Palabras del Santo Padre Francisco al rezo del Ángelus Domini, 08.01.2017

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8 de enero de 2017.- Concluida la Santa Misa con la administración del Bautismo a un grupo de niños en la Capills Sixtina, a las 12 horas, el Santo Padre se ha asomado a la ventana de su estudio en el Palacio Apostólico Vaticano para el rezo del Ángelus Domini con los fieles y peregrinos congregados en la Plaza de San Pedro.

Estas son las palabras del Papa al introducir la oración mariana:

Antes del Ángelus
[texto original: italiano – traducción: Iglesiaactualidad]

Queridos hermanos y hermanas, buenos días.

Hoy, fiesta del Bautismo de Jesús, el Evangelio (Mt 3, 13-17) nos presenta la escena que tuvo lugar a orillas del río Jordán: en medio de la muchedumbre penitente que avanza hacia Juan Bautista para recibir el bautismo está también Jesús. Hacía la fila. Juan quería impedírselo diciendo: «Soy yo el que necesito que tú me bautices» (Mt 3, 14). En efecto, el Bautista es consciente de la gran distancia que existe entre él y Jesús. Pero Jesús ha venido precisamente para colmar la distancia entre el hombre y Dios: si él está enteramente de la parte de Dios, también está enteramente de la parte del hombre y reúne lo que estaba dividido. Por esto pide a Juan que lo bautice, para que se cumpla toda justicia (cfr. v. 15), es decir, para que se realice el designio del Padre, que pasa a través del camino de la obediencia y de la solidaridad con el hombre frágil y pecador, el camino de la humildad y de la plena cercanía de Dios a sus hijos. ¡Porque Dios está muy cerca de nosotros, mucho!

En el momento en el que Jesús, bautizado por Juan, sale de las aguas del río Jordán, la voz de Dios Padre se hace sentir desde lo alto: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco» (v. 17). Y al mismo tiempo el Espíritu Santo, en forma de paloma, se posa sobre Jesús, que da públicamente comienzo a su misión de salvación; misión caracterizada por un estilo, el estilo del siervo humilde y dócil, dotado sólo de la fuerza de la verdad, como había profetizado Isaías: «No gritará, no clamará, […] la caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no la apagará. Manifestará la justicia con verdad». (42,2-3). Siervo humilde y manso.

He aquí el estilo de Jesús, y también el estilo misionero de los discípulos de Cristo: anunciar el Evangelio con mansedumbre y firmeza, sin gritar, si gritar a nadie, sin arrogancia o imposición. La verdadera misión no es jamás proselitismo sino atracción a Cristo. Pero, ¿cómo? ¿Cómo se hace esta atracción a Cristo? Con el propio testimonio, a partir de la fuerte unión con Él en la oración, en la adoración y en la caridad concreta, que es servicio a Jesús presente en el más pequeño de los hermanos. A imitación de Jesús, pastor bueno y misericordioso, y animados por su gracia, estamos llamados a hacer de nuestra vida un testimonio alegre que ilumina el camino, que lleva esperanza y amor.

Esta fiesta nos hace redescubrir el don y la belleza de ser un pueblo de bautizados, es decir, de pecadores -todos lo somos- salvados por la gracia de Cristo, insertados realmente, por obra del Espíritu Santo, en la relación filial de Jesús con el Padre, recibidos en el seno de la madre Iglesia, hechos capaces de una fraternidad que no conoce confines ni barreras.

Que la Virgen María nos ayude a los cristianos a conservar una conciencia siempre viva y agradecida de nuestro Bautismo y a recorrer con fidelidad el camino inaugurado por este Sacramento de nuestro renacimiento. Y siempre humildad, mansedumbre y firmeza.

Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas,

En el contexto de la fiesta del Bautismo del Señor, esta mañana he bautizado a un hermoso grupo de bebés: veintiocho. Oremos por ellos y sus familias. Y también ayer a la tarde bauticé a un joven catecúmeno. Me gustaría extender mis oraciones a todos los padres que en este momento se están preparando para el Bautismo de su hijo, o lo acaban de celebrar. Invoco al Espíritu Santo sobre ellos y sobre los niños, para que este Sacramento, tan simple y al mismo tiempo tan importante, sea vivido con fe y alegría.

Quisiera invitaros a uniros a la Red Mundial de Oración del Papa, que difunde, a través de las redes sociales, las intenciones de oración que propongo cada mes a toda la Iglesia. Así se lleva adelante el apostolado de la oración y se hace crecer la comunión.

En estos días de tanto frío pienso y os invito a pensar en todas las personas que viven en la calle, azotadas por el frío y tantas veces por la indiferencia. Desgraciadamente, algunos no han sobrevivido, pidamos por ellos y pidamos al Señor que  caliente nuestro corazón para poder ayudarlos.

Os saludo a todos vosotros, fieles y peregrinos de Italia y de varios países, en particular el grupo de jóvenes de Cagliari, a quienes animo a continuar en el camino iniciado con el Sacramento de la Confirmación. Y os doy las gracias porque me dais la oportunidad de destacar que la Confirmación no es sólo un punto de llegada -como algunos dicen, el “sacramento del adiós”, no no…- sino que es sobretodo un punto de partida en la vida cristiana. ¡Adelante, con la alegría del Evangelio!

Os deseo a todos un buen domingo. Y por favor, no se olvidéis de rezar por mí.

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