Celebración de las Vísperas con ocasión de la Jornada Mundial de oración por el cuidado de la creación

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1 de septiembre de 2016.- A las 17 horas de hoy, Jueves de la XXII semana del tiempo ordinario, en la Basílica Vaticana, el Santo Padre Francisco ha presidido la celebración de las Vísperas con ocasión de la Jornada Mundial de oración por el cuidado de la creación.

Durante la celebración, el Predicador de la Casa Pontificia, P. Raniero Cantalamessa, O.F.M. Cap., ha pronunciado la homilía que ofrecemos a continuación:

Homilía del P. Raniero Cantalamessa, O.F.M. Cap.:
[Texto original: italiano – traducción de Radio Vaticana]

“Hombre, ¿por qué te consideras tan vil, tú que tanto vales a los ojos de Dios? ¿Por qué te deshonras de tal modo, tú que has sido tan honrado por Dios? ¿Por qué te preguntas tanto de dónde has sido hecho, y no te preocupas de para qué has sido hecho”.

Estas palabras, que acabamos de escuchar, fueron pronunciadas por San Pedro Crisólogo, obispo de Rávena, en el siglo V después de Cristo, hace más de 1.500 años. Desde entonces, ha cambiado la razón por la cual el hombre se desprecia a sí mismo, pero no cambia el hecho. En tiempos de Crisólogo la razón era que el hombre es “de la tierra”, es decir, que es polvo y al polvo volverá (Génesis 3:19). Hoy en día la razón del desprecio es que el hombre es menos que nada en la inmensidad sin límites del universo.

Ya es una carrera entre los científicos no creyentes entre quien sigue adelante en el afirmar la marginalidad total e insignificancia del hombre en el universo. “La antigua alianza está rota – ha escrito uno de ellos -; el hombre finalmente sabe que está solo en la inmensidad del universo del que surgió por casualidad. Su deber, como su destino, no está escrito en ningún lugar “. “Siempre he pensado – dice otro – de ser insignificante. Conociendo las dimensiones del Universo, no dejo de darme cuenta de cuánto lo sea realmente… Somos sólo un poco de fango en un planeta que pertenece al sol”.

Pero no quiero detenerme en esta visión pesimista, ni en el impacto que tiene en el modo de comprender el ecologismo y sus prioridades. Dionisio el Areopagita, en el sexto siglo después de Cristo, enunciaba esta gran verdad: “No se deben confutar las opiniones de los demás, ni se debe escribir en contra de una opinión o de una religión que no parece buena. Se debe escribir solo a favor de la verdad y no contra los demás”. No se puede hacer absoluto este principio, porque a veces puede ser necesario confutar doctrinas falsas y peligrosas; pero lo cierto es que la exposición positiva de la verdad es más eficaz que la confutación del error contrario.

El discurso de Crisólogo continúa exponiendo el motivo por el que el hombre no debe despreciarse a sí mismo:

“¿Por ventura todo este mundo que ves con tus ojos no ha sido hecho precisamente para que sea tu morada? Para ti ha sido creada esta luz que aparta las tinieblas que te rodean; para ti ha sido establecida la ordenada sucesión de días y noches; para ti el cielo ha sido iluminado con este variado fulgor del sol, de la luna, de las estrellas; para ti la tierra ha sido adornada con flores, árboles y frutos; para ti ha sido creada la admirable multitud de seres vivos’ que pueblan el aire, la tierra y el agua, para que una triste soledad no ensombreciera el gozo del mundo que empezaba”.

El autor no hace más que reafirmar la idea bíblica de la soberanía del hombre sobre el cosmos que el Salmo 8 cantaba con una inspiración lírica no inferior, que la del obispo de Rávena. San Pablo completa esta visión, señalando el lugar que ocupa en ella,  la persona de Cristo: “el mundo, la vida, la muerte, el presente o el futuro. Todo es de ustedes, pero ustedes son de Cristo y Cristo es de Dios”.(1 Cor 3,22s). Nos encontramos ante un “ecologismo humano” o “humanista”: un ecologismo, es decir, que no es un fin en sí mismo, sino en función del hombre, no sólo, naturalmente, del hombre de hoy, sino también del aquel del futuro.

El pensamiento cristiano nunca ha dejado de preguntarse el porqué de esta trascendencia del hombre respecto al resto de la creación y siempre ha encontrado en la afirmación bíblica que el hombre fue creado “a imagen y semejanza de Dios” (Génesis 1: 26). También el Crisólogo, hemos escuchado, se basa en que: “El Creador… ha impreso en ti su imagen, para que la imagen visible mostrara al mundo el creador invisible, y te ha puesto en la tierra para hacerlo en su nombre”.

