No a la tranquilidad que engaña, allí no está Dios

fran15112016

Martes 15 de noviembre de 2016

Homilía del Santo Padre Francisco
XXXIII Martes del Tiempo Ordinario

El Señor reprocha a los cristianos tibios de la Iglesia de Laodicea (cfr. Ap 3,1-6.14-22). Es un riesgo la tibieza en la Iglesia, tanto hoy como en la primera comunidad cristiana. El Señor utiliza un lenguaje fuerte para reprochar a los tibios, cristianos que no son ni fríos ni calientes. A esos les dice: Estoy para vomitarte de mi boca.

El Señor reprocha esa tranquilidad sin consistencia de los tibios. Una tranquilidad que engaña. ¿Qué piensa un tibio? Lo dice aquí el Señor: piensa que es rico. Me he enriquecido y no necesito nada: estoy tranquilo. Una tranquilidad que engaña. Cuando en el alma de una Iglesia, de una familia, de una comunidad, de una persona todo está siempre tranquillo, ahí no está Dios.

Los tibios no pueden pensar no necesitan nada, que no hacen daño a nadie. El Señor los define desgraciados, dignos de lástima, pobres, ciegos. Pero lo hace por amor, para que descubran otra riqueza, la que solo Él puede dar. No la riqueza del alma que tú crees tener porque eres bueno, porque todo lo haces bien, y tan tranquilo: otra riqueza, la que viene de Dios, que siempre trae una cruz, siempre trae tempestad, siempre trae alguna inquietud en el alma. Te aconsejo que me compres vestiduras blancas para que te vistas y no aparezca la vergüenza de tu desnudez: los tibios no se dan cuenta de que están desnudos, como la fábula del rey desnudo cuando un niño dijo: “¡Pero si el rey está desnudo!” Los tibios están desnudos.

Los tibios pierden la capacidad de contemplación, la capacidad de ver las cosas grandes y hermosas de Dios. Por eso, el Señor intenta despertarlos, ayudarlos a convertirse. Pero el Señor está también de otra manera: está para invitarnos: Mira que estoy a la puerta y llamo. Es importante ser capaces de oír cuando el Señor llama a la puerta, porque quiere darnos algo bueno, quiere estar con nosotros.

Hay cristianos que no se dan cuenta cuando llama el Señor; todos los ruidos son iguales para ellos. Hace falta saber bien cuándo llama el Señor, cuándo quiere traernos su consuelo. Pero el Señor está ante nosotros también para invitarnos. Es lo que sucede con Zaqueo, como narra el Evangelio de hoy (Lc 19,1-10). Esa curiosidad de Zaqueo, el pequeño, fue sembrada por el Espíritu Santo.  La iniciativa viene del Espíritu hacia el Señor: el Señor está. Levanta los ojos y dice: Ven, invítame a tu casa. Él Señor está… siempre está con amor: o para corregirnos o para invitarnos a cenar o para hacerse invitar. Está para decirnos: Despierta. Está para decirnos: Abre. Está para decirnos: Baja. Pero siempre está.

¿Lo sé distinguir en mi corazón cuando el Señor me dice despierta? ¿Cuando me dice abre? ¿Y cuando me dice baja? Que el Espíritu Santo nos dé la gracia de saber discernir esas llamadas. Que así sea.

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