La custodia habitada

Adoracion custodia

8 de junio de 2016.- Adorar es alabar y exaltar solamente a Dios; es reconocer, con absoluto respeto, la sumisión de la criatura a su Creador. Adoradores nocturnos son esos creyentes que se juntan, en tantos lugares del orbe, para rendir culto a la Eucaristía durante la noche. Es un misterio de fe creer en la presencia, real y permanente, de Jesucristo en el pan consagrado en misa, en esa fina masa de harina y agua, recortada en pequeños círculos blancos. La oblea de la patena, una vez transubstanciada, es el cuerpo de Cristo que comulgamos.

La Adoración Nocturna, asociación de fieles fundada en París en 1848 por H. Cohen, la estableció en España en 1877 Luis de Trelles. La primera adoración de la sección de Jaca fue en la noche del 17 al 18 de junio de 1916, hace un siglo. Es providencial que, tan feliz centenario, coincida con la gozosa celebración del Año Jubilar de la Misericordia. Hace cien años, aquel grupo adorador presidido por Dionisio Irigoyen, inauguró en Jaca un período de bendiciones y gracias que continúa en nuestros días. Mi padre conoció aquellas vigilias de antes, las masculinas independientes de las femeninas, con muchos rezos y cantos en latín, con más asistentes que ahora y largos turnos de vela.

Hoy, lo esencial permanece. Actualmente nos reunimos en Jaca, una noche al mes, en la iglesia de Santiago para adorar al Santísimo Sacramento. Mientras se prepara su exposición, se coloca sobre el altar la custodia. Este objeto litúrgico, en ese momento tiene vacío su centro, enmarcado por un aro, un hueco reservado que llenará la sagrada forma. Siempre me impresiona cuando el sacerdote, con recogimiento, abre el sagrario y toma en sus manos el viril, el estuche redondo que protege entre cristales el pan eucarístico. Arrodillados observamos cómo lo ajusta en medio de la custodia, cuyos destellos metálicos, desde ese instante, palidecen por el brillo sin par de quien ya la habita: el Señor. No estamos postrados ante una imagen o un símbolo. No nos hallamos delante de algo, sino en presencia de alguien, de una persona, la segunda de la Trinidad: Jesucristo.

En este encuentro personal, en la calma de la noche y con paz interior, nos acercamos a Dios y nos alejamos de las idolatrías del mundo. Es tiempo de contemplación, de incienso, de escucha de las revelaciones del silencio, de cirios encendidos, de intimidad, de oración…

Acabada la vigilia, uno sale deseando invitar a la siguiente a otros; para que crezca en Jaca la devoción a Jesús Sacramentado y prospere la Adoración Nocturna. Luego uno recibe la luz del sol, purificado y fortalecido espiritualmente, con el corazón entrenado para querer a todos con el cariño de los buenos hermanos. Porque el mismo habitante de la custodia, el Amor de los amores, también vive en mi prójimo.

Javier Belsué Martín

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