Homilía de Mons. D. Gerardo Melgar Viciosa en la toma de posesión como obispo de Ciudad Real

melgar21052016

Mons. D. Garardo MELGAR VICIOSA
Obispo de Ciudad Real
Prior de las Órdenes Militares de Santiago, Calatrava, Alcántara y Montesa

S.I. Catedral Basílica de Santa María del Prado, Ciudad Real
Sábado 21 de mayo de 2016

Queridos hermanos:

La sencillez de los niños y la conciencia y el convencimiento personal de la necesidad de Dios en nuestra vida, son dos condiciones importantes para que el Señor escuche nuestra oración. Lo acabamos de escuchar en la Palabra de Dios que hemos proclamado.

Saludo al Sr. Nuncio de Su Santidad el Papa Francisco en España; al tiempo que le pido haga llegar al Santo Padre mi gratitud por la confianza depositada en mi persona al confiarme el pastoreo de esta Diócesis de Ciudad Real. Exprésele mi sincera comunión, afectiva y efectiva.

Saludo, con todo mi afecto, al Sr. Cardenal D. Ricardo Blázquez Pérez, Arzobispo de Valladolid y Presidente de la Conferencia Episcopal Española, así como al Sr. Cardenal Antonio María Rouco.

Saludo, con cariño y agradecimiento, a mi predecesor en esta Sede de Ciudad Real, D. Antonio Algora, por su entrega generosa y sacrificada durante los trece años que ha estado como Obispo en ella, lo mismo que al Obispo predecesor de ambos, Mons. Rafael Torija.

Un saludo lleno de gratitud a los hermanos arzobispos y obispos que con su presencia hoy, aquí, han querido hacer bien visible la fraternidad episcopal; de modo particular, y con una cercanía especial a los obispos de las Diócesis de esta provincia eclesiástica: al Sr. Arzobispo de Toledo y a los obispos de las diócesis de Sigüenza-Guadalajara, Cuenca y Albacete.

Saludo a todos los sacerdotes de esta Diócesis de Ciudad Real, en especial al Cabildo de la Catedral. Todos sois mis más inmediatos y entrañables colaboradores en la tarea evangelizadora y misionera que hemos de llevar adelante.

A todos los religiosos y laicos. Juntos, llevaremos adelante una verdadera evangelización corresponsable y de participación, cada uno desde su misión y carisma.

A los seminaristas, a los que llevo muy dentro de mi corazón y de los que quiero estar cerca en todo momento, alentando su vocación y su formación.

A las religiosas de vida contemplativa: cuento con vosotras y con algo tan valioso como vuestra oración.

A los jóvenes, que siempre seréis una preocupación prioritaria en mis desvelos de Pastor.

A las familias, iglesias domésticas y lugares privilegiados en donde nace, crece y madura la fe.

A los enfermos y a cuantos, por estar postrados en el lecho del dolor, no estáis en este momento presentes aquí físicamente, aunque sí con el corazón y la oración.

Un saludo especial a los caballeros de las Órdenes Militares, a las autoridades políticas, judiciales, académicas y militares, de los ámbitos nacional, autonómico, provincial y local, a quienes ofrezco ya desde ahora respeto, diálogo y leal colaboración.

Saludo también a mi familia, que me acompaña en este momento, y a todos cuan-tos habéis venido de Soria y de Palencia: sacerdotes, religiosos y laicos. Gracias por vuestra presencia, por vuestra oración y vuestro ánimo.

Un saludo muy cordial y entrañable a todos los diocesanos de Ciudad Real: a los que hoy estáis presentes en la Catedral en esta Eucaristía de «Toma de Posesión» y a todos los que no habéis podido venir. Para todos quiero ser un auténtico Padre y Pastor, a imagen de Jesucristo.

La palabra de Dios que acabamos de escuchar, nos habla de dos realidades importantes para nuestra vida como cristianos: la necesidad de tener un corazón de niño y la importancia de la oración que pide también sentirnos con corazón de niños para sentir necesidad de protección y confiar al Señor todas nuestras dificultades.

La actitud de los niños para Jesús es el contrapunto de la actitud de los fariseos de intenciones retorcidas y gestos arrogantes.

