Homilía del Secretario de Estado en la Liturgia de la Palabra con motivo de la firma del Acuerdo Final entre el Gobierno de Colombia y la FARC-EP

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Card. PIETRO PAROLIN
Secretario de Estado de Su Santidad

Cartagena de Indias, 26 de septiembre de 2016

Señor Presidente de la República de Colombia, Doctor Juan Manuel Santos Calderón,
Señores Jefes de Estado y de Gobierno,
Su Majestad el Rey Don Juan Carlos,
Señores Ministros y Señores Jefes de las Delegaciones aquí presentes,
Distinguidas Autoridades colombianas y de otros países,
Queridos Hermanos y Hermanas en el Señor,

Deseo, en primer lugar, transmitir la cercanía del Papa Francisco al querido pueblo colombiano y sus Autoridades, especialmente en la presente circunstancia de la firma del Acuerdo Final entre el Gobierno de Colombia y la FARC-EP. El Santo Padre ha seguido con gran atención los esfuerzos de estos últimos años, en la búsqueda de la concordia y de la reconciliación. Varias veces ha animado estos esfuerzos, sin tomar parte en las soluciones concretas que han sido negociadas, y sobre las cuales decidirán, de manera libre, informada y en conciencia, los propios ciudadanos. El Papa siempre ha animado al respeto de los derechos humanos y de los valores cristianos que se hallan en el centro de la cultura colombiana.

Creo que todos los que estamos aquí presentes somos conscientes que, en el fondo, estamos sí al final de una negociación, pero también al inicio de un proceso, todavía abierto, de cambio, que requiere el aporte y el respeto de todos los colombianos.

Nos hemos reunido para esta Liturgia de la Palabra, en el sugestivo escenario de Cartagena de Indias, cuyo devenir en el tiempo representa, de algún modo, la historia misma de este país. Hace más de 350 años, en el antiguo puerto de Cartagena, san Pedro Claver consumió su vida con admirable abnegación y eximia caridad en favor de los esclavos traídos de África.

Podríamos decir que, como hace siglos los esclavos y mercaderes se dirigían a puerto enfermos y maltratados, hoy muchos colombianos viajan desarraigados y adoloridos, con la dignidad herida o arrebatada. Han pasado tormentas y oscuros nubarrones, sin perder la esperanza. Tienen necesidad de ser rescatados y amados, tienen sed de agua fresca.

Los restos de san Pedro Claver reposan justo bajo el altar de esta iglesia, situada cerca de su convento. A lo largo de más de 4 décadas, él supo distinguir la gran dignidad de tantos seres humanos tratados como mercancía, sometidos a todo tipo de atrocidades, reclutados y desplazados de sus tierras para la esclavitud. Saliendo con caridad al encuentro de esas víctimas de la injusticia, honró su dignidad y les devolvió la esperanza.

De la misma manera, también hoy Jesús nos espera para liberarnos de las cadenas de la esclavitud. La propia y la que nos ocasionan otros. Está ansioso por abrazarnos, por curar nuestras llagas, por enjugar nuestras lágrimas, por darnos de comer y de beber agua y pan de vida, por mirarnos con amor en lo profundo del alma, por llevarnos entre sus brazos a puerto seguro… Sabemos que el sufrimiento de las víctimas, ofrecido a los pies de la Cruz, se convierte en cuenco para recibir su misericordia.

En la carta que les envié para expresar el deseo del Papa de visitar estas tierras, decía que «es preciso asumir el riesgo de convertir con toda la Iglesia, cada parroquia y cada institución en un hospital de campo, en el lugar seguro en el que se puedan reencontrar quienes experimentaron atrocidades y quienes actuaron desde la orilla de la violencia». Evidentemente, es desde el encuentro que Colombia debe aliviar el dolor de tantos de sus habitantes humillados y oprimidos por la violencia, debe detener el odio y cambiar el rumbo de su historia, para construir un futuro mejor dentro de unas instituciones justas y sólidas.

