Homilía del Card. D. Antonio Cañizares Llovera en la apertura del Jubileo de la Misericordia en la archidiócesis de Valencia

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Card. D. Antonio CAÑIZARES LLOVERA
Arzobispo de Valencia

S.I. Catedral Basílica de Santa María, Valencia
Domingo 13 de diciembre de 2015

DOMINGO 30 ADVIENTO. APERTURA AÑO MISERICORDIA

Toda la Liturgia del Adviento nos invita este domingo a la alegría. Una alegría desbordante, fruto de la esperanza, aparece, sobre todo en la primera lectura del Profeta Sofonías: Dios hace y hará maravillas con su pueblo en medio del desierto. Una alegría inmensa sentimos todos hoy por las maravillas de Dios: son las maravillas de su misericordia infinita que se ha cumplido y se ha desbordado en su Hijo, a quien esperamos anhelantes en este Adviento en que se han abierto las puertas del Año Jubilar de la Misericordia.

“Regocíjate, grita de júbilo, alégrate y goza de todo corazón…. El Señor ha cancelado tu condena…. no temas, Sión, no desfallezcan tus manos. El Señor en medio de ti, es un guerrero que salva, se goza y se complace en ti, te ama y se alegra con júbilo, como en día de fiesta”. ¡Qué consoladoras e iluminadoras palabras del profeta  Sofonías!, que escuchamos al abrir las puertas del Año de la Misericordia, al que nos ha convocado el Papa Francisco. Estas palabras de Sofonías, promesa de Dios gozosa a su pueblo anuncian la victoria del amor de Dios, el triunfo de su misericordia en Jesús que salva y nos ama hasta el extremo. Se están cumpliendo entre nosotros: Es verdad, es cierto, es seguro, Dios es misericordia, Él es nuestra salvación, nos ama y nos  concede este  año de gracia para cancelar nuestra condena, para expulsar nuestros enemigos. “¡Mirad a vuestro Dios!”, dirá y clamará por su parte el profeta Isaías al pueblo de Israel temeroso, acobardado, débil y vacilante ante la difícil situación de desierto y exilio que atraviesa por el camino de su historia. También hoy, ante la situación que vivimos, necesitamos a acoger esa misma apelación tan apremiante: “¡Mirad a vuestro Dios!”; escuchad, hermanos, ante tanta realidad  que nos agobia y nos preocupa, lo que nos dice san Pablo: “la paz de Dios, que sobrepasa todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. Él es la verdadera y única esperanza de los hombres, la misericordia que necesitamos ante tantas cosas que nos abruman en los acontecimientos y actitudes  de las personas en nuestra realidad de hoy que, como los discípulos de Juan, nos hacen vivir, en el fondo, preguntando “¿Eres Tú el que ha de venir, o hemos de esperar a otro?”, “¿De dónde nos vendrá el auxilio, de dónde y cuándo nos llegará misericordia?”. Ya llega, está en medio nuestro.

“Este Año Extraordinario, decía el Papa Francisco en la apertura de la puerta ‘Santa, en Roma, en la fiesta de la Inmaculada, es un don de gracia. Entrar por la puerta significa descubrir la profundidad de la misericordia del Padre que acoge a todos y sale personalmente al encuentro de cada uno. Es Él el que nos busca. Es Él el que sale a nuestro encuentro. Será un año para crecer en la convicción de la misericordia. Cuando se ofende a Dios y a su gracia, cuando se afirma sobre todo que los pecados son castigados por su juicio en vez de destacar  que son perdonados por su misericordia. Sí, así es precisamente. Debemos anteponer la misericordia al juicio y en  cualquier caso, el juicio de Dios tendrá lugar a  la luz de su misericordia. Que al atravesar  la Puerta  santa, por lo tanto, haga que nos sintamos partícipes de este  misterio de amor. Abandonemos toda forma de miedo y temor, porque no es propio de quien es amado, vivamos más bien la alegría del encuentro con la gracia que lo transforma todo”. La alegría del encuentro con Dios misericordioso que sale a nuestro encuentro en Jesús, el que tenía que vivir. Este Año de la misericordia abre sus puertas a una gran esperanza que tenemos delante y nos colma de alegría y de gozo.