Los niños son diáfanos en su mirada y en su corazón, porque no tienen nada que esconder. Por eso, para Jesús no solo son objeto de atención y de cariño, sino modelo que imitar por cuantos quieran seguir, de verdad, el camino y la vida cristiana y participar en el Reino de Dios, porque ellos se abren, se confían y se abandonan por completo en la benevolencia divina.

El Apóstol Santiago, en su carta, subraya la importancia de la oración en medio de las necesidades de la comunidad, donde se comparte la vida, el dolor y el sufrimiento. La fe encuentra en la oración una expresión extraordinaria, tanto en la personal, como en la intercesión por los demás y en la constancia en la oración.

La oración es capaz de curar y salvar, de levantar y resucitar al hermano, y de perdonar los pecados. Ante Dios, todos los hombres somos mediadores de los demás. La oración confiada expresa la comunión de los hombres entre sí y con Dios.

La oración y la sencillez y confianza de los niños, son dos realidades que se complementan. Nuestra relación con Dios requiere de esa sencillez y necesidad de protección de los niños; saber recurrir a Él con un corazón transparente, diáfano, sin doble-ces, que se muestra necesitado de ayuda; que no tiene nada que esconder y que se muestra tal cual es.

Así debe ser nuestra oración y nuestra actitud ante el Señor: como la que brota del corazón del niño, sincero, confiado, transparente y necesitado de ayuda. Así, Dios atenderá nuestras peticiones y socorrerá nuestras necesidades.

Así, debe ser también, nuestro seguimiento a Jesucristo, con autenticidad, sin dobleces, sin dejarnos contaminar por lo que nos rodea. Hemos de buscar y recibir el Reino de Dios con corazón de niño.

Queridos diocesanos de Ciudad Real:

Me presento como vuestro Obispo, con la sencillez y la transparencia de un niño, con la ilusión de ser entre vosotros Padre y Pastor, que, estando en medio de vosotros, formemos el Pueblo santo de Dios y os pueda conocer, amar y cuidar.

Vengo necesitado de la ayuda de Dios, y de la de todos vosotros. Necesitado de que, desde el primer momento, pidáis al Señor por mí, para que realmente pueda, desde ese caminar en medio de vosotros, conocer vuestros problemas e iluminarlos desde el evangelio.

Unas veces será yendo el primero, abriendo camino, orientando y señalándoos la dirección a seguir, como el Buen Pastor que va delante de las ovejas.

Otras, estando en medio de vosotros compartiendo vuestras ilusiones y proyectos, cansancios y trabajos.

Y otras, yendo detrás, animando a los rezagados, ofreciendo una palabra de ánimo a los cansados y agobiados y estando atento al buen olfato del Pueblo de Dios para en-contrar nuevos caminos.

Todos somos conscientes de una realidad que ha ido surgiendo en los últimos decenios: el hombre actual es un hombre nuevo, que valora unos aspectos de la vida y se queda indiferente ante otros, que lucha por unas metas determinadas y olvida otras que, tal vez, son más importantes para su realización personal humana y cristiana.

Ante esta realidad de un hombre nuevo, nosotros, como Iglesia Diocesana, tenemos que renovarnos, sabiendo presentar el verdadero rostro de Dios de forma creativa y significativa, para que llame la atención a ese hombre nuevo y lo lleve a encontrarse con el Señor.

Hemos de ofrecer nuevos caminos de reencuentro con el Señor. Propuestas y lenguaje que provoquen el interés, para los que son indiferentes al Evangelio; de tal manera, que puedan descubrir al Señor y, su fe en Él y en su mensaje, sea el verdadero ca-mino que llena su alma y da sentido a sus vidas.

Hoy no podemos actuar en solitario, como francotiradores en la evangelización. La situación actual de la fe de nuestra gente pide y reclama una evangelización mucho más comunitaria, coordinada, colegial, corresponsable, en la que nos impliquemos to-dos: sacerdotes, religiosos y laicos y, juntos, asumamos y desarrollemos la parte que le corresponde a cada uno en la tarea evangelizadora.

