El Papa implora el fin de tanto dolor en Oriente Medio

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Encuentro del Santo Padre Francisco con Su Santidad Mar Gewargis III, Catholicós-Patriarca de la Iglesia Asiria de Oriente

17 de noviembre de 2016.- A las 9.30 horas de esta mañana, el Santo Padre Francisco ha recibido en audiencia a Su Santidad Mar Gewargis III, Catholicós-Patriarca de la Iglesia Asiria de Oriente.

Tras el encuentro privado, el Patriarca ha presentado al Papa la delegación; después Su Santidad Mar Gewargis III y el Santo Padre Francisco han pronunciado sendos discursos, seguidos de un intercambio de regalos. Finalmente, en la Capilla Redemptoris Mater, ha tenido lugar un momento de oración común.

Publicamos a continuación el discurso que el Papa Francisco ha dirigido durante el encuentro al Patriarca Mar Gewargis III y a la delegación:

Discurso del Santo Padre
[texto original: italianoitaliano – traducción de Iglesiaactualidad]

Santidad, queridos hermanos en Cristo,

Es una gran alegría y una ocasión de gracia encontrarnos aquí, cerca de la tumba de San Pedro. Con afecto os doy mi bienvenida, agradeciendo las amables palabras que me han sido dirigidas. A través de vosotros, deseo extender mi cordial saludo en el Señor a todos los obispos, los sacerdotes y los fieles de la Iglesia Asiria de Oriente. Con las palabras del apóstol Pablo, que en esta ciudad derramó su sangre por el Señor, quisiere deciros: «Gracia y paz de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo» (Rm 1,7).

Este encuentro y la oración que elevaremos juntos al Señor invocan el don de la paz. Estamos consternados por lo que sigue ocurriendo en el Medio Oriente, especialmente en Irak y Siria. Allí, cientos de miles de niños inocentes, mujeres y hombres son víctimas de la terrible violencia de conflictos sangrientos, que ningún motivo puede justificar o permitir. Allí, nuestros hermanos y hermanas cristianos, así como diversas minorías religiosas y étnicas se han acostumbrado, desgraciadamente, a sufrir grandes pruebas día tras día.

En medio de tanto dolor, cuyo final imploro, todos los días vemos cómo los cristianos recorren el camino de la cruz, siguiendo con mansedumbre las huellas de Jesús, uniéndose  a él, que con su cruz nos ha reconciliado, «dando muerte a la hostilidad» (Ef 2,16). Estos hermanos y hermanas son modelos que nos exhortan en todas las circunstancias a permanecer con el Señor para abrazar su cruz, a confiar en su amor. Nos indican que el centro de nuestra fe es siempre la presencia de Jesús, que nos invita, incluso en la adversidad, a no cansarnos de vivir su mensaje de amor, de reconciliación y de perdón. Esto es lo que aprendemos de los mártires y de cuantos hoy en día, aun a costa de la propia vida, permanecen fieles al Señor y con Él vencen al mal con el bien (cfr Rm 12,21). Estamos muy agradecidos a estos hermanos, que nos impulsan a seguir el camino de Jesús para vencer la enemistad. Como la sangre de Cristo, derramada por amor, ha reconciliado y unido, haciendo que la Iglesia germinase, así la sangre  de los mártires es la semilla de la unidad de los cristianos. Nos llama a expandirnos con la caridad fraterna para la comunión.

Doy gracias a Dios por los lazos fraternos que ya existen entre nosotros y que esta visita, tan agradable y preciosa, refuerza ulteriormente. Ya se han realizado muchos pasos significativos. Vuestro amado predecesor, el Católicos-Patriarca Mar Dinkha IV, con quien tuve la alegría de reunirme hace dos años, firmó aquí en Roma con san Juan Pablo II la Declaración cristológica común. Ésta nos permite confesar la misma fe en el misterio de la Encarnación. Este hito histórico abrió el camino hacia la comunión plena, un camino que todavía prosigue. En este camino confirmo el compromiso de la Iglesia católica para que nuestro diálogo, ya tan fructífero, pueda avanzar. En el futuro, ayudará a restablecer la armonía completa para el beneficio de nuestras comunidades, que a menudo ya viven en estrecho contacto. Por tanto, espero vivamente que Comisión conjunta para el diálogo teológico entre la Iglesia Católica y la Iglesia Asiria de Oriente nos puede ayudar a allanar el camino hacia ese día tan esperado, en el cual se pueda celebrar el Sacrificio del Señor en el mismo altar, como signo real de la comunión eclesial plenamente restablecida.

Mientras tanto tenemos la oportunidad de dar pasos veloces incrementando nuestro conocimiento mutuo y testimoniando juntos el Evangelio. Nuestra proximidad sea fermento de unidad. Estamos llamados a obrar juntos en la caridad en todos los lugares donde sea posible, para que el amor indique el camino de la comunión. En el Bautismo descubrimos el fundamento de la comunión real entre nosotros. Católicos y asirios, «hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo» (1 Cor 12,13): pertenecemos al único Cuerpo de Cristo, somos hermanos en Él. Con esta certeza en la que vamos, caminando a lo largo con confianza, la alimentación -en la oración, y sobre todo en el altar del Señor- la caridad que «une en modo perfecto» (Col 3,14). Se vuelve a ensamblar las fracturas y cura las heridas. Sin cansarnos de pedir al Señor, médico divino, que cure las heridas del pasado con la unción benéfica de su misericordia.

También nos hará bien renovar la memoria común de nuestra actividad evangelizadora. Ésta hunde sus raíces en la comunión de la Iglesia primitiva. Allí tuvo origen la difusión del Evangelio que, en los albores de la fe, alcanzó a Roma y a las tierras de Mesopotamia, cuna de civilizaciones antiquísimas, dando luz a florecientes comunidades cristianas. Los grandes evangelizadores de entonces, los santos y los mártires de todos los tiempos, todos los ciudadanos de la Jerusalén celeste, nos exhortan y acompañan ahora  a abrir juntos senderos fecundos de comunión y testimonio.

Santidad, querido hermano, de alegría y afecto, deseo expresar mi agradecimiento por su visita y por el don de rezar hoy juntos, el uno por el otro, para invocar la protección y custodia del Señor, para hacer que su voluntad misericordiosa sea por nosotros plenamente aceptada y fraternalmente testificada.

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