Discurso del Santo Padre Francisco a Su Santidad Abune Matías I, Patriarca de la Iglesia Ortodoxa Tawahedo de Etiopía

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Palacio Apostólico Vaticano
Lunes 29 de febrero de 2016

Santidad,
Queridos hermanos en Cristo:

Es una alegría y un momento de gracia poder dar la bienvenida a todos los aquí presentes. Saludo con afecto a Su Santidad y a los ilustres miembros de la delegación. Agradezco las palabras de amistad y cercanía espiritual y a través de los aquí presentes envío mis cordiales saludos a los obispos, al clero y a la entera familia de la Iglesia ortodoxa etíope Tewahedo en todo el mundo. La gracia y la paz de Nuestro Señor Jesucristo esté con todos vosotros.

La visita de Vuestra Santidad refuerza los lazos fraternos que unen ya a nuestras Iglesias. Recordamos con gratitud la visita del patriarca Abuna Paulos a san Juan Pablo II en 1993. El 26 de junio de 2009, Abuna Paulos regresó para encontrarse con Benedicto XVI, que lo invitó a participar en la II Asamblea para África del Sínodo de los Obispos, hablando de la situación del continente africano y los desafíos de los pueblos africanos. En la Iglesia primitiva, era praxis común que una Iglesia enviase a sus representantes al sínodo de las otras Iglesias.  Este sentido de compartir eclesiástico fue muy evidente también en el 2012 en ocasión del funeral de Su Santidad Abuna Paulos, en el cual estuvo presente una delegación de la Santa Sede.

Desde el 2004, la Iglesia católica y las Iglesias ortodoxas orientales han intentado profundizar juntas su comunión a través del diálogo teológico llevado adelante por la Comisión Internacional Conjunta. Sentimos alegría al constatar la creciente participación de la Iglesia ortodoxa etíope Tewahedo en este diálogo. Durante años, la Comisión ha examinado el concepto fundamental de Iglesia comunión, entendida como participación a la comunión entre el Padre, Hijo y Espíritu Santo. De tal manera, hemos descubierto que tenemos casi todo en común: una sola fe, un solo Bautismo, un solo Señor Salvador Jesucristo. Estamos unidos en virtud del Bautismo, que nos ha incorporado al único Cuerpo de Cristo. Estamos unidos gracias a tantos elementos comunes de nuestras tradiciones monásticas y de las prácticas litúrgias. Somos hermanos y hermanas en Cristo. Como ha sido reiteradamente observado, lo que nos une es mucho más de lo que nos separa.

Sentimos ver que para nosotros son verdaderas las palabras del apóstol Pablo: «Si un miembro sufre, todos sufren con él; y si un miembro es honrado, todos se regocijan con el» (1 Cor 12, 26). Los sufrimientos compartidos han hecho que los cristianos, divididos por el contrario en muchos aspectos, se acercasen unos a otros. De la misma manera que el derramamiento de la sangre de los mártires se convirtió en la semilla de nuevos cristianos en la Iglesia primitiva, hoy en día la sangre de tantos mártires de todas las iglesias se convierte en semilla de la unidad de los cristianos. Los mártires y los santos de todas las tradiciones eclesiales ya son uno en Cristo; sus nombres están escritos en el único martyrologium de la Iglesia de Dios. El ecumenismo de los mártires es una invitación a nosotros aquí y ahora a caminar juntos hacia la unidad cada vez más plena.

La vuestra ha sido una Iglesia de mártires desde el principio, y todavía hoy en día es testiga de una violencia devastadora contra los cristianos y otras minorías en Medio Oriente y en algunas partes de África. No podemos dejar de llamar una vez más, a los que tienen en sus manos la suerte política y económica del mundo, a la promoción de una coexistencia pacífica basada en el respeto mutuo y la reconciliación, el perdón mutuo y la solidaridad.

Vuestro país esta realizando grandes esfuerzos para mejorar las condiciones de vida de la población y para construir una sociedad cada vez más justa basada en el Estado de derecho y en el respeto del papel de las mujeres. Recuerdo en particular el problema de la falta de agua, con sus graves consecuencias sociales y económicas. Hay un amplio espacio para la colaboración entre las iglesias en favor del bien común y la salvaguarda de la creación y no dudo de la disponibilidad de la Iglesia católica de Etiopía para trabajar junto con la Iglesia ortodoxa Tewahedo que Vuestra Santidad preside.

Santidad, queridos hermanos, mi ferviente esperanza es que este encuentro dé origen a un nuevo tiempo de amistad fraternal entre nuestras Iglesias. Somos conscientes de que la historia ha dejado una carga de dolorosos malentendidos y de desconfianza, por lo que pedimos el perdón y la cura de Dios. Recemos unos por otros, invocando la protección de los mártires y de los santos sobre todos los fieles confiados a nuestros cuidados pastorales. Que el Espíritu Santo siga iluminándonos y nos guíe hacia la armonía y la paz, fomentando en nosotros la esperanza del día en que, con la ayuda de Dios, estemos unidos en torno al altar del Sacrificio de Cristo, en la plenitud de la comunión eucarística. Rezo a María, Madre de Misericordia, por cada uno de vosotros, con palabras tomadas de vuestra bella y rica tradición litúrgica: “Oh Virgen, manantial de la fuente de la sabiduría, riégame con el torrente del evangelio de Cristo, Hijo tuyo, y defiéndeme con su cruz. Cúbreme con su misericordia, cíñeme con su clemencia, revitalízame con sus ungüentos, circúndame con sus frutos. Amén”.

Santidad, pueda Dios Omnipotente bendecir abundantemente su ministerio al servicio del querido pueblo de la Iglesia ortodoxa etíope Tewahedo.

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