Audiencia general: Con alegría en la esperanza

francisco_audiencia

15 de marzo de 2017.- La audiencia general de esta mañana ha tenido lugar esta mañana a las 9,30 en la Plaza de San Pedro donde el Santo Padre Francisco ha encontrado a los grupos de peregrinos y fieles procedentes de Italia y de todos los lugares del mundo.

En su discurso en lengua italiana el Papa, retomando el ciclo de catequesis sobre el tema de la esperanza cristiana, ha dedicado su meditación al tema: “Con alegría en la esperanza” (cfr. Rm 12,9-13).

Después de resumir su catequesis en diversas lenguas, el Santo Padre ha saludado en particular a los grupos de fieles presentes.

La audiencia general ha terminado con el canto del  Pater Noster  y la  bendición apostólica

Catequesis del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas, buenos días.

Sabemos que el gran mandamiento que nos dejó el Señor Jesús es amar: amar a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente y a tu prójimo como a ti mismo (cf. Mt 22.37 – 39), es decir, estamos llamados al amor, a la caridad:  Esta es nuestra vocación  más alta, nuestra vocación por excelencia; y a ella está también vinculada  la alegría de la esperanza cristiana. El que ama tiene la alegría de la esperanza, de llegar a encontrar el gran amor que es el Señor.

El apóstol Pablo, en el pasaje de la Carta a los Romanos, que acabamos de escuchar nos advierte: existe el peligro de que nuestra caridad sea hipócrita, de que nuestro amor sea hipócrita.  Debemos preguntarnos entonces: ¿Cuándo somos hipócritas?  Y ¿cómo podemos estar seguros de que nuestro amor sea sincero, de que nuestra caridad sea auténtica? De no fingir que hacemos caridad o de que nuestro amor no sea una telenovela: amor sincero, fuerte…

La hipocresía puede insinuarse en cualquier lugar, incluso en nuestra forma de amar. Sucede cuando el nuestro es un amor interesado, movido  por intereses personales;¡Y cuántos amores son interesados!… cuando los servicios caritativos en los que parece que nos prodigamos los hacemos para lucirnos o para sentirnos satisfechos: ¡Pero que bueno soy! ,¡No, eso es hipocresía! o cuando apuntamos a cosas que  tienen “visibilidad” para desplegar nuestra inteligencia o nuestras capacidades. Detrás de todo esto hay una idea falsa, engañosa; es decir, si amamos, es porque somos buenos; como si la caridad fuera una creación del hombre, un producto de nuestro corazón. La  caridad, en cambio, es ante todo una gracia, un regalo; poder amar es un don de Dios y tenemos que pedirlo. Y Él nos lo concede de buen grado, si se lo pedimos. La caridad es una gracia: no se trata de revelar lo que somos, sino aquello que el Señor nos da y que nosotros acogemos libremente; y no se puede expresar en el encuentro con los demás si primero no nace del encuentro con el rostro suave y misericordioso de Jesús.

Pablo nos invita a reconocer que somos pecadores y que también nuestra forma de amar está marcada por el pecado. Al mismo tiempo, sin embargo, se hace  portador de un anuncio nuevo, un anuncio de esperanza: el Señor abre ante nosotros un camino de liberación, un camino de salvación. Es la oportunidad de que también nosotros vivamo el gran mandamiento del amor, de convertirnos en instrumentos de la caridad de Dios. Y esto pasa cuando  dejamo que Cristo resucitado cure y renueve nuestro corazón. El Señor resucitado que vive entre nosotros, que vive con nosotros, es capaz de curar nuestro corazón: lo hace si se lo pedimos. Es Él quien nos permite, a pesar de nuestra pequeñez y de nuestra pobreza, experimentar la compasión del Padre y  celebrar las maravillas de su amor. Se entiende entonces que todo lo que podemos vivir y hacer por los hermanos no es más que una respuesta a lo que Dios ha hecho y continúa haciendo por nosotros. De hecho, es Dios mismo quien, tomando morada en nuestros corazones y en nuestras vidas, sigue acercándose y  sirviendo a todos los que encontramos día tras día en nuestro camino, empezando por los últimos y los más necesitados en los que Él mismo se identifica en primer lugar.

