Reflexión para la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo (C)

Domingo 29 de mayo de 2016

fernandezgonzalezdemetrioLa celebración del Corpus Christi quiere ser como una prolongación de aquella procesión con el Santísimo Sacramento, que el Jueves Santo realizamos al terminar la Cena del Señor. Quedamos asombrados de este admirable misterio, cuando Jesús en la última Cena con sus apóstoles instituyó la Eucaristía.

¡Qué invento más admirable! Jesús vive en el cielo junto a su Padre con el Espíritu Santo, con María Santísima y todos los santos. Y al mismo tiempo está tan cerca de nosotros que hasta lo podemos tocar, en el Sacramento del Altar, en la Eucaristía. Qué gran compañía, qué buen amigo, y al mismo tiempo cómo no adorarlo postrándonos ante él, porque él es Dios.

En esta fiesta quisiéramos decirle todo nuestro amor, nuestra gratitud por esta condescendencia con nosotros, la de quedarse para ser cercanía y alimento de nuestras almas. El pan que llevamos ante el altar se convierte, por la acción del Espíritu Santo y por el ministerio del sacerdote, en el Cuerpo de Cristo. El vino se convierte en su Sangre. Cuerpo entregado y Sangre derramada para perdón de los pecados y para nuestra redención. El sacrificio del Calvario, en el que Cristo se ha ofrecido por la multitud, se actualiza todas las veces que celebramos la Santa Misa. Pero además, su presencia es presencia del Resucitado, del que ha vencido la muerte y nos hace partícipes de su victoria. De esta manera cumple su promesa: “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos” (Mt 28,20), así termina el evangelio de san Mateo. Y qué presencia!

En todas las parroquias y oratorios es agradecida esta presencia por medio de la adoración eucarística. No nos cansemos de acudir ante Jesús Sacramentado. Él está cerca de nosotros con su presencia corporal y nosotros debemos corresponder con la misma moneda, con nuestra presencia corporal. Por eso, vamos a donde él está eucarísticamente presente, corporalmente presente. Valoremos esta presencia correspondiendo con la nuestra.

La Eucaristía se nos da a través de los signos sacramentales, que son el pan y el vino comestibles. “Tomad y comed,… tomad y bebed” (Mt 26,26). Es decir, Jesús nos invita al banquete en el que nos sentamos a su mesa para compartir la comida y la bebida. En este caso, la comida y la bebida es él mismo en persona, que se nos da como alimento de vida eterna. “Oveja perdida ven, que hoy no sólo tu pastor soy, sino tu pasto también” (cordobés Luis de Góngora). Comer el mismo pan nos hermana unos con otros. Si comemos el mismo Cuerpo de Cristo, no podemos seguir desunidos, sino que al comerlo nos unimos a él y entre nosotros. Y él nos comunica sus actitudes de fraternidad y de servicio. En la última Cena, se despojó de sus vestiduras y se puso a lavar los pies a sus apóstoles, dejándonos el mandamiento nuevo de amarnos unos a otros como él nos ha amado, es decir, en actitud de servicio hasta darla vida por los hermanos.

Adoremos, comamos, sirvamos. Adoremos al Señor, porque es Dios. Comamos de este alimento de vida eterna. Sirvamos a nuestros hermanos con el amor de Cristo. Al acompañar a Cristo en su procesión del Corpus, se ensanche nuestro corazón para que quepan todos aquellos a quienes él ama.

demetrio_fernandez_firmaDemetrio Fernández González
Obispo de Córdoba


Liturgia de la Palabra

Para profundizar con el Catecismo de la Iglesia Católica (CEC), según las indicaciones del Directorio homilético:

CEC 790, 1003, 1322-1419: la Sagrada Eucaristía
CEC 805, 950, 2181-2182, 2637, 2845: la Eucaristía y la comunión de los creyentes
CEC 1212, 1275, 1436, 2837: la Eucaristía, pan espiritual

19 Corpus Christi

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