Audiencia general: Rogar a Dios por vivos y difuntos

francisco_audiencia

30 de noviembre de 2016.- La Audiencia general de esta mañana se ha celebrado a las 9.30 horas en el Aula Pablo VI donde el Santo Padre Francisco se ha reunido con grupos de peregrinos provenientes de Italia y de todas la partes del mundo.

En el discurso en italiano el Papa, concluyendo las catequesis sobre la misericordia, ha centrado su meditación en el tema (cfr Rm 8, 25-27).

Tras haber resumido su catequesis en distintos idiomas, el Santo Padre ha dirigido saludos particulares a los grupos de fieles presentes. Después ha dirigido un llamamiento con motivo de la Jornada Mundial contra el Sida que se celebrará mañana y con motivo de la Conferencia internacional sobre la protección del patrimonio en las zonas de conflicto que se celebrará en Abu Dhabi del 2 al 3 de diciembre.

La audiencia general ha concluido con el canto del Pater Noster y la Bendición Apostólica.

Catequesis del Santo Padre
[texto original: italiano – traducción: Iglesiaactualidad]

Queridos hermanos y hermanas, buenos días.

Con la catequesis de hoy, concluimos el ciclo dedicado a la misericordia. Pero, aunque las catequesis se acaban, ¡la misericordia debe continuar! Damos gracias al Señor por todo esto y conservémoslo en el corazón como consuelo y alivio.

La última obra de misericordia espiritual pide rezar por vivos y por difuntos. También puede estar ligada a la última obra de misericordia corporal que llama a enterrar a los muertos. Esta última puede parecer extraña; y, sin embargo en algunas zonas del mundo que viven bajo el flagelo de la guerra, bajo bombardeos que  día y  noche siembran miedo y  víctimas inocentes, esta obra es tristemente actual. La Biblia lo cuenta con un hermoso ejemplo: el del anciano Tobit, que, a riesgo de su propia vida, enterraba a los muertos a pesar de la prohibición del rey (cfr Tb 1,17-19; 2,2-4). También hoy en día hay personas que arriesgan sus vidas para enterrar a los pobres víctimas de la guerra. Por lo tanto, esta obra de misericordia corporal no está lejos de nuestra existencia diaria. Y nos hace pensar acerca de lo sucedido en el Viernes Santo, cuando cuando la Virgen María, con Juan y algunas mujeres estaban ante la cruz de Jesús. Después de su muerte, fue José de Arimatea, un hombre rico, miembro del Sanedrín pero convertido en discípulo de Jesús, y ofreció para él su sepulcro nuevo, excavado en la roca y fue personalmente ante Pilato para pedirle el  cuerpo de Jesús: una verdadera obra de misericordia hecha con gran valor (cfr Mt 27,57-60). Para los cristianos, la sepultura es un acto de piedad,  pero también un acto de gran fe. Depositamos en la tumba el cuerpo de nuestros seres queridos, con la esperanza de su resurrección (cfr 1 Cor 15,1-34). Es  un rito que sigue siendo muy fuerte y sentido en nuestro pueblo, y encuentra resonancia especial en este mes de noviembre, dedicado en particular, al recuerdo y la oración por los difuntos.

Rezar  por los muertos es, ante todo, un signo de gratitud por el testimonio que nos han dejado y por  el bien que han hecho. Se trata de una acción de gracias al Señor por habernóslos dado  y  por su amor y su amistad. La Iglesia reza por los muertos de una manera especial durante la Santa Misa. Dice el sacerdote: «Acuérdate también, Señor, de tus hijos, que nos han precedido con el signo de la fe y duermen ya el sueño de la paz. A ellos, Señor, y a cuantos descansan en Cristo, concédeles el lugar del consuelo, de la luz y de la paz» (Canon romano). Un recuerdo sencillo, eficaz, cargado de significado, porque confía  nuestros seres queridos a la misericordia de Dios. Rezamos con  esperanza cristiana para que estén con Él en el paraíso, a la espera de encontrarnos juntos en ese misterio de amor que no entendemos, pero que sabemos que es verdad porque es una promesa que Jesús hizo.

El recuerdo de los difuntos no debe hacernos olvidar que también hay que rezar por los vivos, que cada día junto a nosotros se enfrentan a las pruebas de la vida. La necesidad de esta oración resulta más evidente  si la contemplamos  a la luz de la profesión de fe que dice: «Creo en la comunión de los santos». Es el misterio que expresa la belleza de la misericordia que Jesús nos ha revelado. Indica que  todos  estamos  inmersos en la vida de Dios y vivimos en su amor. Todos, vivos y muertos, estamos en la comunión, es decir, unidos todos; unidos en la comunidad de cuantos han recibido el Bautismo, y de aquellos que se han nutrido del Cuerpo de Cristo y forman parte de la gran familia de Dios. Todos somos de la misma familia, unidos. Y por eso rezamos los unos por los otros.