El apóstol Pablo, pues, con estas palabras no desea tanto reprocharnos, sino más bien  animarnos y reavivar en nosotros la esperanza. De hecho, todos tenemos la experiencia de no vivir plenamente  o como deberíamos el mandamiento del amor. Pero incluso esto es una gracia, porque hace que nos demos  cuenta de que nosotros mismos no somos capaces de amar de verdad: necesitamos que el Señor renueve continuamente este don en nuestros corazones, a través de la experiencia de su infinita misericordia. Y entonces, sí que volveremos  a apreciar las cosas pequeñas, las cosas simples, ordinarias; volveremos a apreciar estas pequeñas cosas de cada día y  seremos capaces de amar a los demás como Dios los ama, queriendo su bien, es decir, que sean santos, amigos de Dios; y estaremos contentos de tener la oportunidad de acercarnos al que es  pobre y humilde, como Jesús hace  con cada uno de nosotros cuando estamos lejos de Él, de arrodillarnos a los pies de los hermanos, como Él, el Buen Samaritano, hace con cada uno de nosotros, con su compasión y su perdón.

Queridos hermanos, esto  que  el apóstol Pablo nos ha recordado es el secreto para estar –uso sus palabras- “con alegría en la esperanza“, (Romanos 12:12), con alegría en la esperanza. La alegría de la esperanza  porque sabemos que en todas las circunstancias, incluso las más adversas, y también en medio de nuestros propios fracasos, el amor de Dios nunca falla. Y entonces, con el corazón visitado y habitado por su gracia y su verdad, vivimos con la alegre esperanza de contracambiar con los hermanos, por lo poco que podamos, todo lo que recibimos cada día de Él. Gracias.

Síntesis y saludo en español

Queridos hermanos y hermanas:

En la Catequesis de hoy, san Pablo nos recuerda que el secreto para mantenernos alegres en la esperanza es reavivar en nuestros corazones el amor de Dios.

Todos somos pecadores, pero el Señor, que es rico en misericordia, abre ante nosotros una vía de libertad y de salvación, que es la posibilidad de vivir el mandamiento del amor, dejándonos guiar por el corazón de Jesús Resucitado.

Vivir y actuar el mandamiento del amor es un don de la gracia de Dios; por eso, cuando amamos, hay que evitar caer en la hipocresía de buscar nuestros propios intereses, y también en la idea falsa de pensar que si amamos es sólo mérito nuestro.

La auténtica caridad nace del encuentro personal con el rostro misericordioso de Jesús, y nos lleva al encuentro sincero con los hermanos. Sólo de esta forma podremos mantenernos alegres en la esperanza, pues sabemos que a pesar de nuestras debilidades y fallos, y hasta en los momentos más difíciles, el amor de Dios nunca nos abandona, y nos impulsa a compartir con nuestros hermanos todo lo que cada día recibimos de él.

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos provenientes de España y Latinoamérica. En este tiempo de cuaresma, los invito a que, alegres en la esperanza, reaviven en sus corazones el amor que han recibido de Dios y lo compartan con todos los hombres con obras de caridad sincera. Que Dios los bendiga.

* * *

Por último, saludo a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados. El tiempo litúrgico de Cuaresma favorezca el reacercarse a  Dios: ayunad, no sólo de las comidas, sino sobre todo de los malos hábitos, queridos jóvenes, para obtener un mejor dominio de vosotros mismos; la oración sea para vosotros, queridos enfermos, el medio para sentir a Dios cerca, particularmente en el sufrimiento; el ejercicio de las obras de misericordia os ayude, queridos recién casados, a vivir vuestra existencia conyugal abriéndola a las necesidades de los hermanos.

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