Homilía de Mons. D. Celso Morga Iruzubieta en la apertura del Jubileo de la Misericordia en la archidiócesis de Mérida-Badajoz

merida-apertura-jubileo

Mons. D. Celso MORGA IRUZUBIETA
Arzobispo de Mérida-Badajoz

S.I. Catedral de Catedral de San Juan Bautista, Badajoz
Domingo 13 de diciembre de 2015

Homilía del III Domingo de Adviento
Año de la Misericordia

Queridos sacerdotes; autoridades civiles y militares; queridos hermanos y hermanas,

Con la procesión y la apertura solemne de la Puerta santa de nuestra catedral de San Juan Bautista, hemos iniciado, en nuestra Archidiócesis de Mérida- Badajoz, el Año Santo de la Misericordia, convocado por el Santo Padre Francisco con la Bula “Misericordiae Vultus”.

Lo hacemos en el domingo tercero de Adviento, domingo “Gaudete” porque las lecturas bíblicas nos animan a preparar la venida del Señor con júbilo porque el mismo Señor “se alegra de estar entre nosotros” y nosotros de recibirlo y estar con Él. San Juan bautista el Precursor nos enseña cómo hemos de prepararnos, qué hemos de hacer. Hemos de hacer el bien a nuestro prójimo; practicar la justicia y el amor.

Es, con este mensaje de parte de Dios, que iniciamos el Año de la Misericordia.

Pero digámoslo en seguida: hemos de centrar el Año de la Misericordia en Dios, en la Santísima Trinidad. Debe ser un Año teocéntrico, es decir, “en Dios”, si queremos que sea un Año auténticamente antropocéntrico, es decir, “en servicio del hombre”.

Si queremos ayudar y amar de verdad al prójimo mediante el amor cristiano, mediante las obras de misericordia, y construir así un mundo más humano, más justo, más solidario y más feliz, como nos invita la Bula, debemos primero fijar nuestra vida en ese Dios de Amor, de misericordia infinita, que es la Santísima Trinidad: «misericordia es la palabra que revela el misterio de la Santísima Trinidad» (n.2).

Es el misterio de Dios, rico en amor, misericordia y compasión (cf. Ef 2,4), revelado y realizado en Cristo, rostro de la misericordia del Padre y continuamente hecho operante por el don del Espíritu Santo en la Iglesia (Jn 20), lo que hemos de tener continuamente ante nuestros ojos.

Así lo vivieron siempre los santos, esos cristianos que han entendido a Cristo de verdad y lo han seguido de corazón porque experimentaron en sí mismos la misericordia del Padre, hecha vida en Cristo.

Experimentar, descubrir, en nuestras pobres vidas, la misericordia que el Padre ha tenido con nosotros  para vivir también nosotros la misericordia con nuestros hermanos! He ahí la finalidad del Año Santo.

Decía experimentar en nosotros mismos la misericordia de Jesús. Ese es el punto!

He ahí la experiencia del apóstol Mateo. Es una experiencia que al Santo Padre tocó íntimamente a lo largo de su vida hasta el punto de elegir como lema de su escudo episcopal el comentario que san Beda el Venerable hace, en una homilía suya (Hom. 21; CCL 122, 149-151), de la llamada al apostolado que Jesús dirige a Mateo en Cafarnaúm, cuando éste estaba sentado al banco de los impuestos y era, por tanto, un publicano, despreciado y despreciable porque recaudaba impuestos y los recaudaba para los opresores romanos.

Comenta San Beda que: « vio Jesús a un publicano y como le miró con sentimiento de amor y le eligió, le dijo: “sígueme”».

Esta homilía fue leída por el joven Jorge Mario Bergoglio en la fiesta de San Mateo del año 1953, a la edad de 17 años. La presencia amorosa de Dios en su vida le tocó en ese momento de un modo del todo particular. Después de una confesión, sintió su corazón tocado y advirtió la llegada de la misericordia de Dios que, con mirada de amor, lo llamaba al sacerdocio y a la vida religiosa, a ejemplo de san Ignacio de Loyola. Una vez elegido obispo, mons. Bergoglio, en recuerdo de esos momentos únicos en su vida, decidió elegir como lema y programa de su misión episcopal el «miserando atque eligendo» (lo miró con misericordia y lo eligió), que también ha querido reproducir en su escudo pontificio.