Aquello sobre lo que la teología, también gracias al renovado diálogo con el pensamiento ortodoxo, ha alcanzado hoy una explicación verdaderamente satisfactoria, es saber en qué consiste ser “a imagen de Dios”. Todo se basa en la revelación de la Trinidad obrada por Cristo. El hombre es creado a imagen de Dios, en el sentido de que participa en la esencia íntima de Dios que es la relación de amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. “Relaciones subsistentes”, define Santo Tomás de Aquino a las personas divinas. Ellas notienen una relación entre sí, sino que son esa relación.

Sólo el hombre – como una persona capaz de relaciones libres y conscientes – participa en esta dimensión personal y relacional de Dios. Siendo la Trinidad una comunión de amor,  creó al hombre como un “ser en relación.”. Es en este sentido que el hombre es “a imagen de Dios”.

Es evidente que existe un foso ontológico entre Dios y la criatura humana; sin embargo, por la gracia (¡nunca hay que olvidar esta aclaración!), este foso se colma, por lo que es menos profunda que la que existe entre el hombre y el resto de la creación. Afirmación osadísima, pero basada en la Escritura que define al hombre redimido por Cristo “partícipe de la naturaleza divina” (2 Pedro 1.4).

Sólo la venida de Cristo, sin embargo, ha revelado el sentido pleno del ser a imagen de Dios. Él es, por excelencia, “la imagen de Dios invisible” (Col 1,15).; nosotros -decían los Padres de la Iglesia – somos “imagen de la imagen de Dios”, en cuanto “predestinados a ser conforme a la imagen de su Hijo” (Rm 8, 29), creados “por medio de él y para él “(Col 1, 16), que es el Nuevo Adán.

*  *   *

Nace de inmediato, en este punto, una objeción, y no sólo de parte de los no creyentes. ¿Todo esto no es triunfalismo racial? ¿No lleva a un  dominio  indiscriminado del hombre sobre el resto de la creación, con consecuencias fácilmente imaginables, y por desgracia, ya en acto? La respuesta es: no, si el hombre se comporta realmente como imagen de Dios. Si la persona humana es la imagen de Dios, en cuanto es “un ser en comunión”, significa que menos se es egoístas, encerrados en sí mismos y olvidados de los otros, más se es una persona verdaderamente humana.

La soberanía del hombre sobre el cosmos, por lo tanto, no es el triunfalismo de las especies, sino la asunción de responsabilidad hacia los débiles, los pobres, los indefensos. El único título que éstos tienen para ser respetados, en ausencia de otros privilegios y recursos, es aquel de ser persona humana. El Dios de la Biblia – y también de otras religiones – es un Dios “que escucha el grito de los pobres”, que “tiene compasión del débil y del pobres”, que “defiende la causa de los míseros”, que “hace justicia a los oprimidos”, que “nada desprecia de lo que ha creado.”

La encarnación del Verbo ha aportado una razón más para cuidar de los débiles y de los pobres, a cualquier raza o religión pertenezcan. Ella no dice, de hecho, sólo que “Dios se hizo hombre”, sino también “que el hombre se ha hecho Dios”: es decir, cuál tipo de hombre ha elegido ser: no rico y poderoso, sino pobre, débil e indefenso. ¡Hombre y basta! El modo de la encarnación no es menos importante del hecho.

Este ha sido el paso adelante que Francisco de Asís, con su experiencia de vida, ha permitido hacer a la teología. Antes de él, se había insistido casi exclusivamente en los aspectos ontológicos de la encarnación: naturaleza, persona, unión hipostática, comunicación de los idiomas… Esto era necesario para contrastar la herejía, pero, una vez asegurado el dogma, no se podía permanecer detenidos en él, sin aridecer el misterio cristiano y hacerle perder gran parte de su fuerza para contrarrestar el pecado y la injusticia del mundo.

Lo que conmueve hasta las lágrimas al Pobrecillo en Navidad no es la unión de las naturalezas o la unión hipostática, sino la humildad y la pobreza del Hijo de Dios, que “siendo rico, se hizo pobre por nosotros “(2 Cor 8,9). En Él, el amor por la pobreza y el amor por la creación iban juntos, y tenían una raíz común en su renuncia radical a querer poseer. Francisco pertenece a esa categoría de personas de las que San Pablo dice que “nada tienen y todo lo poseen” (2 Co. 6:10).

El Santo Padre recoge este mensaje cuando hace de “la íntima relación entre los pobres y la fragilidad del planeta” uno de los “ejes ” de su encíclica sobre el medio ambiente. ¿Qué cosa es, de hecho, lo que produce al mismo tiempo, los peores daños al medio ambiente y la miseria de inmensas masas humanas, si no el deseo insaciable de algunos de aumentar drásticamente sus posesiones y sus provechos? A la tierra, se debe aplicar eso que decían los antiguos de la vida: “mancipio nulli datur, omnibus usu”; a nadie se le ha dado en propiedad, a todos en uso.

