Palabras del Santo Padre Francisco al rezo del Ángelus Domini (03.07.2016)

fran_angelus

Domingo 3 de julio de 2016

Queridos hermanos y hermanas:

En la página evangélica del día de hoy, en el capítulo décimo del Evangelio de lucas (vv. 1-12.17-20), nos hace entender cuánta necesidad tenemos de invocar a Dios, «al dueño de la mies que envíe obreros a su mies» (v. 2). Los operarios de los cuales habla Jesús son los misioneros del Reino de Dios, que Él mismo llamaba y enviaba «de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él» (v. 1). Su taera era anunciar un mensaje de salvación dirigido a todos, diciendo: «El reino de Dios ha llegado a vosotros» (v. 9). De hecho Jesús ha ‘acercado’ Dios a nosotros, Dios reina en medio de nosotros, su amor misericordioso vence el pecado y la miseria humana.

Esta es la Buena Noticia que los ‘operarios’ tienen que llevar a todos: un mensaje de esperanza y de consolación, de paz y de caridad. Jesús, cuando envía a sus discípulos delante de él en los pueblos les recomienda: «Decid primero: “Paz a esta casa”. (…) curad a los enfermos que haya en ella» (vv. 5.9). Todo esto significa que el Reino de Dios se construye día a día y ofrece ya en esta tierra sus frutos de conversión, de purificación, de amor y de consolación entre los hombres. Construir día tras día este Reino de Dios que se va haciendo. No destruir, construir.

¿Con qué espíritu el discípulo de Jesús deberá desarrollar esta misión? Ante todo, deberá tener conciencia de la realidad difícil y a veces hostil que le espera. Jesús no ahorra palabras sobre esto.  Jesús dice: «Mirad que os envío como corderos en medio de lobos» (v. 3). Clarísimo. La hostilidad que está siempre desde el comienzo de las persecuciones de los cristianos, porque Jesús sabe que la misión está obstaculizada por la obra del maligno. Por ello, el obrero del Evangelio se esforzará en estar libre de condicionamientos humanos de todo tipo, no llevando ni dinero, ni alforja, ni calzado (cfr 4), como ha recomendado Jesús, para confiar sólo en el poder de la Cruz de Cristo. Ello significa abandonar todo motivo de vanagloria personal, de arribismo, de fama,  de poder, y ser instrumentos humildes de la salvación obrada por el sacrificio de Jesús.

La misión del cristiano en el mundo es una misión estupenda, es una misión destinada a todos, una misión de servicio sin excluir a nadie; requiere tanta generosidad y sobre todo elevar la mirada y el corazón, para invocar la ayuda del Señor. Hay tanta necesidad de cristianos que testimonien con alegría el Evangelio en la vida de cada día. Los discípulos enviados por Jesús «volvieron con alegría» (v. 17). Cuando hacemos esto, el corazón se llena de alegría. Y esta expresión me hace pensar en cómo se alegra la Iglesia, se alegra cuando sus hijos reciben la Buena Noticia gracias a la dedición de tantos hombres y mujeres que cotidianamente anuncian el Evangelio: sacerdotes, esos párrocos buenos que todos conocemos, religiosas, consagradas, misioneras, misioneros, y me pregunto, escuchen la pregunta: ¿cuántos de vosotros, jóvenes, que ahora estáis presentes, hoy, en la plaza, percibís la llamada del Señor a seguirlo?  ¡No tengáis miedo! Sed valientes y llevad a los otros esta antorcha del celo apostólico que nos ha sido dada por estos ejemplares discípulos.

Roguemos al Señor, por intercesión de la Virgen María, para que no falten nunca a la Iglesia corazones generosos, que trabajen para llevar a todos el amor y la ternura del Padre celeste.

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