Visita pastoral del Santo Padre a la diócesis de Carpi – Santa Misa en Piazza dei Martiri

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Domingo 2 de abril de 2017

Las Lecturas de hoy nos hablan del Dios de la vida, que vence la muerte. Detengámonos, en particular, sobre el último de los signos milagrosos que Jesús realiza antes de su Pascua, en el sepulcro de su amigo Lázaro.

Ahí todo parece terminado: la tumba está cerrada y la piedra e grande; entorno solo llanto y desolación. También Jesús está estremecido por el misterio dramático de la perdida de una persona querida: «Se conmovió en su espíritu» y estaba «estremecido» (Jn 11, 33). Después «se echó a llorar» (v. 35) y fue al sepulcro, dice el Evangelio, «conmovido de nuevo en su interior» (v. 38). Y este es el corazón de Dios: lejano del mal pero cercano a quien sufre; no hace desaparecer el mal mágicamente, sino que comparte el sufrimiento, lo hace propio y lo transforma habitándolo.

Pero notemos que, en medio de la desolación general por la muerte de Lázaro, Jesús no se deja llevar por el desánimo, Jesús no se deja transportar por la desesperación. Aun sufriendo Él mismo, pide que se crea firmemente; no se cierra en el llanto, sino que conmovido se pone en camino hacia el sepulcro. No se deja capturar del ambiente emotivo resignado que lo circunda, sino que reza con confianza y dice: «Padre, te doy gracias» (v. 41). Así, en el misterio del sufrimiento, frente al cual el pensamientos y el progreso se rompen como moscas sobre el vidrio, Jesús nos ofrece el ejemplo de cómo comportarse: no huye del sufrimiento, que pertenece a esta vida, pero no se deja aprisionar por el pesimismo.

En torno al sepulcro se realiza así un gran encuentro-desencuentro. Por una parte está la gran desilusión, la precariedad de nuestra vida mortal que, atravesada por la angustia de la muerte, experimente muy seguido la derrota, una oscuridad interior que parece insuperable. Nuestra alma, creada para la vida, sufre sintiendo que su sed de eterno bien es oprimido por un mal antiguo y oscuro. Por una parte es ésta derrota del sepulcro. Pero de la otra parte está la esperanza que vence la muerte y el mal y que tiene un nombre; la esperanza se llama: Jesús. Él no trae un poco de bienestar o algún remedio para alargar la vida, pero proclama: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá» (v. 25). Por esto dice: «Quitad la losa» (v. 39) y a Lázaro grita con voz fuerte: «Sal afuera» (v. 43).

Queridos hermanos y hermanas, también nosotros estamos invitados a decidir de qué parte estamos. Se puede estar de parte del sepulcro o de parte de Jesús. Hay quienes se dejan encerrar por la tristeza y quien se abre a la esperanza. Hay quienes se quedan atrapados en las ruinas de la vida, y quienes, como ustedes, con la ayuda de Dios, reconstruye con paciente esperanza.

Frente a los grandes “por qué” de la vida tenemos dos caminos: quedarse mirando melancólicamente las tumbas de ayer y de hoy, o acercar a Jesús a nuestros sepulcros. Sí, porque cada uno de nosotros tiene un pequeño sepulcro, un área un poco muerta dentro del corazón: una herida, mal sufrido o realizado, un rencor que no amainó, un remordimiento que regresa constantemente, un pecado que no se puede superar. Identifiquemos hoy estos nuestros pequeños sepulcros que tenemos dentro y allí invitemos a Jesús. Es extraño, pero a menudo preferimos estar solos en las grutas oscuras que llevamos dentro, en vez de invitar a Jesús; estamos tentados de buscar siempre a nosotros mismos, dando vueltas y hundiéndonos en la angustia, lamiéndonos las heridas, en lugar de ir a Él, que nos dice: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo los aliviaré» (Mt 11, 28). No nos dejemos aprisionar por la tentación de quedarnos solos y desesperanzados sintiendo lástima por nosotros mismos por lo que nos sucede; no cedamos a la lógica inútil y no concluyente del miedo, repitiendo resignados que todo está mal y nada es como antes. Esta es la atmósfera del sepulcro; el Señor, en cambio, quiere abrir el camino de la vida, aquel  del encuentro con Él, de la confianza en Él, de la resurrección del corazón. La vía del “Levántate”, ¡levántate, sal!, esto es lo que nos dice el Señor, y Él está al lado nuestro para hacerlo.

Sentimos entonces, dirigidas a cada uno de nosotros, las palabras de Jesús a Lázaro: “¡Sal!”; sal del atasco de la tristeza sin esperanza; disuelve las vendas de miedo que obstruyen el camino; los lazos de las debilidades y de las preocupaciones que te bloquean, repite que Dios desata los nudos. En el seguimiento de Jesús aprendemos a no atar nuestras vidas en torno a los problemas que se enredan: siempre habrá problemas, siempre, y, cuando resolvemos uno, puntualmente llega otro. Podemos, sin embargo, encontrar una nueva estabilidad, y esta estabilidad es precisamente Jesús,esta estabilidad se llama: Jesús, que es la resurrección y la vida: con él la alegría habita en el corazón, renace la esperanza, el dolor se transforma en paz, el temor en confianza, la prueba en ofrenda de amor. Y aunque los pesos no faltarán, siempre estará su mano que levanta, su Palabra que alienta y nos dice a todos, a cada uno de nosotros: “¡Sal! ¡Ven a mí! “. Nos dice a todos: no tengais miedo.

También a nosotros, hoy como entonces, Jesús nos dice: “Quítate la piedra.” Por cuan pesado sea el pasado, grande el pecado, fuerte la vergüenza, nunca bloqueemos el ingreso del Señor. Quitemos delante de Él aquella piedra que le impide entrar: este es el tiempo favorable para remover nuestro pecado, nuestro apego a las vanidades del mundo, el orgullo que nos bloquea el alma. Tantas enemistades entre nosotros, en las familias, tantas cosas… y este es el tiempo favorable para remover todas estas cosas.

Visitados y liberados por Jesús, pidamos la gracia de ser testigos de vida en este mundo que tiene sed, testigos suscitan y resucitan la esperanza de Dios en los corazones cansados y abrumados por la tristeza. Nuestro anuncio es la alegría del Señor viviente, que aún hoy dice, como a Ezequiel: «Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os sacaré de ellos, pueblo mío, y os llevaré a la tierra de Israel» (Ez 37,12).

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