Carta del Santo Padre al obispo de Asís, con motivo de la inauguración del Santuario de la Expoliación

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16 de abril de 2017.- Ofrecemos a continuación la carta que el Santo Padre Francisco ha enviado al obispo de Asís-Nocera Umbra-Gualdo Tadino, S.E. Mons. Domenico Sorrentino, con motivo de la inauguración del Santuario de la Expoliación en la iglesia de Santa María Mayor, antigua catedral de Asís.

Carta del Santo Padre

A mi venerado hermano
Mons. Domenico Sorrentino
Obispo de Asís-Nocera Umbra-Gualdo Tadino

Me has informado, querido hermano, de una iniciativa tuya, que está ligada de una manera especial a la visita  que hice a Asís el  4 de octubre de 2013, cuando, en el obispado, me quedé en la Sala de la Expoliación. Allí, se recuerda el gesto del joven Francisco, que se despojó, hasta la desnudez, de todos los bienes del mundo, para darse por entero a Dios y a los demás. Para arrojar luz sobre este episodio singular, has querido erigir, en la iglesia de Santa Maria Mayor, antigua catedral de Asís, y en los lugares del obispado que fueron testigos del evento, el Santuario de la  Expoliación. Has añadido así una perla al panorama religioso de la “Ciudad seráfica”,  ofreciendo a la comunidad cristiana y a los peregrinos otra gran oportunidad, de la que se pueden esperar, con razón, frutos espirituales y pastorales. Me complace, por lo tanto, acompañar con una reflexión y una bendición la inauguración oficial que tendrá lugar el 20 de mayo.

Recuerdo la emoción de mi primera visita a Asís. Habiendo elegido como inspiración ideal de mi pontificado, el nombre de Francisco, la Sala  de la Expoliación me hizo revivir con especial intensidad ese momento de la vida del santo. Renunciando a todos los bienes mundanos se desvinculaba  del hechizo del dios-dinero que había atrapado a su familia, especialmente a su padre Pietro di Bernardone. Ciertamente, el joven convertido no tenía intención de perder el debido respeto a su padre, pero se acordó de que un bautizado debe anteponer el amor a Cristo a los afectos más  queridos. En una pintura que decora la Sala de la Expoliación, se ve muy bien  la mirada contrariada del padre, que se aleja con el dinero y la ropa del hijo, mientras que éste, desnudo, pero ahora libre, se lanza a los brazos de obispo Guido. El mismo episodio, en la Basílica Superior de San Francisco, es recordado por un fresco de Giotto, que subraya el impulso  místico del joven ahora proyectado hacia el Padre celestial, mientras  el obispo lo cubre con su manto, para expresar el abrazo maternal de la Iglesia .

Cuando  visité la Sala de la Expoliación te pedí que hicieras que me encontrase sobre todo con  los representantes de los pobres. En esa Sala, tan elocuente, ellos eran testigos de la escandalosa realidad de un mundo todavía tan marcado por la  brecha entre el inmenso número de indigentes, a menudo desprovistos de lo estrictamente necesario, y la minúscula porción de personas que tienen la mayor parte de la riqueza y pretenden determinar los destinos de la humanidad. Por desgracia, dos mil años después del anuncio del Evangelio y después de ocho siglos del testimonio de Francisco, estamos frente a un “inequidad  global” y de “economía que mata” (cf. ibíd., N. Evangelii gaudium, 52-60) . Precisamente, el día antes de mi llegada a Asís, en las aguas de Lampedusa, se había consumado una gran tragedia de la emigración. Hablando en el lugar del “expolio”, también con la emoción causada por ese luctuoso evento, sentí toda la verdad de lo que había testimoniado el  joven Francisco: solamente cuando se acercó a los pobres, en su tiempo representados sobre todo por los leprosos, ejercitando con ellos  la misericordia, experimentó “dulzura del alma y del cuerpo” (Testamento, FF 110).