Tanto la experiencia de San Mateo como la del Papa actual muestran que es necesaria esa vivencia, esa experiencia personal e intima del amor de Jesús en mi vida, en tu vida, si queremos vivir bien este año de la misericordia y volcarlo en amor al prójimo mediante las obras de misericordia, espirituales y corporales.

Quizás, mientras os hablo de la misericordia que Jesús obró con Mateo, tenéis en la mente el famoso cuadro de Caravaggio (Michelangelo Merisi), que se conserva en la iglesia de San Luis de los Franceses en Roma. Es una obra de arte extraordinario donde se ve a  Cristo que, pasando, señala, entre el grupo de recaudadores, justo a su jefe, a Mateo, que no termina de convencerse de que es justamente a él a quien el Maestro llama.

Sí, Mateo tuvo un encuentro sorprendente con la misericordia de Cristo. Partiendo de  Cafarnaúm «Jesús vio a un hombre sentado al banco de los impuestos, llamado Mateo, y le dijo: “sígueme”. Y él, levantándose, lo siguió».

¿Quién puede entender esto, que, en tan breve espacio de tiempo, se pueda dar un cambio tan radical y profundo en una persona? Sólo Dios puede hacerlo.

Es muy probable que ese jefe de recaudadores hubiera oído hablar de Jesús. Cafarnaúm, donde Mateo recaudaba, era la ciudad donde Jesús se movía principalmente, donde había obrado milagros hasta el punto que el Evangelio dice que era “su ciudad”. Poco antes del encuentro con Mateo, el Evangelio nos narra que Jesús había dejado atónita a toda la ciudad, haciendo andar a un paralítico y perdonándole sus pecados.

Pero Mateo no estaba allí. Él estaba a lo suyo! No se había movido de la mesa en la que recaudaba los odiosos impuestos, aunque un paralitico de toda la vida estuviera caminando. ¿Qué le importaba a él todo aquello? Simplemente no había relacionado a  Jesús con su vida! Este es el punto! Y hasta que no lleguemos ahí….

El llamamiento de Mateo será ocasión de un gran escándalo. El Señor irá a comer a su casa y se reunirán allí muchos publicanos y gente de mala vida, por lo que los fariseos dirán a los discípulos: « ¿cómo es que vuestro Maestro come con publicanos y pecadores? (Mt, 9,10-12).

Jesús no negó ni trató de disculpar. Dijo sencillamente: «No son los sanos, sino los enfermos los que necesitan de médico». Todos tenemos necesidad de médico, todos tenemos necesidad de la misericordia de nuestro Señor, sobre todo en un mundo complejo como el nuestro donde: «es triste constatar como la experiencia del perdón se desvanece cada vez más. Incluso la palabra misma parece evaporarse (n.10). En cambio y por contraste, al interno de esta cultura, debemos considerar que la misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia. Toda su acción pastoral debe estar impregnada de ternura materna con la que se dirige a los creyentes y a los no creyentes. Nada en su anuncio y en su testimonio puede carecer de misericordia.

Decía san Juan Pablo II en su encíclica “Dives in misericordia” que «la mentalidad contemporánea, quizás en mayor medida que la del hombre del pasado, parece oponerse al Dios de la misericordia y tienda además a orillar de la vida y arrancar del corazón humano la idea misma de misericordia». Por eso es tan importante este Año de la Misericordia, convocado por el papa Francisco. En una cultura que es indiferente a Dios y, por tanto, está al borde de la desesperación y de una amarga tristeza, por eso tiene necesidad más que nunca de amor, de misericordia, de perdón y de ternura.

Que la Virgen María, nuestra Madre, nos ayude a experimentar y vivir la misericordia del Padre sobre cada una y cada uno de nosotros y sobre el mundo entero, mientras celebramos y participamos del gran misterio de la misericordia de Dios: la Eucaristía.                                      

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