Hoy no sirve quedarnos esperando a que vengan los que están lejos. El Papa nos lo repite con insistencia. Hemos de lograr una Iglesia, una diócesis y unas parroquias en salida, a imitación del buen Pastor, que va a buscar la oveja perdida «hasta que la encuentra», y hacerlo con gozo y alegría, sin miedo a las dificultades.

Hemos de cuidar a los que tenemos cerca y dentro, ayudándoles a seguir maduran-do y a vivir su fe en toda su exigencia; pero sin olvidar que hay otros muchos que no vienen y que tenemos que salir a buscar, porque hemos sido enviados a anunciar el Evangelio a todos.

La infravaloración de la fe en nuestra sociedad actual pide de los evangelizadores, de todos –sacerdotes, religiosos y laicos–, la vivencia y promoción de una pastoral auténticamente misionera, que anime a los que creen; a vivir cada día, más plenamente su fe; que vuelva a proponer el evangelio y la fe a los que creyeron pero hoy son indiferentes, y que haga el primer anuncio a los que nunca han creído porque nadie les ha presentado la persona de Jesús y su mensaje salvador, como una persona y un mensaje atrayente y que da sentido a las más importantes aspiraciones y anhelos humanos.

Hoy se nos pide a todos que cuidemos y prestemos una atención prioritaria y principal a aquellas realidades y a aquellos sectores, que, por su importancia y misión, tienen una especial incidencia en otros aspectos y en otras personas. Entre estas realidades está la familia, como la más importante. Nuestras familias se han descristianizado y tienen que recuperar su identidad cristiana y misión.

Todos somos conscientes de que lo que se vive en la familia, lo mismo como personas que como cristianos, no se olvida nunca y marca a las personas para siempre. Por eso, la evangelización de la familia es algo realmente urgente. Sin ella, nuestro trabajo evangelizador con niños, adolescentes y jóvenes puede resultar poco efectivo y de me-nos calado, porque no tiene unas raíces creyentes familiares, ni tiene tampoco una animación, un apoyo y un acompañamiento posterior.

Como repite insistentemente el papa Francisco en la exhortación Amoris laetitia, hemos de ser capaces de discernir dónde se encuentra cada una de nuestras familias, para integrarlas en nuestra evangelización misionera y acompañarlas para que puedan avanzar hacia la realización del plan de Dios sobre ellas.

Esta evangelización misionera hemos de hacerla desde una fraternidad plena entre los evangelizadores, y desde la unidad de todos. Nuestra credibilidad como cristianos y por lo mismo, como evangelizadores, será realmente auténtica si los demás, especialmente los que no creen o son indiferentes, ven en nosotros aquella actitud que contemplaban en la primitiva comunidad cristiana y que les hacía exclamar: «mirad como se aman».

Yo no traigo una programación concreta. Asumo el programa y el momento evangelizador en el que se encuentra la Diócesis. Sí tengo el gran convencimiento de que sea la programación que sea, debemos hacer realidad en ella estas claves evangelizadoras y misioneras fundamentales.

No quiero terminar sin agradecer nuevamente al papa Francisco su confianza al encomendarme el cuidado y pastoreo de esta Diócesis; agradecer a D. Antonio Algora su entrega pastoral en estos trece años que ha presidido en la unidad y en el amor a es-ta Iglesia de Ciudad Real; gracias también a D. Rafael Torija por su dedicación y entrega a esta Diócesis los muchos años que estuvo pastoreándola.

Gracias a todos vosotros –sacerdotes, religiosos y laicos–. Gracias a los movimientos y grupos eclesiales de esta, mi Diócesis, por vuestra acogida y cariño y deciros una vez más, que cuento con todos vosotros para llevar adelante la tarea evangelizadora y mi-sionera que el Señor nos ha confiado a todos.

Pongo mi pastoreo bajo la protección de la Virgen del Prado, Patrona de Ciudad Real capital; de Santo Tomás de Villanueva, patrono de la Diócesis; de San Juan de Ávila, patrono del clero secular y natural de Almodóvar del Campo; y, también, con la intercesión del Beato mártir Narciso Estenaga.

Que ellos, nos asistan con su intercesión para lograr hacer de nuestra Diócesis una Iglesia evangelizada, evangelizadora y comprometida con los más necesitados y en un diálogo abierto con todos. Que así sea.

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