*   *   *

A veces esta verdad, que no somos los dueños de la tierra, se nos recuerda al improviso por eventos como el devastador terremoto de la semana pasada. Entonces se nos vuelve a presentar la pregunta de siempre “¿Dónde estaba Dios?” No cometamos el error de pensar que tenemos una respuesta preparada a esta pregunta. Lloremos con los que lloran, como lo hizo Jesús ante el dolor de la viuda de Naim o de las hermanas de Lázaro.

Pero hay algo que la fe nos permite decir. Dios no diseñó la creación como si fuera un coche o un ordenador, donde todo está programado desde el inicio, en cada detalle, listo para realizar periódicamente las actualizaciones. Por analogía con el hombre, podemos hablar de una especie de “libertad” que Dios ha dado a la materia de evolucionar de acuerdo a sus propias leyes. En este sentido (¡pero sólo en este!) incluso podemos compartir el punto de vista de los científicos no creyentes que hablan de “casualidad y necesidad”. En la evolución todo es “por casualidad”, pero el caso en sí está previsto por el Creador y no es “casualidad”.

Esto implica enormes riesgos para los seres humanos, pero también un suplemento de dignidad y de grandeza. Los habitantes de los Países Bajos debieron luchar durante siglos para evitar ser inundados por el mar del Norte y en esta lucha acuñaron un famoso dicho: “Luctor emerger”, luchando, emerjo.

Habrá un día “un cielo nuevo y una tierra nueva” (2 Pe 3, 13), libre de sufrimiento, pero esto probablemente sucederá sólo al final de los tiempos, cuando la humanidad misma será perfectamente y eternamente liberada del pecado y de la muerte (cf. Rom 8, 19:23). Una cosa, sin embargo, Jesús nos asegura a partir de ahora y es que la criatura humana no está nunca completamente a merced de los elementos humanos. “¿No se venden acaso cinco pájaros por dos monedas? Ustedes tienen contados todos sus cabellos: no teman, porque valen más que muchos pájaros”. (Lucas 12: 6-7).

A la pregunta: “Dónde estaba Dios en la noche del 23 de agosto, el creyente, por lo tanto, no dude en responder con toda humildad: “Él estaba allí sufriendo con sus criaturas y recibiendo en su paz a las víctimas que tocaban a la puerta de su paraíso”.

* * *

La lectura del libro de la Sabiduría que hemos oído antes de aquella patrística de Crisólogo, nos habla del primer y fundamental deber que se le da al hombre por su posición privilegiada en el seno de la creación. Decía:

“Sí, vanos por naturaleza son todos los hombres que han ignorado a Dios, los que, a partir de las cosas visibles, no fueron capaces de conocer a «Aquel que es»., al considerar sus obras, no reconocieron al Artífice”.

San Pablo en su Carta a los Romanos retoma este famoso argumento, pero con una variación que nos compete a todos y de cerca. El pecado ante la creación,  – escribe – , no radica en el hecho del no remontarse de ella al Creador, si no en el de no glorificar y agradecer a Dios: “en efecto, habiendo conocido a Dios, no lo glorificaron ni le dieron gracias como corresponde” (Rm 1, 21). Esto no sólo es un pecado de la inteligencia, sino también de la voluntad, y no sólo es un pecado de ateos o idólatras, sino también de aquellos que conocen a Dios. Tanto es así que, inmediatamente después, el apóstol incluye entre “los inexcusables” a los que conocen la revelación y, armados con este conocimiento, se sienten seguros y juzgan el resto del mundo, sin darse cuenta de que, si buscan su propia gloria en lugar de la gloria de Dios, cometen el mismo pecado de los no creyentes (cf. Rom. 2:1 ss).

Hay muchos deberes que el hombre tiene hacia la creación, algunos más urgentes que otros: el agua, el aire, el clima, la energía, la defensa de las especies en peligro… De ellos se hablan en todos los ambientes y encuentros que se ocupan de ecología. Hay, sin embargo, un deber hacia la creación del cual no se puede hablar si no es en un encuentro entre los creyentes y por eso es correctísimo que haya sido puesto en el centro de este momento de oración. Ese deber es la doxología, la glorificación de Dios a causa de la creación. Una ecología sin doxología hace opaco el universo, como un enorme globo de cristal desprovisto de la luz que debería iluminarlo desde dentro.