El nuevo santuario de Asís nace como  profecía de una sociedad más justa y solidaria,mientras recuerda a la Iglesia  su deber de vivir,  tras las huellas de Francisco, despojándose de la mundanidad y revistiéndose de los valores del Evangelio. Repito lo que dije en la Sala de la Expoliación: “Todos estamos llamados a ser pobres, a despojarnos de nosotros mismos; y por esto tenemos que aprender a estar con los pobres, a compartir con aquellos que carecen de lo necesario, a tocar  la carne de Cristo.  El cristiano no es uno que se llena la boca con los pobres, ¡no! Es uno que  los encuentra,que los  mira a los ojos, que los toca “. Hoy es más necesario que nunca que las palabras de Cristo caractericen el camino y el estilo de la Iglesia. Si en tantas regiones del mundo, tradicionalmente cristianas,  hay un alejamiento de la fe, y por lo tanto estamos llamados a una nueva evangelización, el secreto de nuestra predicación no estriba tanto en el poder de nuestras palabras, sino en la fascinación del testimonio, con el apoyo de la gracia. Y la condición es que no desatendamos las indicaciones que el Maestro dio a sus apóstoles en el discurso sobre la misión, haciendo al mismo tiempo un llamamiento a la generosidad de los evangelizadores y a la solicitud fraternal entre ellos: “Gratis lo recibisteis,  dadlo gratis.  No os procuréis oro ni plata, ni calderilla en vuestras fajas, ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón; porque el obrero merece su sustento “(Mt 10.8 a 10).

Francisco de Asís lo tenía muy claro. Lo había absorbido en la meditación del Evangelio, pero sobre todo en la contemplación del rostro de Cristo en los leprosos y en el crucifijo de San Damiano, de quien había recibido el mandato: “Francisco, vé, repara mi casa”. Sí, como en el tiempo de Francisco, la Iglesia siempre tiene que ser “reparada” . Ella es, efectivamente,  santa por los dones que recibe de lo alto, pero está formada por  pecadores, y por lo tanto está siempre necesitada de penitencia  y de renovación. Y ¿cómo  podría renovarse a sí misma, sino mirando a su “desnudo” Señor? Cristo es el modelo original del “expolio”, como tú, querido hermano, has querido resaltar,  promulgando tu carta de institución del nuevo santuario en la solemnidad de la Navidad. En el Niño de Belén la gloria divina está como escondida. Estará aún más velada en el Gólgota. “Tened entre  vosotros los mismos sentimientos que Cristo:  El cual , siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó a sí mismo, tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre. Y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte  y muerte de cruz “(Fil 2,5-8) .

Desde Navidad a Pascua, el camino de Cristo es todo un misterio de “expoliación”. La omnipotencia, de alguna manera se eclipsa, para que la gloria del Verbo hecho carne se exprese sobre todo en el amor y la misericordia. ¡La expoliación es un misterio de amor! No significa desprecio por las realidades del mundo. Y ¿cómo podría serlo? El mundo entero ha salido de las manos de Dios. El mismo Francisco nos invita, en el Cántico del Hermano Sol, a cantar y a custodiar la belleza de todas las criaturas. La expoliación nos hace utilizarlas de manera sobria y solidaria, con una jerarquía de valores que pone el amor en el primer puesto. Hay que despojarse, en sustancia, más que de  cosas, de sí mismos, dejando a un lado el egoísmo que nos hace agarrarnos a nuestros intereses y nuestros bienes, impidiéndonos descubrir la belleza del otro  y la alegría de abrirle el corazón . Un verdadero camino cristiano no conduce a la tristeza, sino a la alegría. En un mundo marcado por tanta ” tristeza individualista” (ibid., N. Evangelii gaudium, 2), el Santuario de la Expoliación se propone alimentar en la Iglesia y en la sociedad la  alegría evangélica, sencilla y solidaria.

Un bello aspecto del nuevo santuario viene del hecho de que,  en el evento de la expoliación de Francisco, emerge también  la figura de un pastor, el  obispo Guido, que probablemente había conocido, si no  acompañado  su camino de conversión, y ahora lo acogía en su elección decisiva. Es una imagen de la maternidad de la Iglesia que merece ser redescubierta, mientras la condición de los jóvenes, en un panorama de crisis de la sociedad,  plantea serias cuestiones que he querido centrar  convocando un Sínodo especial. Los jóvenes necesitan ser acogidos, valorados y acompañados. No hay que tener  miedo de proponerles a Cristo y  los exigentes ideales del Evangelio. Pero para ello es necesario ponerse en medio de ellos y caminar con ellos. El nuevo santuario  también adquiere así el valor de un lugar precioso donde los jóvenes pueden ser ayudados a discernir su vocación. Al mismo tiempo, los adultos están llamados a estrecharse en una unidad de propósitos y sentimientos, para que la Iglesia haga emerger   cada vez más su carácter familiar, y las nuevas generaciones se sientan apoyadas en su camino.

Por lo tanto, bendigo de todo corazón el nuevo santuario, extiendo mi bendición a los peregrinos que lo visitarán  y a toda la comunidad diocesana. ¡Que la Virgen, a quien el santuario sigue dedicado, nos haga sentir a todos su protección maternal!

FRANCISCO

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