La Cuaresma, tiempo de la misericordia de Dios

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LA CUARESMA, TIEMPO DE LA MISERICORDIA DE DIOS

José Antonio GOÑI BEÁSOAIN DE PAULORENA
Canónigo-Prefecto de Liturgia de la Catedral de Pamplona
Delegado diocesano de Liturgia

CONGREGATIO DE CULTU DIVINO ET DISCIPLINA SACRAMENTORUM,
Notitiae, vol. 51 (2015), págs. 192-200.

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La palabra misericordia es definida por el Diccionario en su sentido religioso como el « atributo de Dios, en cuya virtud perdona los pecados y miserias de sus criaturas». Por tanto, al hablar de la misericordia de Dios estamos haciendo referencia a su capacidad de perdón y de compasión con sus criaturas.

Dios conoce todas las limitaciones y la finitud del ser humano. Es por ello que no aplica con nosotros la justicia sino que procede con misericordia. Y así se define él mismo cuando ante Moisés se revela como el “Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad, que mantiene la clemencia hasta la milésima generación, que perdona la culpa, el delito y el pecado” (Ex 34, 6-7). En multitud de pasajes bíblicos vemos cómo Dios muestra su misericordia ante un pueblo pecador e infiel, que no cumple la alianza pactada, como por ejemplo al comienzo de la historia de los Jueces (cf. Jue 3, 7-9), en la oración de Salomón al inaugurar el Templo (cf. 1Re 8, 22-53), en una parte de la intervención profética de Miqueas (cf. Miq 7, 18-20), en las consoladoras garantías ofrecidas por Isaías (cf. Is 1, 18; 51, 4-16), en la súplica de los hebreos desterrados (cf. Bar 2, 11-3, 8), en la renovación de la alianza después de la vuelta del exilio (cf. Neh 9)…

La propia liturgia lo expresa bellamente en la plegaria eucarística IV: “Et cum amicitiam tuam, non obœdiens, amisisset, non eum dereliquisti in mortis imperio. Omnibus enim misericorditer subvenisti, ut te quærentes invenirent”. “La suprema misericordia no nos abandona ni aun cuando lo abandonamos” [1].

Como recordó san Juan Pablo II en su Encíclica Dives in misericordia [2], la palabra misericordia se expresa en el Antiguo Testamento con los vocablos hesed y rah mim. El primero hace referencia al aspecto de la bondad de Dios, una bondad que conlleva fidelidad. El segundo tiene una dimensión maternal, unas entrañas de madre que evocan la ternura, la paciencia, la comprensión y el perdón constante de una madre hacia sus hijos. Todo este trasfondo deberemos tenerlo en cuenta al hablar de la Cuaresma como el tiempo de la misericordia de Dios.

1. El binomio penitencia-misericordia

La liturgia del tiempo de Cuaresma se caracteriza por girar en torno al binomio penitencia-misericordia, que pueden expresarse también con otros términos, como conversión, el primero, y bondad, el segundo, por ejemplo.

Cada elemento del binomio tiene un protagonista diferente: la penitencia al hombre, la misericordia a Dios. Ambos son como la doble cara de una misma moneda. El hombre desea convertirse, volver a Dios, consciente de su pecado desea restablecer la relación con Dios, consigo mismo y con los demás que el mal daña. Para que este retorno “a la casa paterna” pueda hacerse realidad es necesaria la misericordia de Dios, el perdón divino fruto de la bondad de un Dios que es amor. No puede haber penitencia sin misericordia, no puede haber conversión sin perdón. No podemos separar, por tanto, esta doble acción y tratar cada una de ellas como un elemento autónomo, independiente el uno del otro. De tal modo que cuando escuchamos en las oraciones litúrgicas de Cuaresma la palabra penitencia, implícitamente se nos está diciendo misericordia; cuando encontramos la invitación a la conversión, implícitamente se nos está hablando de perdón. Es por tanto necesario conjugar correctamente ambos para que la Cuaresma adquiera su verdadero sentido.