“¡Cuántas maneras diferentes hay de rezar por nuestro prójimo!” Son todas válidas y aceptadas por Dios si son hechos con el corazón. Pienso en modo particular en las madres y en los padres que bendicen a sus hijos en la mañana y en la noche. Todavía existe esta costumbre en algunas familias: bendecir al hijo es una oración; pienso en la oración por las personas enfermas, cuando vamos a visitarlos y oramos por ellos; en la intercesión silenciosa, a veces con las lágrimas, en tantas situaciones difíciles, orar por estas situaciones difíciles. Ayer vino a Misa en Santa Marta un buen hombre, un empresario. Pero debía cerrar su fábrica porque no podía y lloraba este hombre, joven, lloraba y decía: “Yo no puedo dejar sin trabajo a más de 50 familias. Yo podría declarar la bancarrota de la empresa, yo me voy a casa con mi dinero, pero mi corazón llorará toda la vida por estas 50 familias”. ¡Este es un buen cristiano! Ora con las obras, ora: ha venido a misa a orar para que el Señor le dé una salida, no solo para él, él lo tenía: el fracaso. No, no por él: por las 50 familias. Este es un hombre que sabe orar, con el corazón y con los hechos, sabe orar por el prójimo. Es una situación difícil. Y no busca la vía de salida más fácil: “Que ellos vean”, no. Este es un cristiano. Me ha hecho mucho bien escucharlo, mucho bien. Y tal vez existen muchos así, hoy, en este momento en el cual tanta gente sufre por la falta de trabajo; pienso también en el agradecimiento por una bella noticia que se refiere a un amigo, un pariente, un compañero… “ìGracias, Señor, por esta cosa bella!, también esto es orar por los demás, así. Agradecer al Señor cuando las cosas son hermosas.  A veces, como dice San Pablo, «no sabemos pedir como conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables» (Rom 8,26). Es el Espíritu que ora dentro de nosotros. Abramos, pues, nuestro corazón, de modo que el Espíritu Santo, escrutando los deseos que están en lo más profundo, los pueda purificar y llevar a cumplimiento. De todos modos, por nosotros y por los demás, pidamos siempre que se haga la voluntad de Dios, como en el Padre Nuestro, porque su voluntad es seguramente el bien más grande, el bien de un Padre que no nos abandona jamás: rezar y dejar que el  Espíritu Santo rece en nosotros.  Esto es hermoso en la vida: reza dando gracias  a Dios, alabándolo,  pidiendo algo, llorando cuando hay algún problema, como ha hecho ese hombre. Pero con el  corazón  siempre abierto al Espíritu para que rece en nosotros, con nosotros y por nosotros.

Concluyendo estas catequesis sobre la misericordia, comprometámonos a orar los unos por los otros para que las obras de misericordia corporales y espirituales se conviertan cada vez más en el estilo de nuestra vida. Las catequesis, como he dicho principio, terminan aquí. Hemos hecho el recorrido de las 14 obras de misericordia, pero la misericordia continua y debemos ejercitarla en estos 14 modos. Gracias.

Síntesis y saludo en español

Queridos hermanos y hermanas:

Concluimos este ciclo de catequesis reflexionando sobre dos obras de misericordia: una espiritual que pide rogar a Dios por vivos y difuntos, y otra corporal que invita a enterrar a los muertos.

Para los cristianos, la sepultura es un acto de piedad y de fe, pues esperamos en «la resurrección de la carne». Durante la Eucaristía confiamos a los difuntos a la misericordia de Dios con un recuerdo sencillo pero lleno de significado. Rezamos para que estén con él en el paraíso, con la esperanza de que un día también nosotros nos encontremos con ellos en este misterio de amor que, si bien no comprendemos plenamente, sabemos que es verdad porque Jesús nos lo ha prometido.

Este recuerdo de rogar por los difuntos está unido también al de rogar por los vivos, que junto con nosotros cada día enfrentan las dificultades de la vida. Todos, vivos y difuntos, estamos en comunión; en esa comunidad de quienes han recibido el bautismo, se han nutrido del Cuerpo de Cristo y hacen parte de la gran familia de Dios.

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los venidos de España y Latinoamérica. Los invito a rezar unos por otros para que las obras de misericordia corporales y espirituales se conviertan cada vez más en el estilo de nuestra vida. Muchas gracias.

* * *

Hoy se celebra la fiesta del apóstol Andrés, hermano de san Pedro. Su carrera hacia el sepulcro al encuentro del Señor, os debe recordar, queridos jóvenes, que nuestra vida es una peregrinación hacia la Casa del Padre; que su fuerza a la hora de hacer frente al martirio os sostenga, queridos enfermos, cuando el sufrimiento se vuelva insoportable; y que se apasionado seguimiento a Cristo os lleve, queridos jóvenes esposos, a daros cuenta de la importancia del amor en vuestras nuevas familias.Y en la festividad del apóstol Andrés, me gustaría saludar a la  Iglesia de Constantinopla y al amado Patriarca Bartolomé  y unirme a él y a la Iglesia de Constantinopla, en esta festividad -a esa iglesia hermana en el nombre de Pedro y Andrés, todos juntos- y desearle todo el bien posible, todas las bendiciones del Señor y un gran abrazo.

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