Audiencia del Santo Padre a la Plenaria de la Congregación para la Educación Católica

francisco

9 de febrero de 2017.– A las 11.40 horas de esta mañana, en la Sala Clementina del Palacio Apostólico, el Santo Padre Francisco ha recibido en audiencia a los participantes en la Plenaria de la Congregación para la Educación Católica (de los Institutos de Estudio).

Tras el saludo del cardenal Giuseppe Versaldi, prefecto de dicha Congregación, el Papa ha dirigido a los presentes el siguiente discurso:

Discurso del Santo Padre
[texto original: italiano – traducción: Iglesiaactualidad]

Queridos hermanos y hermanas,

Agradezco al cardenal Prefecto sus palabras de introducción a este encuentro y saludo cordialmente a los miembros de la Congregación para la Educación Católica nombrado recientemente, entre los cuales al mismo Prefecto, que presido por primera vez la Asamblea Plenaria. Saludo a los componentes de la Fundación Gravissimum educationis, da constituida para profundizar los contenidos de la Declaración conciliar.

En estos días habéis considerado muchos temas, para hacer un balance de los últimos tres años y para trazar las directrices para el futuro.

Las áreas del vasto campo de la educación que son responsabilidad de vuestra Congregación se han dedicado a la reflexión y el debate diferentes temas, como la formación inicial y permanente de los profesores y directivos, también teniendo en cuenta la necesidad de una educación inclusiva e informal; la contribución insustituible de las congregaciones religiosas, el apoyo que puede venir de las Iglesias particulares y organizaciones del sector. Buena parte del trabajo se ha dedicado a las universidades eclesiásticas y católicas para la actualización de la Constitución Apostólica Sapientia christiana; a la promoción de los estudios de Derecho Canónico en relación con la reforma del proceso de nulidad matrimonial, a la pastoral universitaria. También habéis considerado la posibilidad de ofrecer las pautas para aumentar la responsabilidad de todos los implicados en el difícil campo de la educación.

Como he resaltado en la Exhortación Evangelii gaudium, «las Universidades son un ámbito privilegiado para pensar y desarrollar este empeño evangelizador» y «las escuelas católicas […] constituyen un aporte muy valioso a la evangelización de la cultura, aun en los países y ciudades donde una situación adversa nos estimule a usar nuestra creatividad para encontrar los caminos adecuados» (n. 134).

En este horizonte de evangelización me siento obligado a compartir con vosotros algunas expectativas.

En primer lugar, frente a un individualismo intrusivo,  que hace humanamente pobre y culturalmente estéril, es necesario humanizar la educación. Las escuelas y universidades tienen pleno sentido sólo en relación con la formación de la persona. En este proceso de crecimiento humano todos los educadores están llamados a colaborar con su profesionalismo y con la riqueza de la humanidad que aportan, para ayudar a los jóvenes a ser constructores de un mundo más unido y pacífico. Incluso las instituciones educativas más católicos tienen la misión de ofrecer horizontes abiertos a la trascendencia. Gravissimum educationis recuerda que la educación está al servicio de un humanismo integral y que la Iglesia, como madre, educadora, siempre mira siempre a las generaciones más jóvenes en la perspectiva de «la formación de la persona humana en orden a su fin último y al bien de las varias sociedades, de las que el hombre es miembro y de cuyas responsabilidades deberá tomar parte una vez llegado a la madurez» (n. 1).

Otra expectativa es hacer crecer la cultura del diálogo. Nuestro mundo se ha convertido en una aldea global con múltiples procesos de interacción, donde cada persona pertenece a la humanidad y comparte la esperanza de un futuro mejor con toda la familia de las naciones. Al mismo tiempo, por desgracia, hay muchas formas de violencia,  pobreza,  explotación, discriminación,  marginación, enfoques restrictivos de las libertades fundamentales que crean una cultura del descarte. En este contexto, las instituciones educativas católicas están llamadas en primera línea a practicar la gramática del diálogo que forma el encuentro y a la valorización de la diversidad cultural y religiosa. El diálogo, de hecho, educa a la persona que se relaciona con el respeto, la estima, la sinceridad que escucha y se expresa con autenticidad, sin desenfoque o mitigar su identidad inspiración evangélica alimentada. Se anima a la creencia de que la generación más joven, educada en un diálogo entre cristianos, va a salir de las aulas escolares y universitarios motivados para construir puentes y, por lo tanto, para encontrar nuevas respuestas a los muchos desafíos de nuestro tiempo. En un sentido más específico escuelas y universidades están llamadas a enseñar un método de diálogo intelectual dirigido a la búsqueda de la verdad. Santo Tomás ha sido y sigue siendo un maestro de este método, que consiste en tomar en serio a la otra persona, al interlocutor, procurando llegar al fondo de  sus razones, de sus objeciones, para responder de una manera no superficial, sino adecuada. Sólo  así se avanza realmente  juntos en el conocimiento de la verdad.

Existe una expectativa final que me gustaría compartir con vosotros: la contribución de la educación a sembrar esperanza. El hombre no puede vivir sin esperanza y la educación genera esperanza. De hecho, la educación es un dar a luz, es un crecer, se coloca en la dinámica de dar vida. Y la vida que nace es la fuente por excelencia de  la esperanza, una vida en busca de la belleza, la bondad, la verdad y la comunión con los demás para un crecimiento común. Estoy convencido de que los jóvenes de hoy necesitan sobre todo  esta vida que construye el futuro. Por lo tanto, el verdadero educador es como un padre y una madre que transmite una vida capaz de futuro. Para tener este pulso hace falta oír a los jóvenes: la “labor de oreja”. ¡Oír a los jóvenes! Y lo haremos especialmente con el próximo Sínodo de los Obispos dedicados a ellos. La educación, además, tiene en común con la esperanza la misma “materia” del riesgo. La esperanza no es un optimismo superficial, ni tampoco la capacidad de mirar las cosas con benevolencia, sino ante todo es saber arriesgarse de la manera correcta, igual que la educación.

Queridos hermanos y hermanas, las escuelas y universidades católicas dan una gran contribución a la misión de la Iglesia cuando están al servicio del crecimiento en humanidad, en el diálogo y en  la esperanza. Os doy las gracias por el trabajo que hacéis para que las instituciones educativas sean lugares y experiencias de evangelización. Invoco sobre vosotros el Espíritu Santo, por intercesión de María, Sedes Sapientiae, para que haga eficaz vuestro ministerio en favor de la educación. Y os pido, por favor, que recéis por mí, y os bendigo de corazón. ¡Gracias!

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