2. La invitación cuaresmal a la conversión

La Cuaresma comienza con una llamada a la conversión. La liturgia cuaresmal invita constantemente al creyente a volver sobre sus pasos errados y a dar en su vida la primacía a Dios. El tiempo de Cuaresma es el tiempo en el que la liturgia intenta que el fiel viva la experiencia del hijo pródigo que al descubrir su situación reflexiona y desea regresar a la casa de su padre; la liturgia intenta que cada fiel también pueda decir: “me pondré en camino adonde está mi Padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo” (Lc 15, 18-19). La finalidad de esta conversión es llegar a la Pascua renovados interiormente y poder celebrar la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte, que es también nuestra victoria [3]. De tal modo que cada fiel pueda renovar el paso de la muerte a la vida, de la esclavitud a la libertad de los hijos de Dios (cf. Rom 8, 21) que se hizo realidad en cada uno por el bautismo (cf. Rom 6, 3-11; Col 2, 12) y cuyas promesas renovamos en la Vigilia pascual.

Esta conversión se concreta en el ejercicio de la penitencia, cuyas armas tradicionales son la oración, el ayuno y la limosna. El pecado ha roto la triple dimensión relacional del hombre –con Dios, consigo mismo, con los demás– y por medio de estas tres armas cuaresmales se intentan restablecer: oración para con Dios, ayuno para consigo mismo y limosna para con los demás. Tres realidades conjuntas, como lo expresa san Pedro Crisólogo en uno de sus sermones de Cuaresma: “Tres son, hermanos, los resortes que hacen que la fe se mantenga firme, la devoción sea constante y la virtud permanente. Estos tres resortes son: la oración, el ayuno y la misericordia. Porque la oración llama, el ayuno intercede, la misericordia recibe. Oración, misericordia y ayuno constituyen una sola y única cosa, y se vitalizan recíprocamente. El ayuno, en efecto, es el alma de la oración, y la misericordia es la vida del ayuno. Que nadie trate de dividirlos pues no pueden separarse…” [4]. Con misericordia Dios mira la penitencia de sus hijos, el ayuno, la oración y la limosna que el creyente practica como remedio del pecado: “Deus, omnium misericordiarum et totius bonitatis auctor, qui peccatorum remedia in ieiuniis, orationibus et eleemosynis demonstrasti, hanc humilitatis nostræ confessionem propitius intuere, ut, qui inclinamur conscientia nostra, tua semper misericordia sublevemur” [5].

Ayuno

El ayuno es el que tiene un mayor protagonismo durante la Cuaresma. Es más, la Cuaresma comenzó como el desarrollo de unos días de ayuno, como preparación para la Vigilia pascual, el ayuno prefestivo, que se fue prolongando hasta alcanzar el número de 40 días, a imitación de los 40 días que estuvo Jesús ayunando en el desierto antes de comenzar su vida pública [6]. Ya en el siglo IV, Egeria nos describe minuciosamente los ayunos que se practicaban en Jerusalén en el tiempo cuaresmal [7].

Así, ya la primera oración colecta de Cuaresma, la del miércoles de ceniza, nos habla de “sanctis inchoare ieiuniis” y en la oración después de la comunión del mismo día “ut tibi grata sint nostra ieiunia”. Y de modo continuado se menciona la penitencia que hacen los fieles en la Cuaresma: “Inchoata pænitentiæ opera” [8], “se corporalium moderatione castigat” [9], “per abstinentiam temperantur in corpore” [10], “castigatio corporalis”… [11].

