La esperanza cristiana y los falsos ídolos

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Audiencia general del Santo Padre

11 de enero de 2017.- La audiencia general de esta mañana se ha celebrado a las 9.40 horas en el Aula Pablo VI donde el Santo Padre Francisco se ha reunido con grupos de peregrinos y fieles provenientes de Italia y de todas las partes del mundo.

En el discurso en italiano el Papa, continuando con el ciclo de catequesis sobre la esperanza cristiana, ha centrado su meditación en el Salmo 115. Las falsas esperanzas en los ídolos (cfr Sal 115,4-5.8-11).

Tras haber resumido su catequesis en distintos idiomas, el Santo Padre ha dirigido diversos saludos particulares a los grupos y fieles presentes.

La audiencia general ha concluido con el canto del Pater Noster y la Beneidción Apostólica.

Catequesis del Santo Padre
[texto original: italiano – traducción: Iglesiaactualidad]

Queridos hermanos y hermanas, buenos días.

En el pasado mes de diciembre y en la primera parte de enero hemos celebrado el tiempo de Adviento y luego el de Navidad: un período del año litúrgico que despierta en el pueblo de Dios la esperanza. La esperanza es una necesidad básica del hombre: esperar en el futuro, creer en la vida, el llamado “pensamiento positivo”.

Pero es importante que esta esperanza se ponga en lo que realmente puede ayudar a vivir y dar un sentido a nuestra existencia. Esta es la razón por la cual la Sagrada Escritura nos alerta de las falsas esperanzas que el mundo nos presenta, desenmascarando su inutilidad y  mostrándonos su insensatez. Y lo hace de muchas maneras, pero sobre todo denunciando la falsedad de los ídolos en los que el ser humano está continuamente tentado de poner su confianza, convirtiéndolos en objeto de su esperanza.

En particular los profetas y sabios insisten en esto, tocando un punto neurálgico del camino de la fe del creyente. Porque la fe es fiarse de Dios –el que tiene fe se fía de Dios-, pero llega el momento en que el ser humano, al enfrentarse con las dificultades de la vida experimenta la fragilidad de esa confianza y siente la necesidad de  certezas diferentes, de seguridades tangibles, concretas. Yo confío en Dios, pero la situación está algo fea y necesito una certeza algo más concreta. ¡Y allí está el peligro! Y entonces nos vemos tentados de buscar consuelos también efímeros, que parecen llenar el vacío de la soledad y aliviar la fatiga del creer. Y pensamos encontrarlas en la seguridad que puede dar, por ejemplo, el dinero el dinero, la  alianza con los poderosos, la mundanidad, las falsas ideologías. A veces las buscamos en un Dios que puede doblegarse a nuestras peticiones e intervenir mágicamente para cambiar la realidad y hacerla como queremos;  es decir, en un ídolo, que como tal no puede hacer nada, impotente y engañoso. Pero, ¡a nosotros nos gustan tanto los ídolos! Una vez, en Buenos Aires, debía ir de una iglesia a otra, a mil metros, más o menos. Y lo hice, caminando. Y había un parque por ahí, y en el parque habían pequeñas mesas, muchas, donde estaban sentados los videntes. Y estaba lleno de gente, incluso hacían colas, había mucha gente; y tú le dabas la mano y él comenzaba… Pero, el discurso era siempre el mismo: hay una mujer en tu vida, una sombra que se aproxima, pero todo saldrá bien… Y luego, había que pagar ¿Y esto es lo que da seguridad? La seguridad -permitid que lo diga- de una estupidez. Ir a los adivinos que leen las cartas: ¡eso es un ídolo! Y cuando estamos tan apegados a los ídolos compramos falsas esperanzas. Mientras que aquella que es la esperanza de la gratuidad, la que nos trajo Jesucristo, gratuitamente dando la vida por nosotros, de esa a veces no nos fiamos tanto.

Un Salmo lleno de sabiduría nos describe de modo muy sugestivo la falsedad de estos ídolos que el mundo ofrece a nuestra esperanza y a la cual los hombres de todo tiempo son tentados a encomendarse. Es el Salmo 115, que dice así:

«Sus ídolos, en cambio, son plata y oro,
hechura de manos humanas:
tienen boca, y no hablan;
tienen ojos, y no ven;
tienen orejas, y no oyen;
tienen nariz, y no huelen;
tienen manos, y no tocan;
tienen pies, y no andan;
no tiene voz su garganta:
que sean igual los que los hacen,
cuantos confían en ellos» (vv. 4-8).

El salmista nos presenta, también de manera algo irónica, la realidad absolutamente efímera de estos ídolos. Y hay que entender que no se trata solo de figuras  hechas de metal o de otro material, sino también de nuestras construcciones mentales cuando nos fiamos de realidades limitadas que transformamos en absolutas, o cuando reducimos a Dios a nuestros esquemas y a nuestras ideas de la divinidad; un dios que se parece a nosotros, comprensible y predecible, igual que los ídolos mencionados en el Salmo. El hombre, imagen de Dios, se fabrica un dios a su imagen, y es también una imagen mal hecha: no oye, no actúa, y sobre todo no puede hablar. Pero nosotros estamos más contentos cuando vamos ante los ídolos que cuando nos ponemos ante el Señor. Muchas veces estamos más contentos de la esperanza efímera que da un ídolo falso que de la gran esperanza segura que nos da el Señor.

