Semana Santa: por los caminos de la Pasión y la Gloria

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SEMANA SANTA: POR LOS CAMINO DE LA PASIÓN Y GLORIA

Luis GARCÍA GUTIÉRREZ
Director del Secretariado de la Comisión Episcopal de Liturgia

Los acontecimientos de la pasión, muerte, sepultura y resurrección de Cristo constituyen el misterio pascual, centro de la vida del Señor, cumbre y culminación se su peregrinar terreno. Así mismo, su celebración es el centro del año litúrgico y de la vida del cristiano. Este misterio, como si de una fuerza centrífuga se tratase, va expandiéndose e impregnando los tiempos litúrgicos y los misterios de la vida de Cristo, de la Virgen María y los santos a lo largo de todo el año.

El tiempo de cuaresma concluye el Jueves Santo cuando comienza el Santo Triduo Pascual. Sin embargo, los ocho días previos a la Pascua tienen unas connotaciones muy especiales en la vida litúrgica y en la Piedad Popular de la Iglesia. Forman la unidad que llamamos «Semana Santa»; condensando ésta la conclusión de la cuaresma y la celebración de la pascua anual.

Los preámbulos del Triduo Pascual

La Iglesia inicia la Semana Santa con la solemne obertura del «Domingo de Ramos en la Pasión del Señor». Solamente una mirada atenta a su nombre completo nos abre a la comprensión plena del sentido de este día. Durante la Cuaresma hemos contemplado a Cristo que tiene el firme propósito de subir a Jerusalén para cumplir su misión, consciente de que allí llegará la pasión y la glorificación. Pues bien, ha llegado el momento de entrar en la ciudad santa y accede a ella como Rey humilde aclamado por todos. La bendición de ramos, la proclamación del Evangelio y la ulterior procesión forman un conjunto ritual con el que la Iglesia imita aquel acontecimiento. Los creyentes reproducen el estado de euforia que tuvo lugar a las puertas de Jerusalén: «¡Gloria y honor al que viene en el nombre del Señor!». El salmo 23 proyecta su luz sobre el acontecimiento y, al mismo tiempo, adquiere su plena significación cuando es comprendido desde esta entrada triunfal: «¡Portones!, alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la gloria».

Sin embargo, los creyentes son conscientes de que aquellos hombres, con el mismo entusiasmo con que gritaban vivas a Dios, días más tarde pedirán su condena; tal y como recuerda el himno a Cristo Rey del canto para la procesión: «Ibas como el sol a un ocaso de gloria; cantaban ya tu muerte al cantar tu victoria». Es ésta una nota bien característica de este domingo: el compuesto de gloria y pasión que, de alguna manera, anticipa lo que después desarrollará el Triduo Pascual. Esto puede verificarse en la proclamación de las lecturas: tercer canto del siervo de Yahveh (Is), himno paulino sobre el abajamiento del Señor (Flp), pasión de nuestro Señor Jesucristo (Mt – Mc – Lc).

Tras el domingo de ramos, los Evangelios de la Misa del Lunes, Martes y Miércoles Santo van mostrando los acontecimientos que gestan y anuncian la pasión: unción en Betania, anuncio de la traición de Judas, preparativos de la cena pascual y cumplimiento de la traición; estos pasajes dan cumplimiento a los cánticos del Siervo de de Yahvé que se proclaman en la primera lectura.

Una celebración especial

La «Misa Crismal», celebrada en la iglesia madre de la Diócesis y presidida por el Obispo, el gran sacerdote de su grey junto con su presbiterio, ministros y fieles laicos, es una celebración bien significativa en el contexto de la Semana Santa. En esta Misa Estacional, de suyo vinculada al Jueves Santo, el Obispo bendice los óleos de los catecúmenos y de los enfermos, consagra el crisma y los presbíteros renuevan las promesas sacerdotales. Con esta preparación de los óleos que se emplean en los sacramentos se expresa que su acción y poder brota de la Pascua de Cristo. Por su parte, con la renovación de las promesas los presbíteros recuerdan su unión a Cristo Sacerdote como colaboradores necesarios del Obispo para presidir la celebración de los sacramentos.

Históricamente, el Jueves Santo era también el día en el que se reconciliaban los penitentes que habían realizado penitencia pública durante la Cuaresma con el fin de que pudieran participar de las celebraciones pascuales. De aquella celebración no queda ninguna huella en nuestra liturgia actual.

El Sacro Triduo Pascual

Tiene su comienzo en la tarde del Jueves Santo con la celebración de la «Misa vespertina de la Cena del Señor» y se extiende hasta las vísperas del Domingo de Resurrección. Los días del Triduo muestran facetas –momentos– de una misma y única Pascua de Cristo. Sin embargo, los distintos avatares por los que ha pasado el año litúrgico y la necesaria pedagogía de la liturgia han desplegado su riqueza en el espacio de tres días y han desarrollado una contenida «dramatización ritual» que ayuda a visualizar los misterios centrales de la fe cristiana y a reproducir los necesarios sentimientos de adhesión al misterio que se celebra.