La tarea principal de las criaturas hacia la creación es prestar su voz a la misma. “Los cielos y la tierra – dice un salmo – están llenos de tu gloria” (Sal 148: 13; Isaías 6: 3). Son, por así decirlos, grávidos. Pero no pueden por sí mismos “vaciarse”. Como la mujer embarazada, también ellos necesitan las manos de una partera para dar a luz a aquello de lo que están grávidos. Y estas “parteras” de la gloria de Dios, tenemos que ser nosotros, criaturas hechas a imagen de Dios. El Apóstol alude también a esto cuando habla de la creación que “hasta el presente, gime y sufre dolores de parto” (Rm 8, 19:22).

¡Cuánto ha tenido que esperar el universo, qué gran carrera tuvo que tomar, para llegar a este punto! Miles de millones de años, durante los cuales la materia a través de su opacidad, avanzaba hacia la luz de la conciencia, como la linfa que del subsuelo sube con esfuerzo hacia la cima del árbol para expandirse en hojas, flores y frutos. Esta conciencia se alcanzó finalmente cuando apareció en el universo lo que Teilhard de Chardin llama “el fenómeno humano”. Pero ahora que el universo ha alcanzado su objetivo, exige que el hombre cumpla su deber, que asuma, por así decirlo, la dirección del coro y entone en nombre de toda la creación: “¡Gloria a Dios en lo alto del cielo!”.

Uno que tomó a la letra esta tarea fue el Beato Enrique Susón, a veces llamado “el San Francisco de Suabia”. Él nos ha dejado este conmovedor testimonio:

“Cuando, en el canto de la misa, llego a las palabras Sursum corda, en alto los corazones, imagino que tengo ante de mí todos los seres creados por Dios en el cielo y en la tierra: el agua, el aire, el fuego, la luz y cada elemento, cada uno con su propio nombre, así como las aves, los peces del mar y las flores de los bosques, todas las hierbas y plantas del campo, las innumerables arenas del mar, los polvillos que se ven en los haces de luz solar, las gotas de lluvia que caídas o a punto de caer, las gotas de rocío que adornan el césped. Entonces, imagino que estoy en el medio de estas criaturas como un maestro de canto en el medio de un gigantesco coro”.

Nosotros los creyentes debemos ser la voz no sólo de las criaturas inanimadas, sino también de nuestros hermanos que no han tenido la gracia de la fe. No olvidemos, en particular, glorificar a Dios por los increíbles logros de la tecnología. Son obra del hombre, es cierto, pero el hombre, ¿de quién es obra? ¿Quién lo hizo? Me he hecho una pregunta, y la repito aquí en voz alta: ¿glorificamos realmente a Dios por sus criaturas, o sólo decimos que lo hacemos? ¿La nuestra es sólo teoría, o también práctica? Si no sabemos hacerlo con nuestras palabras, hagámoslo con los salmos. En ellos, hasta los ríos están invitados a aplaudir al Creador (Sal 98,8).

La glorificación no sirve, naturalmente, a Dios, sino a nosotros. Con ella se “revela la verdad” (Rm 1, 18); se redime la creación de la caducidad y la vanidad, es decir, del sin sentido, en la que la arrastró el pecado de los hombres y la arrastra hoy la incredulidad del mundo (Romanos 8: 20-21). “Aunque no necesitas nuestra alabanza, – dice un prefacio de la misa dirigiéndose a Dios,- tú inspiras en nosotros que te demos gracias, para que las bendiciones que te ofrecemos nos ayuden en el camino de la salvación”.

Si Francisco de Asís tiene algo que decir hoy sobre el ecologismo, es sólo esto. Él no reza “por” la creación, para su cuidado (en su tiempo aún no era necesario), reza “con” la creación, o “a causa de la creación”, o “con motivo de la creación”. Son todos los matices presentes en la preposición “por” que usó: “Alabado seas mi Señor, por el hermano sol, por la luna, por nuestra hermana la madre tierra”. Su cántico es toda una doxología y un himno de acción de gracias. Pero precisamente de aquí derivaba su extraordinario respeto hacia cada criatura por lo cual quería que incluso a las hierbas silvestres se les diera un espacio para crecer.

También este mensaje suyo fue recogido por el Santo Padre en su encíclica sobre el medio ambiente. Ella inicia con la doxología – “Alabado seas ‘” – y termina significativamente con dos oraciones distintas: una “por” la creación, y la otra “con” la creación. De esta última extraemos algunas invocaciones que necesitamos para concluir en oración nuestra reflexión:

Señor Uno y Trino, comunidad preciosa de amor infinito, enséñanos a contemplarte en la belleza del universo, donde todo nos habla de ti. Despierta nuestra alabanza y nuestra gratitud por cada ser que has creado. Danos la gracia de sentirnos íntimamente unidos con todo lo que existe. Dios de amor, muéstranos nuestro lugar en este mundo como instrumentos de tu cariño por todos los seres de esta tierra. Amén.

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