Reflexión para el Viernes Santo en la Pasión del Señor

Viernes 25 de marzo de 2016

canizareslloveraantonioNuestras miradas se dirigen a la Cruz, “al que traspasaron por nuestros delitos”, al corazón atravesado del Redentor, en quien “están ocultos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia” (Col 2, 3) y “reside corporalmente la plenitud de la divinidad”. En la pasión y en la Cruz de Cristo se condensa la historia larga y dramática de las infidelidades de los hombres al designio divino; la pasión nos lleva a meditar el gran misterio del mal y del pecado que oprimen a la humanidad a lo largo de su historia -no menos hoy, al contrario-. Pero los sufrimientos de Cristo expían este mal, tantísimo mal; por la Cruz resplandece, en la oscuridad de la historia humana y en nuestros días, la victoria y la luz de un Amor, el de Dios, que es más fuerte que el pecado del hombre, que la muerte o que el “príncipe de la mentira” que ha instigado tanto mal y ha anegado el mundo de ese mal. Es verdad, la cruz de Cristo revela “la anchura y la longitud, la altura y la profundidad” -las dimensiones cósmicas y de la totalidad de la historia, ése es su sentido-, de un amor que supera todo conocimiento – el amor va más allá de todo cuanto se conoce- y nos “llena hasta la total plenitud de Dios” (Cf Ef. 3, 18-19).

En la Cruz, es cierto, contemplamos y palpamos el amor sin medida de Dios, no menos cierto es que también, a su luz, contemplamos la gravedad y la tragedia de nuestros pecados. ¿Quién nos podrá librar de la iniquidad que pesa sobre nosotros? ¿Quién podrá salvarnos de nuestro pecado? Sólo uno puede salvarnos, sólo el amor y el poder de Dios pueden arrancarnos de las raíces de la culpa y de la muerte; sólo el Hijo de Dios, “Cristo, que ha muerto por nuestros pecados”, según las Escrituras. Sí, hermanos, esta es la Buena Nueva que escucha el hombre, tú y yo, necesitado de redención: Dios no nos ha abandonado al poder de la muerte sino que compadecido, ha tendido la mano a todos. En el hecho de la Cruz de Cristo se ha operado un giro decisivo en la historia de los hombres; ha comenzado el tiempo del perdón, es decir, de la compasión y de la misericordia, de la salvación.

Dios, en efecto, entregó a su propio Hijo por todos nosotros para que “fuésemos reconciliados con El por su muerte” en cruz. El nos ha liberado de nuestra conducta necia y pecadora que hemos heredado y hecho nuestra; El nos ha rescatado, “no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo”. ¡Qué precio tan caro ha tenido que pagar por nosotros Dios: su propia sangre, pues la sangre de Cristo es la misma sangre de Dios. Cristo, por nosotros, se sometió a la muerte y una muerte tan cruel e ignominiosa como la de la cruz; por todos los hombres, con quienes se solidarizó en la muerte, cargando con la maldición del pecado; por todos nosotros que con nuestras malas acciones le hemos hecho sufrir el suplicio de la Cruz: por todos, sin excepción alguna, por tí y por mí, ha muerto Jesús clavado en el madero; por todos, puesto que no hay, ni hubo, ni habrá hombre alguno por quien no haya padecido Cristo.

La cruz, la muerte fruto del pecado, no tiene su última palabra: la última palabra la tiene Dios que, en la Cruz de la que cuelga Cristo, su Hijo, ha bajado hasta el abismo de la nada con su amor entregado por nosotros. Y ese amor lo ha invadido todo, y lo ha llenado todo, y así hasta la misma nada y el vacío quedan absorbidos en la plenitud del amor de Dios que nos arranca de los límites de la nada y del vacío de la muerte. Y ahí mismo, en lo que a los ojos del mundo es el fracaso humano de la Cruz, se ha dado ya el triunfo del poder de Dios que es su amor, y la Vida que triunfa sobre la muerte. ¡Victoria, tú reinarás, oh Cruz tú nos salvarás! Adoremos hermanos a nuestro redentor que por nosotros y por todos los hombres quiso morir y ser sepultado para resucitar de entre los muertos y supliquémosle, llenos de confianza y abiertos a la esperanza: ¡Señor, ten piedad!¡Señor, escucha y ten piedad!

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✠ Antonio, Card. Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia


Liturgia de la Palabra

Para profundizar con el Catecismo de la Iglesia Católica (CEC), según las indicaciones del Directorio homilético:

CEC 602-618. 1992: la Pasión de Cristo
CEC 612, 2606, 2741: la oración de Jesús
CEC 467, 540, 1137: Cristo, el Sumo Sacerdote
CEC 2825: La obediencia de Cristo y la nuestra

pasion

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