión”. La misericordia habla un lenguaje universal.

“Dar para comer aos famentos, e de beber aos sedentos, vestir aos espidos, acoller ao estranxeiro, asistir aos enfermos, visitar aos presos, aconsellar aos que dubidan, ensinar aos ignorantes, advertir aos pecadores, consolar aos aflixidos, perdoar as ofensas, soportar pacientemente ás persoas molestas, rezar a Deus polos vivos e os defuntos”, son as obras de misericordia que debemos poñer en práctica, escribe o Papa. Nunha convivencia onde se percibe con frecuencia o individualismo e o egoísmo como camiño para saír adiante, a chamada para ter en conta aos outros parece que ofende e molesta.

A actitude misericordiosa máis aló de todo sentimentalismo é a proba da autenticidade do noso ser discípulos de Cristo e da nosa credibilidade como cristiáns. Habemos de mostrarnos misericordiosos con todos, pero especialmente cos máis necesitados materialmente e espiritualmente. Unha sociedade non pode ser humana sen misericordia, fonte inspiradora de xustiza social.

Damos grazas a Deus pola fe que latexa en nós e na que percibimos a revelación de Deus, “compasivo e misericordioso, tardo á ira, rico en amor e lealdade” (Ex 34, 6s). Coa súplica de Moisés dicimos: “Se merezo, Señor, o teu favor, pídoche que veñas ti connosco; perdoa as nosas culpas e pecados, e farás de nos a túa herdade túa” (cf. Ex 34,9). Aproveitemos esta oportunidade de graza neste ano da Misericordia para renovarnos camiñando desde Cristo, co patrocinio do apóstolo Santiago. Santa María, Nai de misericordia, con confianza invocamos a túa protección materna no medio das dificultades que poidamos atopar e que nos impidan ser instrumentos de misericordia. “Ditosos os misericordiosos porque eles acadarán a misericordia”. Amén.


[1] FRANCISCO, Ibid., 1.

[2] FRANCISCO, Bula Misericordiae Vultus, 12.

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