Audiencia a los Clérigos Marianos de la Inmaculada Concepción

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18 de febrero de 2017.- A las 12 horas, en la Sala del Consistorio del Palacio Apostólico Vaticano, el Santo Padre Francisco ha recibido en audiencia a los participantes en el Capítulo Genera de la Congregación de Clérigos Marianos de la Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María, que se celebra en Roma del 5 al 25 de febrero de 2017.

Ofrecemos a continuación el discurso que el Santo Padre ha pronunciado durante la audiencia:

Discurso del Santo Padre
[texto original: italiano – traducción: Iglesiaactualidad]

Queridos hermanos,

Estoy contento por encontrarnos con motivo de vuestro Capítulo General y os saludo cordialmente, empezando por el Superior General, a quien agradezco sus palabras. En vosotros, saludo a toda la Congregación, comprometida a servir a Cristo y a la Iglesia en veinte países de todo el mundo.

Me enteré de que uno de los principales objetivos de vuestro Capítulo General es la reflexión sobre las leyes y el sistema propio de vuestra Congregación. Se trata de una tarea importante. De hecho, «vuelve a ser hoy urgente para cada Instituto la necesidad de una referencia renovada a la Regla, porque en ella y en las Constituciones se contiene un itinerario de seguimiento, caracterizado por un carisma específico reconocido por la Iglesia» (Ex. ap. post. Vita consecrata, 37). Por tanto, os  exhorto a hacer esta reflexión con fidelidad al carisma del Fundador y al patrimonio espiritual de vuestra congregación y, al mismo tiempo, con el corazón y la mente abiertos a las nuevas necesidades de las personas. Es verdad, tenemos que ir adelante con las nuevas necesidades, los nuevos retos, pero recordad: no se puede ir adelante sin memoria. Es una tensión, continuamente. Si quiero seguir adelante sin la memoria del pasado, de la historia de los fundadores, de los grandes, incluso de los pecados de la congregación, no podré hacerlo. Es una regla: la memoria, esta dimensión deuteronómica, propia de la vida y que se debe usar cuando hay que actualizar una congregación religiosa, las constituciones, siempre.

El ejemplo de vuestro fundador, san Estanislao de Jesús y María, canonizado el año pasado, sea luz y guía de vuestro camino. Él había entendido plenamente el significado de ser un discípulo de Cristo cuando rezaba con estas palabras: «Señor Jesús, si por amor me unes a ti, ¿quien podría arrancarme de ti? Si me unes a Ti en la misericordia, ¿quien me separará de Ti? Mi alma se adhiere a ti» (Christus Patiens, III, 1).

En esta perspectiva, vuestro servicio de la Palabra es  testimonio del Cristo resucitado, que habéis encontrado en vuestro camino y que con vuestro estilo de vida estáis llamados a llevar donde quiera que os envíe la Iglesia. El testimonio cristiano también requiere el compromiso con y por los pobres, un compromiso que caracteriza a vuestro Instituto desde el principio. Os animo a mantener viva esta tradición de servicio a la gente pobre y humilde, a través del anuncio del Evangelio con un lenguaje que comprendan, con las obras de misericordia y el sufragio por los  difuntos. Esa cercanía a la gente como nosotros, sencilla. Me gusta el pasaje de Pablo a Timoteo (cfr 2 Tm 1,5): custodia tu fe, la que has recibido de tu madre, de tu abuela… de la sencillez de la madre, de la abuela. Este es el fundamento. No somos príncipes, hijos de príncipes, de  condes o de barones; somos gente sencilla, del pueblo. Y por eso nos acercamos con esta simplicidad a los simples y a los que más sufren: los enfermos, los niños, los ancianos abandonados, los pobres…todos. Y esta pobreza está en el centro del Evangelio: es la pobreza de Jesús, no la pobreza sociológica, la de Jesús.

Otro legado espiritual significativo de vuestra familia religiosa es el que escribía en su diario el beato Jorge Matulaitis: la entrega total a la Iglesia y al hombre para «ir valerosamente  a trabajar y luchar por la Iglesia, especialmente donde hay más necesidad» (Journal, p. 45). Que su intercesión os ayude a cultivar en vosotros  esa actitud, que en las últimas décadas ha inspirado vuestros esfuerzos para difundir el carisma del Instituto en los países pobres, especialmente en África y Asia.

El gran desafío de la inculturación os pide hoy  que  anunciés la Buena Nueva en lenguajes y formas comprensibles a los hombres de nuestro tiempo, involucrados en procesos de transformación social y cultural  muy rápidos. Vuestra congregación tiene una larga historia, escrita por valientes testigos de Cristo y del Evangelio. En esta línea, hoy estáis llamados a caminar…, con libertad profética  y sabio discernimiento, -con los dos a la vez-  por caminos  apostólicos y  fronteras misioneras cultivando una estrecha colaboración con los obispos y los demás componentes de la comunidad eclesial.

Los horizontes de la evangelización y la urgente necesidad de testimoniar el mensaje del Evangelio a todos, sin distinción, constituyen el vasto campo de vuestro apostolado. Muchos todavía están a la espera de conocer a Jesús, único Redentor del hombre, y no pocas situaciones de injusticia y malestar moral y espiritual interpelan a los creyentes. Una misión tan urgente requiere una conversión personal y comunitaria. Sólo los corazones totalmente abiertos a la acción de la gracia son capaces de interpretar los signos de los tiempos y de percibir el anhelo de la humanidad necesitada de esperanza y paz.

Queridos hermanos y hermanas, en el ejemplo de vuestro fundador sed valientes en el servicio de Cristo y de la Iglesia, en respuesta a los nuevos retos y nuevas misiones, aunque humanamente puedan parecer arriesgados. De hecho en el “código genético” de vuestra comunidad se encuentra la experiencia de San Estanislao que decía: «A pesar de las muchas dificultades, la bondad y la sabiduría divina  inician y hacen lo que quieren, incluso cuando los medios, según  el juicio humano, son inadecuados. Para el Todopoderoso, de hecho, nada es imposible. Muy claramente se ha demostrado en mi persona» (Fundatio Domus Recollectionis, 1). Y esta actitud -que viene de la pequeñez de los medios, también de nuestra pequeñez, de nuestra indignidad porque somos pecadores, viene de allí, pero tenemos un horizonte grande- [esta actitud] es el acto de fe en la potencia del Señor: el Señor puede,  el Señor es capaz. Y nuestra pequeñez es la semilla, la pequeña semilla, que después germina, crece, el Señor la riega y sale adelante. Pero el sentido de pequeñez es precisamente el primer gesto de confianza en la potencia de Dios. Id adelante por este camino.

A vuestra Madre y Patrona, María  Inmaculada María, encomiendo vuestro camino de  fe y de crecimiento, en unión constante con Cristo y con su Santo Espíritu, que os hace testigos de la potencia de la Resurrección. A vosotros aquí presentes, a toda la Congregación y a vuestros colaboradores laicos imparto de corazón la Bendición Apostólica.

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