Necesitamos, para vivir, tener esperanzas -más grandes o más pequeñas– que día a día nos mantengan en el camino. Pero sin la gran esperanza, que ha de superar todo lo demás, aquellas no bastan. Esta gran esperanza sólo puede ser Dios, misericordia, que nos ama, que abraza el universo y que nos puede proponer y dar lo que por nosotros por sí solos no podemos alcanzar. De hecho, el ser agraciados por un don, como es la misericordia sin límite de Dios, forma parte de la esperanza. Dios es el fundamento de la esperanza; pero no cualquier dios; si no el Dios que tiene un rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo, a cada uno en particular y a la humanidad  en  su  conjunto. Su  reino no es un  más allá imaginario, situado en un futuro que nunca llega; su reino está presente allí donde Él es amado y donde su amor nos alcanza, allá donde se manifiesta su misericordia. Esa misericordia se ha manifestado ya en Jesús, porque “los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados, los pecados quedan perdonados..”. Todo en Jesús es manifestación del amor y de la misericordia de Dios, de Dios que mantiene su fidelidad perpetuamente, que hace justicia a los oprimidos, que da pan a los hambrientos, que abre los ojos al ciego, que endereza a los que ya se doblan, ama a los justos, trae la alegría a los afligidos, que es consolación para tantos y tantos sufrimientos que afligen a los hombres, que trae la reconciliación y la paz porque nos entrega a Dios que es amor y misericordia: en esto hemos conocido a Dios, en esto hemos conocido el amor y la misericordia, en el Hijo venido en carne, Emmanuel, que ha dado su vida por nosotros en expiación por nuestros pecados.

Sólo su amor nos da la posibilidad de perseverar día a día con toda sobriedad sin perder el impulso de la esperanza en un mundo que por naturaleza es imperfecto. Y, al mismo tiempo, su amor es para nosotros la garantía de que existe aquello que sólo llegamos a intuir vagamente y que, sin embargo esperamos en lo más íntimo de nuestro ser: la vida que es ‘realmente’ vida, la vida eterna. Por la fuerza del Espíritu somos ungidos para ser misericordiosos como nuestro Padre del Cielo es misericordioso, es decir, para traer la buena noticia a los pobres, practicar las obras de misericordia corporales y espirituales que es culto, lo que  Dios le agrada, ser buenos samaritanos con nuestro prójimo herido y maltrecho, y así ser testigos de la esperanza, que suscita la misericordia y la presencia de Dios entre nosotros.

Por eso necesitamos de manera especialmente urgente y apremiante mirar a Dios como nos dice el Profeta, e identificarnos con Jesús, que nos revela el rostro misericordioso de Dios, como en las parábolas de la misericordia. Necesitamos mirar a Dios, poner a Dios en el centro de nuestra vida, en el centro de todo: Dios misericordioso como centro de la realidad, y Dios misericordioso como centro y corazón de la vida, de la vida que es “realmente” vida. Dios es necesario para el hombre. Sin Él, el hombre  perece y carece de futuro. Este es el gran drama de nuestro tiempo. Necesitamos  dar testimonio con nuestras obras y palabras, como Jesús, del centro de la vida. Hemos de hacer presente en nuestra fe, en nuestra esperanza y caridad la realidad del Dios vivo con rostro humano: Dios misericordioso  y compasivo. Si hoy existe un problema de moralidad, de recomposición moral en la sociedad deriva de la ausencia de Dios en nuestro  pensamiento, en nuestra vida. O, para ser más concreto, de la ausencia de fe en la vida eterna, en la vida que es “realmente” vida, que  es vida con Dios”. Dios se ha vuelto para nosotros un Dios lejano, abstracto. Ya no tenemos el valor de creer que esta criatura, el hombre, sea  tan importante a los ojos de Dios, que Dios se ocupa y preocupa con nosotros y por nosotros. Si en nuestra vida de hoy y de mañana prescindimos de Dios, de la vida eterna, todo cambia, porque el ser humano pierde su gran dignidad, su gran honor. Esto es lo que trae su alegría al mundo.