La finalidad del ayuno no es una mortificación personal o una práctica masoquista. El creyente ayuna poniendo la mirada en Dios. Por una parte, el ayuno sirve para frenar los deseos corporales, “a noxiis voluptatibus temperemus” [12], que siempre buscan la satisfacción terrenal y apartan la mirada de los bienes eternos, “terrena desideria mitigantes, discamus amare cælestia” [13]. De modo sintético y conciso queda expresado en el prefacio IV de Cuaresma: “Qui corporali ieiunio vitia comprimis, mentem elevas, virtutem largiris et præmia”. Por otra parte, el ayuno, o cualquier tipo de penitencia, intenta obtener el perdón divino, que Dios ejerza su misericordia y no nos trate como merecen nuestros pecados sino como corresponde a su benevolencia. Recordemos, entre otros, el pasaje bíblico en el que ante la amenaza de la destrucción de Nínive anunciada por Jonás a los ninivitas, éstos ayunaron consiguiendo que Dios se arrepintiera de la desgracia que había determinado enviarles (cf. Jon 3). Igualmente nuestro ayuno cuaresmal tiene como objetivo obtener la benevolencia divina, como veremos más adelante al hablar de la misericordia.

Oración

Intensificar la oración es esencial en el tiempo de Cuaresma: “Confirma, Domine, quæsumus, tuorum corda fidelium, et gratiæ tuæ virtute corrobora, ut et in tua sint supplicatione devoti…” [14]. Como el objetivo de la Cuaresma es la conversión, volver a Dios, la oración cobra un papel esencial ya que es el medio de comunicación con Dios. Así, la oración colecta del domingo I de Cuaresma nos invita “ad intellegendum Christi proficiamus arcanum” y la de después de la comunión desea que “in omni verbo, quod procedit de ore tuo, vivere valeamus”. Sin embargo, aunque explícitamente no se menciona el ejercicio de la oración como arma cuaresmal, está muy presente implícitamente, ya que toda la eucología es oración, participar en la misa es oración.

Limosna

En tercer lugar en la Cuaresma se desea restablecer la relación dañada con el prójimo, y la Iglesia ofrece para este medio la limosna. Una limosna que puede entenderse en sentido material, ya que el fruto de las privaciones voluntarias es destinado al ejercicio de la caridad: “egentium proficiens alimento, imitatores tuæ benignitatis efficeret”.15 Pero también puede entenderse en sentido moral, ya que la conversión se manifiesta en un cambio de conducta en la vida en el que la persona haga realidad el mensaje de Jesucristo dando “fructum boni operis”,16 proximi dilectione manentes” [17].

3. Misericordia

Dios “no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas” (Sal 103 [102], 10), sino que actúa con misericordia; una misericordia que, como dice el salmista, es eterna (cf. Sal 136). Podríamos decir que Dios no aplica la justicia con nosotros, sino que muestra continuamente su bondad y compasión con el hombre pecador. “La misericordia se contrapone en cierto sentido a la justicia divina y se revela en multitud de casos no sólo más poderosa, sino también más profunda que ella” [18]. “Deus, qui sperantibus in te misereri potius eligis, quam irasci” [19].

Este modo de proceder no es, como afirma el papa Francisco, un signo de debilidad, sino una cualidad de la omnipotencia de Dios [20]. “Es propio de Dios usar misericordia y especialmente en esto se manifiesta su omnipotencia” [21]. Así nos invita a rezar la liturgia en la oración colecta del domingo XXVI del tiempo ordinario: “Deus, qui omnipotentiam tuam parcendo maxime et miserando manifestas”.

En el Antiguo Testamento descubrimos constantemente a un Dios que ejerce su misericordia infinita con el pueblo infiel. Pero de modo supremo es revelado este Dios misericordioso por Jesús, que nos muestra “la naturaleza de Dios como la de un Padre que jamás se da por vencido hasta tanto no haya disuelto el pecado y superado el rechazo con la compasión y la misericordia” [22]. Solo basta releer las parábolas dedicadas a la misericordia: la de la oveja perdida, la de la moneda extraviada y la del hijo pródigo (cf. Lc 15, 1-32).

