Celebración de la Santa Misa en el Cementerio de Prima Porta

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2 de noviembre de 2016.- A las 16 horas de esta tarde, en la Conmemoración de todos los fieles difuntos, el Santo Padre Francisco ha celebrado la Santa Misa, por primera vez, en la plaza anterior al osario del Cementerio Flaminio (conocido como Cementerio Prima Porta) en las periferias del norte de Roma, a la cual ha seguido una oración por los difuntos y la bendición de las tumbas.

Han concelebrado con el Santo Padre el cardenal vicario Agostino Vallini, el arzobispo Filippo Iannone, el vicegerente de la diócesis de Roma S.E. Mons. Guerino Di Tora, el obispo auxiliar para el sector norte de la diócesis de Roma y el padre Zbigniew Golebiewski, O.S.P.P.E., párroco de los “Santi Urbano e Lorenzo” en Prima Porta.

Tras la proclamación del Evangelio, el Papa ha pronunciado una breve homilía de forma improvisada.

Homilía del Santo Padre
[texto original: español – traducción de Iglesiaactualidad]

Job estaba en la oscuridad. Estaba justo en la puerta de la muerte. Y en ese momento de angustia, de dolor y de sufrimiento, Job proclama esperanza. «Yo sé que está vivo mi Redentor, y que al final se alzará sobre el polvo… Yo mismo lo veré, y no otro, mis propios ojos lo verán» (Job 19, 25.27). La Conmemoración de los difuntos tiene este doble significado. Un sentimiento de tristeza: un cementerio es triste, nos recuerda a nuestros seres queridos que se han ido, nos recuerda también el futuro, la muerte; pero en esta tristeza, nosotros traemos flores, como un signo de esperanza, también, por así decirlo, de fiesta, pero más tarde, no ahora. Y la tristeza se mezcla con esperanza. Y esto es lo que todos sentimos hoy, en esta celebración: la memoria de nuestros seres queridos, en presencia de sus despojos, y la esperanza.

Pero sentimos que esta esperanza nos ayuda, porque también nosotros debemos hacer este camino. Todos nosotros haremos este camino. Antes o después, pero todos. Con el dolor, más o menos dolor, pero todo el mundo. Pero con las flor de la esperanza, con ese alambre fuerte que está anclado más allá. Aquí, este anclaje no defrauda: la esperanza de la resurrección.

Y quien hizo por primera vez este camino fue Jesús. Nosotros recorremos el camino que Él ha hecho. Y aquel que abrió para nosotros la puerta es Él mismo, es Jesús: con su Cruz nos ha abierto la puerta de la esperanza, nos ha abierto la puerta para entrar a donde contemplaremos a Dios. «Yo sé que está vivo mi Redentor, y que al final se alzará sobre el polvo… Yo mismo lo veré, y no otro, mis propios ojos lo verán».

Regresemos hoy a casa con esta doble memoria: la memoria del pasado, de nuestros seres queridos que se nos han ido; y la memoria del futuro, del camino que nosotros haremos. Con la certeza, la seguridad; aquella certeza pronunciada por los labios de Jesús «Yo lo resucitaré en el ultimo día» (Jn 6, 40). Que así sea.

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