Proteger la paz

fran16022017

Jueves 16 de febrero de 2017

Homilía del Santo Padre Francisco
Jueves de la VI semana del tiempo ordinario

La paloma, el arco iris y la alianza. Tres imágenes de la primera Lectura del Libro del Génesis (9,1-13), donde se narra cuando Noé liberó la paloma después del diluvio. Esa paloma, que vuelve con el ramo de olivo, es la señal de lo que Dios quería tras el diluvio: la paz, que todos los hombres estuvieran en paz. La paloma y el arco iris son frágiles. El arco iris es bonito tras la tormenta, pero luego viene una nube y desaparece. También la paloma es frágil. Recuerdo que, hace dos años, en el Ángelus del domingo, un gavilán mató a las dos palomas que solté junto a dos niños desde la ventana del Palacio Apostólico.

La alianza que Dios hace es fuerte, pero nosotros la recibimos y la aceptamos también con debilidad. Dios hace la paz con nosotros, pero no es fácil conservar la paz. Es una labor de todos los días, porque dentro de nosotros todavía está esa semilla, aquel pecado original, el espíritu de Caín que, por envidia, celos, codicia y querer de dominación, hace la guerra. Hablando de la alianza entre Dios y los hombres, se hace referencia a la sangre. De vuestra sangre –se lee en la primera lectura– yo os pediré cuentas; “pediré cuentas de vuestra sangre, que es vuestra vida; se las pediré a cualquier animal. Y al hombre le pediré cuentas de la vida de su hermano”. Somos protectores de nuestros hermanos, y cuando hay derramamiento de sangre hay pecado y Dios nos pedirá cuentas. Hoy en el mundo hay derramamiento de sangre. Hoy el mundo está en guerra. Tantos hermanos y hermanas mueren, incluso inocentes, porque los grandes, los poderosos, quieren un trozo más de tierra, un poco más de poder o quieren ganar un poco más con el tráfico de armas. Y la Palabra del Señor es clara: “Pediré cuentas de vuestra sangre, que es vuestra vida; se las pediré a cualquier animal. Y al hombre le pediré cuentas de la vida de su hermano”. También a nosotros, que parece que estamos aquí en paz, el Señor pedirá cuentas de la sangre de nuestros hermanos y hermanas que sufren la guerra.

¿Cómo protejo yo la paloma? ¿Qué hago para que el arco iris sea siempre una guía? ¿Qué hago para que no se derrame más sangre en el mundo? Todos estamos implicados en esto. La oración por la paz no es una formalidad, el trabajo por la paz no es una formalidad. La guerra comienza en el corazón del hombre, comienza en casa, en las familias, entre amigos, y luego va más allá, a todo el mundo. ¿Qué hago cuando siento que viene a mi corazón algo que quiere destruir la paz? La guerra comienza aquí (se señala el corazón) y acaba allá (señala a lo lejos). Las noticias las vemos en los periódicos, en la televisión. Hoy tanta gente muere, y esa semilla de guerra que hace la envidia, los celos, la codicia en mi corazón, es la misma —crecida, hecha árbol— que la bomba que cae en un hospital, en una escuela, y mata niños. Es lo mismo. La declaración de guerra comienza aquí, en cada uno. Por eso la pregunta: ¿Cómo protejo yo la paz en mi corazón, en mi interior, en mi familia? Proteger la paz, no solo conservarla: hacerla con las manos, artesanalmente, todos los días. Y así lograremos hacerla en el mundo entero.

La sangre de Cristo es lo que hace la paz, pero no la sangre que yo hago con mi hermano o que hacen los traficantes de armas o los poderosos de la tierra en las grandes guerras. Recuerdo que, siendo niño, comenzó a sonar la alarma de los bomberos, y luego salió en los periódicos y en toda la ciudad. Se hacía para llamar la atención sobre un hecho o una tragedia u otra cosa. Y en seguida oí a la vecina de casa que llamaba a mi madre: “¡Señora Regina, venga, venga, venga!”. Y mi madre salió un poco asustada: “¿Qué ha pasado?”. Y aquella mujer, desde la otra parte del jardín, le decía: “¡Ha terminado la guerra!”, y lloraba. Todavía me acuerdo del abrazo entre las dos mujeres, el llanto y la alegría porque la guerra había acabado.

Que el Señor nos dé la gracia de poder decir, llorando: “Ha terminado la guerra. Ha terminado la guerra en mi corazón, ha terminado la guerra en mi familia, ha terminado la guerra en mi barrio, ha terminado la guerra en el puesto de trabajo, ha terminado la guerra en el mundo”. Así será más fuerte la paloma, el arco iris y la alianza. Que así sea.

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