Durante el tiempo de Cuaresma, más que en ningún otro momento del año litúrgico, la liturgia apela a la misericordia divina frente al hombre pecador que está en proceso de conversión: “Devotionem populi tui, quæsumus, Domine, benignus intende” [23]; “Adveniat, quæsumus, Domine, misericordia sperata supplicibus” [24]; “Respice, Domine, propitius ad plebem tuam” [25]; “Pateant aures misericordiæ tuæ, Domine, precibus supplicantium…” [26]; “Clementiam tuam imploramus, Domine, in misericordia tua confidentes” [27]; “Implorantes, Domine, misericordiam tuam, fideles tuos propitius intuere” [28]; “Famuli tui, Domine, pietatis tuæ protectione muniantur” [29]; “Clementiam tuam, Domine, supplici voto deposcimus” [30]; “Dirigat corda nostra, quæsumus, Domine, tuæ miserationis operatio” [31]; “Benedic, Domine, plebem tuam, quæ munus tuæ miserationis exspectat” [32]; “Adesto, Domine, supplicibus tuis, et spem suam in tua misericordia collocantes tuere propitius” [33] “tuam, Domine, misericordiam deprecamur” [34]. La penitencia que caracteriza el tiempo cuaresmal -que se concreta en el ayuno, la oración y la limosna llevadas a cabo por los fieles- tiene como objetivo que Dios perdone a sus fieles [35] que no son coherentes con la vocación a la que han sido llamados (cf. Ef 4, 1; 1, 4) y caminan por el mundo de las tinieblas cuando en realidad son, por el bautismo, hijos de la luz (cf. Ef 5, 8-9) [36]. Y así es invocado Dios en la liturgia de la bendición de la ceniza al comienzo de la Cuaresma como aquel que “humiliatione flecteris et satisfactione placaris” [37].

Por ello encontramos continuas referencias a la misericordia divina en la eucología cuaresmal, bien de modo directo, al utilizar la misma palabra “misericordia” o por medio de algún sinónimo, como “bondad”, “ternura”, “amor”, “compasión”, “perdón”, “paciencia”…, bien de modo indirecto, al recordar la penitencia que están practicando los cristianos.

Es Dios, por su misericordia, quien recompensa con los premios prometidos a los que hacen penitencia [38]. Dios perdona misericordiosamente el pecado de su pueblo: “delicta nostra miseratus absolvas” [39]; “consuetæ misericordiæ tribue benignus effectum”;40 “indulgentiam percipere mereamur” [41]; “Tua misericordia, Deus, populum tibi subditum et ab omni subreptione vetustatis expurget” [42]. No es que el fiel se lo merezca o que se gane el perdón de Dios, sino que es un don divino, “nobis indulgentiam largiendo” [43]. Dios nos perdona por su misericordia. Así queda recogido en la oración colecta del miércoles IV de Cuaresma: “Deus, qui et iustis præmia meritorum et peccatoribus veniam per pænitentiam præbes, tuis supplicibus miserere, ut reatus nostri confessio indulgentiam valeat percipere delictorum.” Más aún, es Dios quien acompaña e impulsa el camino penitencial de retorno a Dios [44]: “Converte nos, Deus, salutaris noster” [45].

De modo que, durante toda la Cuaresma, la misericordia de Dios es protagonista sin lugar a dudas. Y a ella nos acogemos, como broche final del camino de conversión cuaresmal, en la oración inicial de la celebración litúrgica del Viernes Santo, el día en el que se nos muestra la misericordia extrema de Dios y su perdón, con las palabras tomadas del salmo 25 [24], 6: “Reminiscere miserationum tuarum, Domine”.


[1] SAN GREGORIA MAGNO, Homilía 36, sobre los evangelios.

[2] SAN JUAN PABLO II, Carta encíclica sobre la divina misericordia Dives in misericordia (30 de noviembre de 1980), nota 52.

[3] Cf. Oración colecta del viernes II de Cuaresma: “Da, quæsumus, omnipotens Deus, ut, sacro nos purificante pænitentiæ studio, sinceris mentibus ad sancta ventura facias pervenire”; oración colecta del martes IV de Cuaresma: “Exercitatio veneranda sanctæ devotionis, Domine, tuorum fidelium corda disponat, ut et dignis mentibus suscipiant paschale mysterium, et salvationis tuæ nuntient præconium”; oración colecta del jueves IV de Cuaresma: “Clementiam tuam, Domine, supplici voto deposcimus, ut nos famulos tuos, pænitentia emendatos et bonis operibus eruditos, in mandatis tuis facias perseverare sinceros, et ad paschalia festa pervenire illæsos”; oración sobre el pueblo del lunes santo: “Defensio tua, Domine, quæsumus, adsit humilibus, et iugiter protegat in tua misericordia confidentes, ut, ad festa paschalia celebranda, non solum observantiam corporalem, sed, quod est potius, habeant mentium puritatem”.