Aquella misma memorable Cena

En la tarde del Jueves Santo se presentan tres secuencias que, aunque distantes en el tiempo, están condensadas en la última cena del Señor con sus apóstoles. El rito de la cena pascual hebrea era memorial (recuerdo actual y actualizante) de la salvación obrada por Dios en el éxodo. Aquella cena era un anuncio –«tipo»– de la nueva instituida por Cristo precisamente en el contexto celebrativo de la antigua. Sin embargo, el episodio del cenáculo no queda cerrado en sí mismo o en referencia a un pasado salvador; se proyecta al futuro pues allí el Señor anticipa ritualmente los sucesos del Calvario. Desde esta manera, el mismo Cristo que entrega su cuerpo sacrificado por la salvación del mundo, entrega a la Iglesia la prolongación en el tiempo de este sacrificio «hasta que vuelva».

El lavatorio de los pies, históricamente no siempre realizado dentro de la Misa y a los fieles laicos, reproduce, a su modo, la misma dinámica de entrega de Jesús en la cruz: «dramatiza» su absoluto abajamiento y recuerda su «mandatum» de amor fraterno. Hay que hacer notar que, en otras liturgias, este rito tiene sentido bautismal pues representa la purificación con el agua del nuevo nacimiento.

La reserva y adoración del Santísimo ha de ser concebida especialmente desde la perspectiva sacrificial de la Eucaristía. Quien está en el sagrario es quien se entregó en la cruz y quien sigue haciéndolo en cada celebración. Por eso, en los tiempos de oración posteriores, se recomienda la meditación de los capítulos 13-17 de San Juan.

La muerte victoriosa del Señor

La entrega de Cristo a la voluntad del Padre que cumplió en toda su vida llega a su máxima expresión en la cruz alcanzando la vida nueva para todos; esto es lo que se conmemora con la impresionante «Celebración de la Pasión del Señor» cargada de emoción contenida en la tarde del Viernes Santo. Todos los ritos de este día han de ser contemplados desde la cruz y la pasión: pasión proclamada (las lecturas de la palabra de Dios que llegan a su culmen en la pasión según San Juan), pasión invocada (la solemne oración universal que manifiesta la universalidad de la salvación), pasión adorada (adoración de la Santa Cruz), pasión comulgada (Sagrada Comunión con el Cuerpo del Señor consagrado el Jueves Santo). Es el día de la cruz por excelencia; ella es el leño nuevo que, en contraposición a aquel del paraíso, es causa de salvación y derrota del mal, de modo que «donde tuvo origen la muerte, de allí resurgiera la vida, y el que venció en un árbol, fuera en un árbol vencido». Los cantos que señala el Misal ofrecen una maravillosa meditación exaltando el signo e instrumento de la salvación y la pregunta desgarrada y sin respuesta que Cristo dirige a los hombres desde la cruz: «¡Pueblo mío! ¿Qué te he hecho, en qué te he ofendido? Respóndeme».

Un gran silencio envuelve la tierra

El Sábado Santo es la celebración del tiempo detenido, del silencio y de la espera. Es el día en que la Iglesia entera contiene la respiración ante la contemplación de Cristo depositado en el sepulcro. Este silencio es roto únicamente por la celebración de la Liturgia de las Horas que muestra progresivamente el dolor de la Iglesia, el descanso del Señor, su descenso al lugar de los muertos y la espera de la victoria.

Triunfante se levanta

La celebración anual de la Pascua comienza con la «Vigilia Pascual» una vez que ha llegado la noche; no se trata del último acto del Sábado Santo, sino que es ya la celebración del Domingo de Pascua. La Iglesia entera se reúne en oración prolongada durante la noche en la espera de la resurrección del Señor, de ahí el carácter vigiliar por el que se distingue esta celebración. Su riqueza lírica, simbólica, ritual, oracional y sacramental trata de mostrar y celebrar desde las más variadas perspectivas el gran misterio de la Resurrección de Cristo presente en la vida de los hombres: la luz que vence las tinieblas de la muerte (lucernario), la unidad de toda la historia salvífica en Cristo y su misterio pascual (extensa liturgia de la palabra), la pascua del cristiano por medio del bautismo y la confirmación (liturgia bautismal) y, finalmente, la celebración de la Eucaristía, momento culminante de la Vigilia, sacramento pascual por excelencia, memorial de la muerte y resurrección del Señor, plenitud de la Iniciación Cristiana, anticipo de la Pascua eterna. La Misa del día de Pascua es continuación y prolongación diurna de los contenidos festejados en la gran noche. El Triduo Pascual y la Semana Santa están llegando su fin, se abre ahora un precioso espacio para meditar sobre la Pascua de Cristo y la Pascua de la Iglesia.

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