Visita del Santo Padre Francisco a la Basílica de Santa María de los Ángeles de Asís, 04.08.2016

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A las 15 horas de esta tarde, el Santo Padre Francisco ha partido en helicóptero desde el helipuerto vaticano para dirigirse a Santa María de los Ángeles de Asís, para conmemorar el VIII Centenario del Perdón de Asís.

Al aterrizar el helicóptero, en el campo deportivo “Migaghelli” de Santa María de los Ángeles, el Papa ha sido recibido por S.E. Mons. Domenico Sorrentino, arzobispo-obispo de Asís-Nocera Umbra-Gualdo Tadino; el Sr. Catiuscia Marini, presidente de la Región Umbría; el Sr. Raffaele Cannizzaro, prefecto de Perugia y la Sra. Stefania Proietti, alcaldesa de Asís.

En auto el Papa se ha dirigido a la Basílica de Santa María de los Ángeles, donde ha sido recibido por el Ministro de la Orden Franciscana de los Hermanos Menores, P. Michael Anthony Perry; por el Ministro Provincial, P. Claudio Durighetto, y por el Custodio de la Porciúncula, P. Rosario Gugliotta.

El Papa Francisco ha permanecido en oración durante un largo rato en la Porciúncula y, después, en la Basílica ha dirigido a los fieles una meditación sobre el pasaje evangélico de Mateo 18, 21-35, al término de la cual ha exhortado a los obispos y sacerdotes presentes a estar en disposición para administrar el Sacramento de la Reconciliación, y él mismo ha permanecido en un confesionario aproximadamente una hora, confesando a 19 personas: un hermano franciscano, dos sacerdotes, cuatro scout, una señora en silla de ruedas y once voluntarios del servicio de la Basílica.

Al término, el Santo Padre ha saludado a los obispos presente, a los Superiores Generales de la Orden Franciscana y al Imán de Perugia, Abdel Qader Mohammad. Antes de abandonar la Basílica ha dejado un regalo con las cuatro Puertas Santas de las cuatro Basílicas Papales de Roma.

Después, el Papa ha visitado la enfermería del monasterio donde se encontró con una docena de religiosos enfermos, con sus asistentes. Por último, se ha dirigido a la explanada de la Basílica y dirigió unas palabras de saludo a los fieles congregados en la plaza.

Terminada la visita, el Papa partió en helicóptero desde el campo deportivo “Migaghelli” de Santa María de los Ángeles para volver al Vaticano, donde llegó a las 19.05 horas.

Ofrecemos a continuación el texto de la Meditación del Santo Padre Francisco en la Basílica de Santa María de los Ángeles y el saludo final a los fieles en la explanada:

Meditación del Santo Padre:
[Texto original: italiano, traducción oficial]

Quisiera recordar hoy, queridos hermanos y hermanas, ante todo, las palabras que, según la antigua tradición, san Francisco pronunció justamente aquí ante todo el pueblo y los obispos: «Quiero enviaros a todos al paraíso». ¿Qué cosa más hermosa podía pedir el Poverello de Asís, sino el don de la salvación, de la vida eterna con Dios y de la alegría sin fin, que Jesús obtuvo para nosotros con su muerte y resurrección?

El paraíso, después de todo, ¿qué es sino el misterio de amor que nos une por siempre con Dios para contemplarlo sin fin? La Iglesia profesa desde siempre esta fe cuando dice creer en la comunión de los santos. Jamás estamos solos cuando vivimos la fe; nos hacen compañía los santos y los beatos, y también las personas queridas que han vivido con sencillez y alegría la fe, y la han testimoniado con su vida. Hay un nexo invisible, pero no por eso menos real, que nos hace ser «un solo cuerpo», en virtud del único Bautismo recibido, animados por «un solo Espíritu» (cf. Ef 4,4). Quizás san Francisco, cuando pedía al Papa Honorio III la gracia de la indulgencia para quienes venían a la Porciúncula, pensaba en estas palabras de Jesús a sus discípulos: «En la casa de mi Padre hay muchas estancias; si no fuera así, ¿os habría dicho que voy a prepararos sitio? Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros» (Jn 14,2-3).

La vía maestra es ciertamente la del perdón, que se debe recorrer para lograr ese puesto en el paraíso. Es difícil perdonar. Cuanto nos cuesta perdonar a los demás. Pensémoslo un momento. Y aquí, en la Porciúncula, todo habla de perdón. Qué gran regalo nos ha hecho el Señor enseñándonos a perdonar – o, al menos, tener la voluntad de perdonar – para experimentar en carne propia la misericordia del Padre. Hemos escuchado la parábola con la que Jesús nos enseña a perdonar (cf. Mt 18,21-35). ¿Por qué debemos perdonar a una persona que nos ha hecho mal? Porque nosotros somos los primeros que hemos sido perdonados, e infinitamente más. No hay ninguno entre nosotros, que no ha sido perdonado. Piense cada uno… pensemos en silencio las cosas malas que hemos hecho y como el Señor nos ha perdonado. La parábola nos dice justamente esto: como Dios nos perdona, así también nosotros debemos perdonar a quien nos hace mal. Es la caricia del perdón. El corazón que perdona. El corazón que perdona acaricia. Tal lejos de aquel gesto: «me lo pagaras». El perdón es otra cosa. Exactamente como en la oración que Jesús nos enseñó, el Padre Nuestro, cuando decimos: «Perdona nuestros pecados como también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo» (Mt 6,12). Las deudas son nuestros pecados ante Dios, y nuestros deudores son aquellos que nosotros debemos perdonar.