[4] SAN PEDRO CRISÓLOGO, Sermón XLIII, sobre la oración, el ayuno y la limosna.

[5] Oración colecta del domingo III de Cuaresma.

[6] Cf. Prefacio del I domingo de Cuaresma: “Qui quadraginta diebus, terrenis abstinens alimentis, formam huius observantiæ ieiunio dedicavit”.

[7] Cf. EGERIA, Itinerario, núm. 28.

[8] Oración colecta del jueves después de ceniza.

[9] Oración colecta del martes I de Cuaresma.

[10] Oración colecta del miércoles I de Cuaresma.

[11] Oración colecta del viernes I de Cuaresma.

[12] Oración sobre las ofrendas del miércoles de ceniza.

[13] Oración después de la comunión del martes I de Cuaresma.

[14] Oración sobre el pueblo del lunes II de Cuaresma.

[15] Prefacio III de Cuaresma.

[16] Oración colecta del miércoles I de Cuaresma.

[17] Oración sobre el pueblo del domingo III de Cuaresma.

[18] SAN JUAN PABLO II, Carta encíclica sobre la divina misericordia Dives in misericordia
(30 de noviembre de 1980), núm. 4.

[19] Oración sobre el pueblo del martes V de Cuaresma.

[20] Cf. FRANCISCO, Bula de convocación del Jubileo extraordinario Misericordiæ
vultus (11 de abril de 2015), núm. 5.

[21] SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae, II-II, q. 30, a. 4.

[22] FRANCISCO, Bula de convocación del Jubileo extraordinario Misericordiæ vultus (11 de abril de 2015), núm. 9.

[23] Oración colecta del miércoles I de Cuaresma.

[24] Oración sobre el pueblo del jueves I de Cuaresma.

[25] Oración sobre el pueblo del viernes I de Cuaresma.

[26] Oración sobre el pueblo del sábado II de Cuaresma.

[27] Oración sobre el pueblo del jueves III de Cuaresma.

[28] Oración sobre el pueblo del viernes III de Cuaresma.

[29] Oración sobre el pueblo del miércoles IV de Cuaresma.

[30] Oración colecta del jueves IV de Cuaresma.

[31] Oración colecta del sábado IV de Cuaresma.

[32] Oración sobre el pueblo del domingo V de Cuaresma.

[33] Oración colecta del jueves V de Cuaresma.

[34] Oración después de la comunión del jueves V de Cuaresma y del martes santo.

[35] Cf. Oración de bendición de la ceniza, segunda opción: “quadragesimalis exercitationis studio, peccatorum veniam et novitatem vitæ, ad imaginem Filii tui resurgentis, consequi valeamus”.

[36] Cf. Oración colecta del sábado II de Cuaresma: “tu, quæsumus, in ista qua vivimus nos vita guberna, ut ad illam, in qua ipse es, lucem perducas”.

[37] Oración de bendición de la ceniza, primera opción.

[38] Cf. Oración sobre el pueblo del miércoles de ceniza: “præmia pænitentibus repromissa misericorditer consequi mereantur”.

[39] Oración sobre las ofrendas del martes V de Cuaresma.

[40] Oración sobre el pueblo del miércoles V de Cuaresma.

[41] Oración colecta del martes santo.

[42] Oración sobre el pueblo del martes santo.

[43] Oración sobre las ofrendas del jueves después de ceniza.

[44] Cf. Oración colecta del viernes después de ceniza: “Inchoata pænitentiæ opera, quæsumus, Domine, benigno favore prosequere”.

[45] Oración colecta del lunes I de Cuaresma.

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