Con  obras concretas, como dice Juan el Bautista en el Evangelio de hoy. Las gentes ante la llamada de Juan invitando a preparar caminos, a convertirse porque el Señor llega le preguntan: “¿Qué tenemos que hacer?”. Y nosotros también, ante la llamada  del Papa a este Año de la Misericordia, nos hacemos la misma pregunta: “¿Qué tenemos que hacer?”. La respuesta de Juan no es otra que la misericordia y la justicia inseparablemente unidas. Así, Juan responderá a aquellas gentes y a nosotros hoy: “compartid con vuestros hermanos la comida y el vestido. Les descubre el amor, la solidaridad, la caridad, la misericordia, que va más allá todavía, porque es el mismo amor misericordioso con que Dios ama a los hombres, donde está la verdadera alegría.

Nadie debe tener y guardar  solo para sí; miremos a nuestro lado como hermanos para ayudarlos a crecer; no los miremos  como competidores, porque cuando en el otro se ve a un rival no es posible la alegría. Esto es convertirse, acoger la misericordia, poner al servicio de los demás, de los hermanos, cuanto soy y tengo. Los que tienen dinero, como los publicanos, reciben un programa: practicad la justicia. A los que representan el poder del emperador, en el texto evangélico, como interlocutores de Juan, les dice: “no exijáis más de lo establecido y justo”, no manipuléis, no os sintáis dueños de haciendas y de vida, no os adueñéis de las conciencias, servid y  no os sirváis de los demás para ningún otro interés que no sea el bien de cada persona y el bien común; no abuséis de la ley, no hagáis leyes injustas, no os aprovechéis de vuestra situación privilegiada y de la fuerza que poseéis; ponedlo todo al servicio del bien común que pasa siempre por el servicio a la persona y a su dignidad. En definitiva, como la máxima de Jesús, horizonte de toda la vida cristiana, especialmente en el Año que hoy abrimos: “Sed misericordiosos como vuestro Padre celestial es misericordioso”, practicad la misericordia que a Él le agrada, inseparable de la justicia, expresión de la caridad.

La respuesta a nuestra pregunta, “¿qué hemos de hacer?”, la   respuesta de los cristianos en estos momentos no es otra que la práctica de la misericordia, del amor, de la caridad como norma universal de vida, es la respuesta a Dios que es y se nos muestra misericordioso con todos con los que lo invocan, con los que compareceremos ante Él para ser Juzgados del amor y de la misericordia. y así se abrirá un gran horizonte de esperanza en la Iglesia y en  el mundo, y se cubrirán de alegría.

Hermanos, abramos de par en par nuestras puertas a la misericordia de Dios misericordioso, abrámoslas a Jesús, Señor de la misericordia y el perdón y seamos testigos de la misericordia y testigos de la esperanza, servidores de la esperanza, servidores del hombre, entregados a los hombres, apasionados por el hombre, atentos a sus necesidades y solícitos y prestos para quienes nos reclamen desde cualquier necesidad. Sensibles a todo lo humano, con capacidad de escucha y de sintonía con las preocupaciones y expectativas de los otros, cercanos a los hombres y dispuestos a ayudar a cualquiera sin esperar nada a cambio y sin darse importancia, cercanos a los sufrimientos de los hombres. Nuestras palabras más vibrantes las que hablen de los pobres y de los que sufren. Anunciadores de la Buena Noticia a los pobres, que siempre es la misericordia de Dios, que es el mismo Cristo: Amor de Dios hecho carne de nuestra carne. Evangelizadores de las gentes, hoy: los pobres son evangelizados es el gran signo de que ha llegado a nosotros la misericordia

No olvidemos aquellas palabras del profeta: “Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, decid a los cobardes de corazón: sed fuertes, no temáis”. No podernos acobardarnos, no tenemos motivo para tener miedo.

“Manteneos firmes”, con la firmeza de Dios. Corno Juan el Bautista, mártir y testigo de la esperanza que no va de una parte a otro corno la caña agitada por el viento. Testigo y mártir de la Verdad, de la voluntad de Dios. No a la deriva y zarandeados por cualquier viento de doctrina. Firmes con la misericordia de Dios, porque, es verdad, firme es su misericordia. y la prueba la tenemos en el misterio de nuestra fe que ahora celebramos y que nos alimenta.

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