Homilía de Mons. Fernando Ocáriz en el funeral del prelado del Opus Dei

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Las palabras de Jesús que acabamos de oír son una maravillosa apertura de su corazón. El Señor habla a su Padre y a sus discípulos; y así también nosotros, los cristianos, estamos llamados a hablar con Dios y con nuestros hermanos. La evangelización, el apostolado, es precisamente el fruto de nuestra intimidad con Dios, come escribió San Josemaría: “Tu apostolado debe ser una superabundancia de tu vida «para adentro»”[1].

En esta celebración eucarística en sufragio del obispo y Prelado del Opus Dei, el evangelio me trae a la memoria la naturalidad con que Mons. Javier Echevarría procuraba enseñarnos a amar a Cristo y a los demás. No había día en el que no comentase algún pasaje de la Liturgia de la Palabra o de los demás textos de la Misa. Lo hacía, claro, en meditaciones o conversaciones espirituales, pero también en medio de la sencillez de su vida cotidiana. Así, en un mismo momento se ponía a rezar e invitaba a rezar a quienes le rodeaban: por un viaje del Papa, por la paz en Siria, por las víctimas de las calamidades naturales, por los refugiados, por los desempleados, y por los enfermos, por quienes ha tenido siempre una predilección particular, que aprendió también de San Josemaría. De regreso de un viaje largo, antes de volver a casa, se acercaba algunas veces al hospital para visitar a algún enfermo. Todos tenían un lugar en su corazón. Había aprendido del Fundador del Opus Dei a “amar al mundo apasionadamente” porque, como explicaba el santo, “en el mundo encontramos a Dios (…) en los sucesos y acontecimientos del mundo Dios se nos manifiesta y se nos revela”[2]. Y así, Mons. Echevarría amaba la vida real, los hechos, las historias bellas y verdaderas de la misericordia de Dios.

Tuvo que responder a un desafío: ser el sucesor de dos santos, San Josemaría y el beato Álvaro del Portillo. Estaba convencido de no estar a la altura. Pero, a la vez, tenía la fuerza espiritual y la valentía para ir adelante, sin perder nunca la esperanza, porque era uno de estos pequeños a quienes el Señor ha revelado el misterio de su amor (cfr. Mt 11,29).

Había conocido en su juventud el amor de Cristo. Inicialmente, en el hogar doméstico; después, con la gran luz que supuso en su vida el encuentro con san Josemaría: descubrió entonces con mayor profundidad la belleza del amor de Cristo. Recordaba cómo, en aquella época, pocos días después de haber estado por primera vez con san Josemaría, iba en coche con él y con algunos otros, y le oyó cantar una canción popular de amor humano, que san Josemaría llevaba al plano divino: “Tengo un amor que me llena de alegría, y es este amor la ilusión de cada día”. Entendió que ese amor era el Amor de Dios por nosotros, y que el Espíritu Santo infundía en nuestro corazón el amor para amar a Dios y a los demás. “Mi yugo es suave y mi carga es ligera” (Mt 11,30), dice Jesús, porque el yugo es el amor: “Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 15,12).

Cuando Javier Echevarría fue ordenado sacerdote, aunque era muy joven, la Misa se había convertido ya en el centro y raíz de su vida, porque la Eucaristía es “fuente y cima de toda la evangelización”[3], como enseña el Concilio Vaticano II. Durante más de sesenta años, mientras se revestía con la casulla para celebrar los santos misterios, le gustaba rezar con el corazón aquella oración de la Iglesia que recuerda la dulzura del yugo del Señor: la inmensidad de su caridad y de su misericordia, revelada de modo excelso en Jesús, muerto sobre la Cruz y resucitado por nosotros.