El método más seguro para comenzar un futuro mejor es reconstruir la dignidad de quien sufre, y para hacer esto es necesario acercarse a él sin restricciones de tiempo, hasta el punto de identificarse con él. En otras palabras, la paz que anhela Colombia va más allá de la también necesaria consecución de ciertas estructuras o convenciones, y se centra en la reconstrucción de la persona: de hecho, es en las heridas del corazón humano donde se encuentran las causas profundas del conflicto que en los últimos decenios ha desgarrado este país.

Sólo Dios nos da la fuerza para afrontar tales problemas y, sobre todo, la capacidad de identificarnos con todos aquellos que sufren por su causa. Por ello, en este país de raíces católicas, hoy nos hemos congregado en oración. No consideramos este encuentro como un evento más, sino como una manifestación de la confianza de las autoridades y de todos aquellos que nos siguen con la fuerza de la oración a Dios. Esta liturgia es una invocación al Señor, que puede conceder lo que con frecuencia es imposible para las solas fuerzas humanas: luz para el camino y para las decisiones que los colombianos deben libremente tomar, al calor del respeto, de la escucha y del diálogo sereno que deben acompañar tales decisiones.

Nuestra oración testimonia además, quizá en modo casi inconsciente, lo que escribió san Juan Pablo II cuando vino en peregrinación a Colombia: «a la luz de la fe, la solidaridad tiende a superarse a sí misma, al revestirse de las dimensiones específicamente cristianas de gratuidad total, perdón y reconciliación» (Sollicitudo Rei Socialis, 40). Por eso, pedimos a Dios que nos conceda esa heroicidad en la solidaridad, que es necesaria para colmar, en la verdad y en la justicia, el abismo del mal producido por la violencia. Y queremos agradecerle también por haber sostenido a los colombianos en medio de situaciones de odio y de dolor, y por haber abierto sus corazones, durante tantos años, a la firme esperanza de que la violencia y el conflicto son evitables: se puede construir un futuro diverso, en el cual convivir sin masacrarse y en el cual poseer convicciones diversas, en el marco del respeto de las reglas democráticas, de la dignidad humana y de la tradición católica de esta gran nación.

Con la perspectiva histórica que nos ofrece la figura de san Pedro Claver y su tiempo, Colombia ha experimentado, en carne propia, que la ambición del dinero y del poder y, a causa de ella, la explotación del hombre por el hombre, el desplazamiento forzado, la violencia y el desconocimiento de la dignidad de las víctimas, entre otros flagelos, acechan permanentemente a la humanidad. En la presente coyuntura, rogamos a Dios por el futuro de este querido pueblo, para que camine por senderos de verdad, de justicia y de paz, según las palabras del Salmo que acabamos de escuchar.

Hoy queremos también hacer nuestras las palabras del Evangelista Mateo (cf. 5, 3-11):
“Bienaventurados los colombianos pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Bienaventurados los colombianos mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra.
Bienaventurados los colombianos que lloran, porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los colombianos que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados.
Bienaventurados los colombianos misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los colombianos limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los colombianos que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los colombianos perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Bienaventurados seréis los colombianos cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa”.

Las religiones inducen a escuchar, a comprender y a reconocer las razones y el valor del otro. La fe se opone al daño a la dignidad de la persona que causa la laceración del tejido civil, y no es contraria a la laicidad, entendida como el respeto a las diversas esferas de competencia de la realidad civil y de la espiritual. De hecho, la laicidad tiene necesidad de la fe, como necesario punto de referencia para la convivencia y para el respeto. La Iglesia Católica, en particular, promueve la serena convivencia social, en concordancia con la tradición espiritual de los colombianos, sin reclamar que todos tengan una misma confesión religiosa; ofrece puntos de referencia para que las personas y colectividades puedan encontrar y aportar luces en la búsqueda del bien común.

Imploramos a Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, Reina de Colombia, que nos proteja e interceda para que así sea.

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