Cada uno de nosotros podría ser ese siervo de la parábola que tiene que pagar una gran deuda, pero es tan grande que jamás podría lograrlo. También nosotros, cuando en el confesionario nos ponemos de rodillas ante el sacerdote, repetimos simplemente el mismo gesto del siervo. Decimos: «Señor, ten paciencia conmigo». ¿Han pensado alguna vez en la paciencia de Dios? Tiene tanta paciencia. En efecto, sabemos bien que estamos llenos de defectos y recaemos frecuentemente en los mismos pecados. Sin embargo, Dios no se cansa de ofrecer siempre su perdón cada vez que se lo pedimos. Es un perdón pleno, total, con el que nos da la certeza de que, aun cuando podemos recaer en los mismos pecados, él tiene piedad de nosotros y no deja de amarnos. Como el rey de la parábola, Dios se apiada, prueba un sentimiento de piedad junto con el de la ternura: es una expresión para indicar su misericordia para con nosotros. Nuestro Padre se apiada siempre cuando estamos arrepentidos, y nos manda a casa con el corazón tranquilo y sereno, diciéndonos que nos ha liberado y perdonado todo. El perdón de Dios no conoce límites; va más allá de nuestra imaginación y alcanza a quien reconoce, en el íntimo del corazón, haberse equivocado y quiere volver a él. Dios mira el corazón que pide ser perdonado.

El problema, desgraciadamente, surge cuando nosotros nos ponemos a confrontarnos con nuestro hermano que nos ha hecho una pequeña injusticia. La reacción que hemos escuchado en la parábola es muy expresiva: «Págame lo que me debes» (Mt18,28). En esta escena encontramos todo el drama de nuestras relaciones humanas. Cuando estamos nosotros en deuda con los demás, pretendemos la misericordia; en cambio cuando estamos en crédito, invocamos la justicia. Todos hacemos así, todos. Esta no es la reacción del discípulo de Cristo ni puede ser el estilo de vida de los cristianos. Jesús nos enseña a perdonar, y a hacerlo sin límites: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete» (v. 22). Así pues, lo que nos propone es el amor del Padre, no nuestra pretensión de justicia. En efecto, limitarnos a lo justo, no nos mostraría como discípulos de Cristo, que han obtenido misericordia a los pies de la cruz sólo en virtud del amor del Hijo de Dios. No olvidemos, las palabras severas con las que se concluye la parábola: «Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano» (v. 35).

Queridos hermanos y hermanas: el perdón del que nos habla san Francisco se ha hecho «cauce» aquí en la Porciúncula, y continúa a «generar paraíso» todavía después de ocho siglos. En este Año Santo de la Misericordia, es todavía más evidente cómo la vía del perdón puede renovar verdaderamente la Iglesia y el mundo. Ofrecer el testimonio de la misericordia en el mundo de hoy es una tarea que ninguno de nosotros puede rehuir. Repito: ofrecer el testimonio de la misericordia en el mundo de hoy es una tarea que ninguno de nosotros puede rehuir. El mundo necesita el perdón; demasiadas personas viven encerradas en el rencor e incuban el odio, porque, incapaces de perdonar, arruinan su propia vida y la de los demás, en lugar de encontrar la alegría de la serenidad y de la paz. Pedimos a san Francisco que interceda por nosotros, para que jamás renunciemos a ser signos humildes de perdón e instrumentos de misericordia.

Podemos rezar con esta intención. Cada uno como lo siente. Invito a los frailes, a los obispos a ir a los confesionarios – también iré yo – para estar a disposición del perdón. Nos hará bien recibirlo hoy, aquí, juntos. Que el Señor nos de la gracia de decir aquella palabra que el Padre no nos deja terminar, la que ha dicho el hijo prodigo: «Padre he pecado contra…», y [el Padre] le ha tapado la boca, lo ha abrazado. Nosotros comenzaremos a hablar, y él nos tapara la boca y nos revestirá… «Pero, padre, tengo miedo que mañana haga lo mismo…». Pues, regresa. El Padre siempre mira el camino, mira, en espera de que regrese el hijo pródigo; y todos nosotros lo somos. Que el Señor nos de esta gracia.

Saludo final del Santo Padre:
[texto original: italiano, traducción no oficial]

Os agradezco mucho vuestra acogida y le pido al Señor que os bendiga. Os agradezco por vuestra voluntad de estar cerca. Y no os olvidéis: ¡Siempre perdonar, siempre! Perdonar de corazón y, si se puede, acercarse al otro, pero perdonar. Porque, si nosotros perdonamos, el Señor nos perdona. Y todos nosotros tenemos necesidad de perdón… ¿Alguien aquí no tiene necesidad de perdón?… ¡Que levante la mano!… Todos tenemos necesidad de perdón.

Ahora, recemos juntos a la Virgen y luego os daré la bendición.

Ave María…

[Bendición]

¡Y, por favor, rezad por mí!

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