Siguiendo el ejemplo y las enseñanzas de san Josemaría, Javier Echevarría fue un hombre de corazón grande, capaz tanto de perdonar como de pedir perdón. Fue un gran amante del sacramento de la Reconciliación y de la Penitencia, en el que dejamos entrar a Jesús en nuestra alma, y experimentamos la “plena libertad del amor, con el que Dios entra en la vida de cada persona”[4], como escribe el Santo Padre Francisco. Mons. Echevarría, como vicario general de la Prelatura, nunca tuvo otro objetivo que el de ayudar al beato Álvaro del Portillo en su misión de guiar esta pequeña parte del Pueblo de Dios. Después, a partir de su nombramiento como Prelado por parte de Juan Pablo II, su pensamiento y su deseo más ardiente fue el de ayudar, a quienes habían pasado a ser sus hijos e hijas espirituales, a buscar verdaderamente la santidad que Dios desea darnos; a irradiar el amor de Dios en nuestro ambiente, especialmente mediante la búsqueda de la santificación a través del trabajo y de las actividades de la vida ordinaria: en la familia, con los amigos, en la sociedad. De hecho, se nos ha marchado al Cielo rezando por la fidelidad de todos.

Pienso que podemos descubrir el secreto de todo esto en la lectura del Evangelio que acabamos de escuchar. Es la oración, la fe en la presencia amorosa de Dios, que nos hace hijos de Dios en Cristo mediante el Espíritu Santo: “Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños” (Mt 11,25). Efectivamente, la santidad no es otra cosa que la plenitud de la caridad en nosotros: hacer fructificar los talentos que Dios nos da, salir de nosotros mismos hacia los demás; la participación en la vida de Cristo, es decir, el crecimiento de la filiación adoptiva en el único y eterno Hijo del Padre. Se podría decir que dentro del corazón de Mons. Echevarría bullía la espera impaciente de la revelación de los hijos de Dios, a la que se refiere san Pablo en la Carta a los Romanos (cfr. Rm 8,19).

Querría agradecer a los cardenales, a los arzobispos y obispos, a los hermanos en el sacerdocio, a las religiosas y religiosos, así como a las autoridades civiles, y a tantos otros fieles que han querido unirse a nuestra oración por Mons. Echevarría, y dar gracias junto a nosotros por esta vida entregada al servicio a los demás.

Me gustaría añadir ahora algunas palabras, pensando especialmente en los fieles de la Prelatura. Si estuviera aquí entre nosotros aquel al que hemos llamado Padre durante estos veintidós años, seguramente nos pediría que aprovecháramos estos días para intensificar nuestro amor por la Iglesia y por el Papa, que permaneciéramos muy unidos entre nosotros y con todos nuestros hermanos en Cristo. Y nos repetiría aquello que, especialmente durante sus últimos años en la tierra, había llegado a ser en sus labios un estribillo: quereos mucho, ¡que os queráis cada vez más! Y no solo en sus labios: impresionaba ver cómo quería a los demás. Recuerdo por ejemplo que el día antes de su muerte me manifestó la preocupación de estar quizá siendo un estorbo al ver a tantas personas que se ocupaban de él. Y me salió espontáneo decirle: “No, Padre, es usted quien nos sostiene a todos”.

Queridos hermanos y hermanas, todas las gracias nos llegan a través de la mediación de María. El padre la quería mucho. Entre los muchos santuarios de la Virgen a los que peregrinó junto a san Josemaría y el beato Álvaro, y después como Prelado, estuvo el de Nuestra Señora de Guadalupe en México. La Providencia ha querido que el Padre fuera llamado al Cielo el mismo 12 de diciembre, fiesta de la Virgen de Guadalupe. El mismo día, cuando su estado había empeorado, un sacerdote le preguntó si deseaba tener enfrente una imagen de la Virgen de Guadalupe; el Padre le respondió que no hacía falta, porque no podría verla. Pero añadió que de todas formas la sentía muy cercana. Dejemos en manos de la Virgen María, spes nostra, esperanza nuestra, nuestra oración por Mons. Javier Echevarría, mientras damos gracias al Señor por habernos dado a este pastor bueno y fiel.

San Eugenio, jueves 15 diciembre 2016.


[1] Camino, 961.

[2] Conversaciones, 70.

[3] Concilio Vaticano II, Decreto Presbyterorum Ordinis, n. 5.

[4] Francisco, Carta apostólica Misericordia et Misera, n. 2.

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