Palabras del Santo Padre al rezo del Ángelus Domini, 11.09.2016

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A las 12 horas de hoy el Santo Padre Francisco se ha asomado a la ventana del estudio del Palacio Apostólico Vaticano para el rezo del Ángelus Domini con los fieles y peregrinos congregados en la Plaza de San Pedro.

Ofrecemos a continuación las palabras del Papa introduciendo la plegaria mariana:

Antes del Ángelus:
[texto original: italiano – traducción de Iglesiaactualidad]

Queridos hermanos y hermanos, ¡buenos días!

La liturgia de hoy nos propone el capítulo 15 del Evangelio de Lucas, considerado el capítulo de la misericordia, que contiene tres parábolas con las cuales Jesús responde a las murmuraciones de los escribas y de los fariseos. Ellos critican su comportamiento y dicen: «Ese acoge a los pecadores y come con ellos» (v. 2). Con estos tres relatos Jesús quiere hacer entender que Dios Padre es el primero en tener una actitud acogedora y misericordiosa hacia los pecadores. Dios tiene esta actitud. En la primera parábola Dios es presentado como un pastor que deja las noventa y nueve ovejas para ir a la búsqueda de aquella perdida. En la segunda, es comparado con una mujer que perdió una moneda y la busca hasta que la encuentra. En la tercera parábola Dios es imaginado como un padre que acoge al hijo que se había alejado; la figura del padre desvela el corazón de Dios, de Dios misericordioso manifestado en Jesús.

Un elemento común de estas parábolas es aquel expresado por los verbos que significan alegrarse juntos, hacer fiesta. No se habla de estar de luto. Se goza, se festeja. El pastor llama a amigos y vecinos y les dice: «¡Alegraos conmigo!, he encontrado la oveja que se me había perdido» (v. 6); la mujer llama a las amigas y a las vecinas diciendo: «¡Alegraos conmigo!, he encontrado la moneda que se me había perdido» (v. 9); el padre dice al otro hijo: «Era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado» (v. 32). En las primeras dos parábolas el acento está puesto en la alegría tan incontenible que es necesario compartirla con «amigos y vecinos». En la tercera parábola, el acento se pone en la fiesta que parte del corazón del padre misericordioso y se expande a toda su casa. Esta fiesta de Dios por aquellos que regresan a Él arrepentidos se entona como nunca con el Año jubilar que estamos viviendo, como dice el mismo término “Jubileo”. Es decir, júbilo.

Con estas tres parábolas, Jesús nos presenta el rostro verdadero de Dios: un Padre de brazos abiertos, que trata a los pecadores con ternura y compasión. La parábola que más conmueve -conmueve a todos-, porque manifiesta el infinito amor de Dios, es aquella del padre que estrecha hacia él y abraza al hijo reencontrado. Y lo que impresiona no es tanto la triste historia de un joven que se precipita en el despilfarro sino sus palabras decisivas: «Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre» (v. 18). El camino de regreso a casa es el camino de la esperanza y de la vida nueva. Dios espera siempre nuestro ponernos en viaje, nos espera con paciencia, nos mira cuando estamos lejanos, nos viene al encuentro, nos abraza, nos besa, nos perdona. ¡Así es Dios! ¡Así es nuestro Padre! Y su perdón cancela el pasado y nos regenera en el amor. Olvida el pasado: ésta es la debilidad de Dios. Cuando nos abraza y nos perdona, pierde la memoria, No tiene memoria. Olvida el pasado. Cuando nosotros pecadores nos convertimos y nos hacemos encontrar por Dios, no nos esperan reproches y durezas, porque Dios salva, vuelve a recibirnos en casa con alegría y festeja. Jesús mismo, en el Evangelio de hoy, dice así: «Habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse» (Lc 15,7). Y os hago una pregunta: ¿Alguna vez habéis pensado que cada vez que nos acercamos al confesionario, hay alegría y fiesta en el cielo? ¿Habéis pensado esto? ¡Es hermoso!

Esto nos infunde una gran esperanza porque no hay pecado en el que hayamos caído del cual, con la gracia de Dios, no podemos renacer; no hay una persona irrecuperable: ¡nadie es irrecuperable! Porque Dios no deja jamás de querer nuestro bien, ¡también cuando pecamos! Que la Virgen María, Refugio de los pecadores, haga nacer en nuestros corazones la confianza que se encendió en el corazón del hijo pródigo: «Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti» (v. 18). Por este camino, podemos dar gloria a Dios, y su gloria puede convertirse en su fiesta y en nuestra fiesta.

Después del Ángelus:
[texto original: italiano – traducción de Iglesiaactualidad]

Queridos hermanos y hermanas:

Quisiera invitar a una especial oración por Gabón, que está pasando un momento de grave crisis política. Confío al Señor las víctimas de los enfrentamientos y a sus familiares. Me uno a los Obispos de aquel querido país africano para invitar a las partes a rechazar cada violencia y a tener siempre como objetivo el bien común. Animo a todos, en particular los católicos, a ser constructores de la paz en el respeto de la legalidad, en diálogo y en la fraternidad.

Hoy, en Karaganda, Kazajstán es proclamado beato Ladislao Bukowinski, sacerdote y párroco, perseguido por su fe. Cuánto ha sufrido este hombre, cuánto. En su vida demostró siempre gran amor por los más débiles y necesitados y su testimonio aparece como un condensado de las obras de misericordia espirituales y corporales.

Os saludo con afecto a todos vosotros, romanos y peregrinos procedentes de diferentes países: las familias, los grupos parroquiales, las asociaciones.

Saludo a los fieles de Rumanía, a los de la diócesis de Ferrara-Comacchio, al Movimiento Fides Vita, a los grupos italianos de Venecia, Cologna Veneta, Caprino Veronese, Serravalle Scrivia y Novara; así como también a los ciclistas venidos de Borgo Val di Taro y a los jóvenes de Confirmación de Rocco Sambuceto.

A todos os deseo un buen domingo. Y por favor, no os olvidéis de rezar por mí.

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