A la esperanza de un Señor de la vida que, con su palabra ha creado el  mundo y conduce nuestras vidas, se contrapone la confianza en simulacros mudos. Las ideologías con sus pretensiones de  absoluto, la riqueza, que es un gran ídolo, el poder y el éxito, la vanidad,  con su ilusión de  eternidad y omnipotencia. Valores como la belleza física y la salud,  cuando se convierten en ídolos a lso que sacrificar todo, son realidades que confunden la mente y el corazón, y en vez de favorecer la vida llevan a la muerte. Es muy feo  y duele el alma cuando se escucha lo que hace años escuché en la diócesis de Buenos Aires: una buena mujer, muy guapa, que se vanagloriaba de su belleza, comentaba como si fuera natural: “Eh, sí, he tenido que abortar porque mi tipo es muy importante”. Estos son los ídolos y te llevan por el camino equivocado y no te aportan felicidad.

El mensaje del Salmo es muy claro: si ponemos nuestra esperanza en los ídolos,  nos hacemos como ellos. “Imágenes huecas con  manos que no  tocan,  pies que no caminan, bocas que no pueden hablar. Ya no se tiene nada que decir,  nos volvemos incapaces de ayudar, de cambiar las cosas. De sonreír, de entregarse, de amar .Y también nosotros, hombres de la Iglesia, corremos este riesgo cuando nos “mundanizamos”. Hay que estar en el mundo pero defenderse de sus ilusiones, que son los ídolos de los que he hablado.

Como prosigue el Salmo, se necesita confiar y esperar en Dios, y Dios dará su bendición:

Así dice el Salmo:

 

«Israel confía en el Señor […]
La casa de Aarón confía en el Señor […]
Los que temen al Señor confían en el Señor […]
Que el Señor se acuerde de nosotros y nos bendiga» (vv. 9.10.11.12).

El Señor se acuerda siempre. Incluso en los peores momentos se acuerda de nosotros. Esta es nuestra esperanza. Y la esperanza no defrauda. Jamás. Los ídolos defraudan siempre: son fantasías, no son realidades.

Esta es la maravillosa realidad de la esperanza: confiando en el Señor, nos hacemos como  Él, su bendición nos transforma en hijos suyos que comparten su vida. La esperanza en Dios nos hace entrar, por así decirlo, en el radio de acción de su memoria que nos bendice y nos salva. Y entonces puede brotar el aleluya, la alabanza al Dios vivo y verdadero, que para nosotros nació de María, murió en la cruz y resucitó en  la gloria.Y en este Dios tenemos esperanza y este Dios –que no es un ídolo- no defrauda nunca.

Síntesis de la catequesis y saludo en español

Queridos hermanos y hermanas

La esperanza, esperar en el futuro, creer en la vida, es una necesidad primaria del hombre. Pero es importante que pongamos nuestra confianza en lo que verdaderamente pueda ayudar a vivir y dar sentido a la existencia.

La Sagrada Escritura nos advierte contra las falsas esperanzas que el mundo presenta, denunciando la paradoja de sus ídolos. El hombre, al buscar seguridades tangibles y concretas, cae en la tentación de las consolaciones efímeras —dinero, alianza con los potentes, mundanidad, falsas ideologías— que parecen colmar el vacío de soledad y mitigan el cansancio de creer.

El salmo 115 describe de modo sugestivo la realidad absolutamente fugaz de estos ídolos. Advierte que quien pone la esperanza en ellos termina siendo como ellos: imágenes vacías con manos que no tocan, pies que no caminan, boca que no puede hablar. No se tiene nada que decir, se es incapaz de ayudar, cambiar las cosas, sonreír, donarse, amar. El hombre en cambio ha de ser imagen de Dios, confiando y esperando en su gracia y bendición.

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los venidos de España y Latinoamérica. Los invito a poner plenamente su confianza en el Señor para que de su vida brote la alabanza al Dios vivo y verdadero, que por nosotros nació de María, murió sobre la cruz y ha resucitado en la gloria. Muchas gracias.

* * *

Ahora tengo que deciros algo que no me gustaría decir, pero tengo que hacerlo. Para participar  en las audiencias hay entradas en las que está escrito en uno, dos, tres, cuatro, cinco y seis idiomas que “La entrada es gratis”. Para ir a la audiencia, tanto en el aula como en la plaza, no hay que pagar; es una visita gratuita que se hace al Papa para hablar con el Papa, con el obispo de Roma. Pero he sabido que hay algunos “espabilados” que obligan a pagar las entradas. Si alguno os dice que para ir a la audiencia del Papa hace falta pagar, os está estafando: prestad atención. La entrada es gratuita. Aquí se viene sin pagar porque esta casa es de todos. Y si alguno os pide que paguéis para entrar en la audiencia comete un delito, como un delincuente y hace algo que no se debe hacer.

Un saludo especial a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados. El domingo pasado celebramos la fiesta del Bautismo del Señor, una ocasión propicia para reconsiderar el propio bautismo en la fe de la Iglesia. Queridos jóvenes, volved a descubrir todos los días la gracia que viene del sacramento recibido. Queridos enfermos, sacad del bautismo las fuerzas para afrontar los momentos de dolor y malestar. Y vosotros, queridos recién casados, traducid los compromisos del bautismo en vuestro camino de vida familiar.

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