Dondequiera que esté un cristiano, los hombres tienen que encontrar siempre un oasis de misericordia

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13 de noviembre de 2016.- La catedral de Santa María la Real de la Almudena ha acogido este sábado, 12 de noviembre, la solemne Eucaristía de clausura del Año de la Misericordia, presidida por Mons. D. Carlos Osoro Sierra, cardenal electo, arzobispo de Madrid. Junto a él han concelebrado el arzobispo emérito de Madrid, cardenal D. Antonio María Rouco Varela; el obispo emérito de Ciudad Real, Mons. D. Antonio Antonio Algora; el obispo auxiliar de Madrid, Mons. D. Juan Antonio Martínez Camino; los vicarios episcopales, el Cabildo catedral y numerosos presbíteros.

En su homilía, el prelado ha agradecido este año que Dios «nos ha concedido por voluntad del Sucesor de Pedro» y ha reiterado que la misericordia «ha de ser el mensaje de la Iglesia, desde el que conquiste el corazón de los hombres», por lo que «no es de extrañar que el Señor nos proponga hoy tres grandes tareas».

La primera de estas tareas, como subraya la primera lectura, es honrar su nombre. «Se honra siendo misericordiosos como el Padre, tal y como nos revela Nuestro Señor Jesucristo. […] Hay un paso que hemos de dar y que, en este Año Santo, tanta gente ha dado: reconocernos necesitados de misericordia, de perdón. Cuando reconocemos que somos pecadores, sabemos y experimentamos que Jesús vino por nosotros, vino a salvar y no a condenar», ha explicado.

No obstante, a veces hay a quien le cuesta «dejarse abrazar y perdonar por el Señor». «Quien está acostumbrado a juzgar a los demás desde arriba, sintiéndose cómodo y considerándose justo, bueno y leal, no sabe honrar el nombre de Dios que es Misericordia», ha aseverado.

La segunda tarea que nos da el Señor, según ha detallado monseñor Osoro, es: «entregaos al trabajo que salve». Debemos «entregarnos a dar a conocer el carnet de identidad de Dios: la misericordia»; conscientes de que, como dice san Pablo, «si somos infieles, Él permanece fiel pues no puede renegar de sí mismo».

La tercera tarea es «dar y mostrar a los hombres la Belleza verdadera, que es Jesucristo». De acuerdo con el Evangelio, «no quedará piedra sobre piedra»; «el derribo material del templo es la expresión de que un mundo injusto, corrupto, de pecado, tiene que acabarse», ha asegurado el arzobispo. «Toda construcción de una vida fundamentada en lo exterior, en la apariencia y lo superficial, se derrumbará. Cristo ha traído una nueva creación; no es restauración, es nueva creación y tiene un nombre: misericordia», ha añadido.

«La misericordia vence, la misericordia cura, sana. […] Tengamos la audacia de volver a las fuentes de la misericordia y la gracia. Pecadores, sí; corruptos, no. La corrupción es el pecado no reconocido y elevado a sistema, que se convierte en costumbre y en una manera de vivir. No es un acto, es una condición. Sin embargo, el pecador sabe que no hay situaciones de las que no podamos salir, que Jesús siempre está dispuesto a darnos la mano para salir. La misericordia será siempre más grande que el pecado. De ahí la fuerza que, para nosotros y para este momento de la historia de los hombres, tiene precisamente la misericordia».

«Hemos aprendido en este año que, dondequiera que esté un cristiano, en las parroquias, en las comunidades, en la Iglesia doméstica que es la familia cristiana, en las asociaciones y movimientos… los hombres tienen que encontrar siempre un oasis de misericordia», ha concluido.

InfoMadrid

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