Biografía del beato Genaro Fueyo Castañón, presbítero y mártir

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BEATO GENARO FUEYO CASTAÑÓN
(1888 – 1937)

Presbítero y mártir

Nació en Linares (barrio de la parroquia de Congostinas del Puerto), el 23 de enero de 1864, hijo de Ramón Fueyo Barros e Isabel Castañón Díaz. En aquel momento, Linares era un barrio insignificante de seis vecinos, en pleno puerto Pajares. En el archivo diocesano se conserva una declaración del puño y letra del mismo Genaro. El 27 de noviembre de 1934 hizo una pequeña declaración de su nombre, lugar de nacimiento, nombre de sus padres y de sus abuelos. En el mes anterior la revolución de octubre convirtió en escombros y cenizas el Palacio Episcopal y el Seminario Diocesano con todos sus archivos y pertenencias, donde constaba el historial de todos y cada uno de los sacerdotes y alumnos; probablemente por causa de esto, el Obispado pidió a los sacerdotes que prestaran tan declaración, en la que, además dejaban constancia, si los tenían, de sus estudios en el Seminario, fecha de ordenación sacerdotal, y cargos habidos hasta la fecha.

Genaro tenía cinco hermanos, uno de ellos, Estanislao, falleció siendo monje en San Isidro de Dueñas (Palencia).

En el año 1851 el Obispo Ignacio Díaz Caneja erigió un Seminario adecuado a las necesidades de la diócesis, que no tenía Seminario Conciliar hasta ese momento. Se levantó el Seminario Santa María de la Asunción, que comentó en el convento de Santo Domingo, en Oviedo. Hubo un gran florecimiento vocacional, y en 1862 se levantó otro Seminario menor en Valdediós. El sacerdote Genaro Castañón Díaz accedió al Presbiterado, junto con noventa alumnos más, en el año 1892. En aquel momento el Seminario Mayor tenía 622 alumnos. En el año 1893 fue nombrado párroco de Congostinas, donde residió hasta 1899.

En 1898, la parroquia de Nembra (Aller) quedó vacante. Santiago de Nembra, según la estadística oficial de 1894, tenía entonces 171 familias, casi ochocientos habitantes. En 1899 Genaro Fueyo Castañón fue nombrado párroco de Nembra por el Cabildo de la Catedral de Oviedo. De él decía la gente que destacaba por su buen carácter, de apariencia seria, pero con mucho sentido del humor. Era desprendido, todo lo daba y lo compartía con los necesitados. Ayudaba a las familias en dificultad, buscaba trabajo para los que estaban en paro y desde el altar promocionaba la solidaridad para ayudar a los necesitados. Convirtió a su parroquia en un semillero de vocaciones sacerdotales y religiosas, y tuvo la satisfacción de ver consagrados en la vida religiosa a más de cien jóvenes vecinos de Nembra. En la Adoración Nocturna, pasaba la noche entera con los adoradores una vez al mes. El mismo local parroquial de la Sala de Guardia se usaba como Escuela de lunes a sábado para los hijos del Sindicato Católico y como Centro Católico para el Sindicato los domingos después de misa.

Genaro Sabía que iba a ser perseguido. En el año 34 ya acudieron hombres desde Moreda a Nembra para matarle. En esa revolución asesinaron a treinta y un sacerdotes y religiosos, y siete seminaristas. Se salvó gracias a unas mujeres, que descubrieron los planes de estos hombres y se adelantaron para decirle que se escondiera. Él huyó a Murias a casa de su hermano Cesáreo. Allí pasó desapercibido los quince días de la revolución. En 1936, en cambio, no encontró motivos para huir. No había hecho daño a nadie, no había denunciado a nadie, no había perseguido a nadie. Fue detenido y llevado a la cárcel hasta el 20 de octubre. Ese día, lo trasladaron a la iglesia de Nembra.

El día del martirio

Segundo e Isidro tenían 48 y 43 años respectivamente, eran padres de familia numerosa, amigos y primeros responsables de la Adoración Nocturna y del Sindicato Católico. Eran mineros y ambos murieron perdonando. El sacerdote llevaba 37 años en Nembra, cuando fue martirizado. Al día siguiente de su muerte, cumpliría sus bodas de oro sacerdotales. Murieron entre escarnios, desangrados y descuartizados, en un cruel y lento martirio, que tuvo lugar dentro de la Iglesia. Previamente les habían obligado a cavar su tumba. De los testimonios que se recogieron años más tarde, algunos incluso de sus propios verdugos, se sabe que tuvieron una actitud serena y valiente ante la muerte.

Al día siguiente del martirio, sus asesinos fueron a las casas de los mártires anunciando que éstos se habían fugado, y amenazaban con represalias si no les encontraban. La mayor parte de los familiares no se creyeron estas palabras e intuyeron que habían sido asesinados. Efectivamente, un año después encontraron los restos de los mártires. Estaban íntegros, sin síntomas de corrupción. Sus familias, tal y como les indicaron los mártires, procuraron perdonar. Fueron varios los casos en que los hijos ayudaron a los familiares de los verdugos de sus padres.

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