Palabras del Santo Padre al rezo del Ángelus Domini (24.07.2016)

fran_angelus

Domingo 24 de julio de 2016

Queridos hermanos y hermanas:

El Evangelio de este domingo (Lc 11,1-13) se abre con la escena de Jesús rezando, solo, apartado; cuando termina los discípulos le piden: «Señor, enséñanos a orar» (v. 1); y Él responde: «Cuando oren, digan: Padre…» (v. 2). Esta palabra es el “secreto” de la oración de Jesús, es la llave que Él mismo nos da, para que podamos entrar también nosotros en esa relación de diálogo confidencial con el Padre, que ha acompañado y sostenido toda su vida.

Con el apelativo “Padre”, Jesús asocia dos peticiones: «Padre, santificado sea tu Nombre, que venga tu Reino» (v. 2). La oración de Jesús, y por lo tanto la oración cristiana, es ante todo hacer lugar a Dios, dejándole que manifieste su santidad en nosotros y haciendo avanzar su reino, a partir de la posibilidad de ejercer su señorío de amor en nuestras vidas.

Otras tres peticiones completan esta oración que Jesús nos enseña, el “Padre Nuestro”. Son tres preguntas que expresan nuestras necesidades fundamentales: el pan, el perdón y la ayuda en las tentaciones (cf. vv 3-4.). No se puede vivir sin pan, no se puede vivir sin perdón, y no se puede vivir sin la ayuda de Dios en las tentaciones. El pan que Jesús nos hace pedir es aquel necesario, no el superfluo; es el pan de los peregrinos, el justo, un pan que no se acumula y no se desperdicia, que no sobrecarga nuestra marcha. El perdónes, ante todo, aquel que nosotros mismos recibimos de Dios: solamente la conciencia de ser pecadores perdonados por la infinita misericordia divina puede hacernos capaces de cumplir gestos concretos de reconciliación fraterna. Si una persona no se siente pecador perdonado, no podrá nunca hacer un gesto de perdón o de reconciliación. Se inicia en el corazón, en donde nos sentimos pecadores perdonados. La última petición, «no nos dejes caer en la tentación», expresa la conciencia de nuestra condición, siempre expuesta a las insidias del mal y de la corrupción. ¡Todos sabemos lo que es una tentación!

La enseñanza de Jesús sobre la oración continúa con dos parábolas con las que Él toma como modelo la actitud de un amigo con otro amigo, y la de un padre con su hijo (cf. vv. 5-12). Ambas nos quieren enseñar a tener plena confianza en Dios, que es Padre. Él conoce mejor que nosotros mismos nuestras necesidades, pero quiere que se las presentemos con audacia e insistencia, porque esa es la forma en que participamos en su obra de salvación. ¡La oración es la primera y principal “herramienta de trabajo” en nuestras manos! Insistir con Dios no sirve para convencerlo, sino para fortalecer nuestra fe y nuestra paciencia, es decir, nuestra capacidad de luchar junto a Dios por las cosas que son realmente importantes y necesarias. En la oración, somos dos: Dios y yo, que luchamos juntos por las cosas importantes.

Entre ellas, hay una, la gran cosa importante que Jesús nos dice hoy en el Evangelio, pero que casi nunca le pedimos, y es el Espíritu Santo. ¡Dóname el Espiritu Santo!. Y Jesús lo dice: «Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan». (V. 13). ¡El Espíritu Santo! Debemos pedir que el Espíritu Santo venga a nosotros. Pero, ¿para qué sirve el Espíritu Santo? Sirve para vivir bien, para vivir con sabiduría y amor, haciendo la voluntad de Dios. Que bella oración sería, en esta semana, que cada uno de nosotros pidiese al Padre: “Padre, ¡dame el Espíritu Santo!”. La Virgen nos lo demuestra con su existencia, completamente animada  por el Espíritu de Dios. Que ella nos ayude a orar al Padre unidos a Jesús, para vivir no en manera mundana, sino según el Evangelio, guiados por el Espíritu Santo.


En estas horas nuestro ánimo se sacude una vez más por las tristes noticias relativas a deplorables actos de terrorismo y de violencia, que han causado dolor y muerte. Pienso en los dramáticos acontecimientos de Múnich en Alemania y de Kabul en Afganistán, donde han perdido la vida numerosas personas inocentes.

Estoy cerca de las familias de las víctimas y de los heridos. Los invito a unirse a mi oración para que el Señor inspire a todos propósitos de bien y fraternidad. Cuanto más insuperables parecen las dificultades y oscuras las perspectivas de paz y seguridad, aún más insistente debe nuestra oración.

Queridos hermanos y hermanas:

En estos días muchos jóvenes de todo el mundo se están encaminando hacia Cracovia, donde tendrá lugar la trigésimo primera Jornada Mundial de la Juventud. Yo también partiré el próximo miércoles, para encontrar a estos chicos y chicas, y para celebrar con ellos y por ellos el Jubileo de la Misericordia, con la intercesión de San Juan Pablo II. Les pido que nos acompañen con la oración. Desde ahora saludo y agradezco a los que están trabajando para recibir a los jóvenes peregrinos, con numerosos obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, laicos. Un pensamiento especial dirijo a los muchos jóvenes coetáneos que, no pudiendo estar presentes en persona, seguirán el evento a través de los medios de comunicación. ¡Estaremos todos unidos en la oración!

Y ahora los saludo, queridos peregrinos de Italia y de otros países. En particular, a los de São Paulo y di São João de Boa Vista en Brasil; el Coro “Giuseppe Denti” de Cremona y a los participantes en la peregrinación en bicicleta desde Piumazzo a Roma, enriquecida por el compromiso de la solidaridad. Saludos a los jóvenes de Valperga y Pertusio Canavese, Turín: continuad a probar y a vivir mediocremente, como han escrito en su camiseta.

Les deseo a todos un buen domingo. Y por favor no se olviden de rezar por mí.

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