Discurso del Santo Padre en la apertura de la 70ª Asamblea General de la Conferencia Episcopal Italiana (C.E.I.)

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22 de mayo de 2017.- A las 16:30 de esta tarde, en el Aula Nueva del Sínodo,  el Santo Padre Francisco  ha abierto los trabajos de la LXX Asamblea  de la Conferencia Episcopal Italiana (C.E.I.), que tienen lugar en el Vaticano a partir de hoy hasta el 25 de mayo.

Después de la oración de apertura, el Papa ha tenido un largo diálogo con los obispos italianos. Al final del encuentro a  las 18.45 horas, el Santo Padre entregó a los presentes el texto del discurso que había preparado.

Publicamos a continuación las palabras de saludo con que el Papa ha abierto los trabajos y el discurso entregado.

Saludo del Santo Padre

Papa Francisco:
Buenas noches, hermanos y hermanas.
Agradezco las palabras que me ha dirigido el cardenal presidente. Me gustaría darle las gracias por estos diez años de servicio en la presidencia, y también por la paciencia que ha tenido conmigo, porque no es fácil trabajar con este Papa. Ha tenido mucha paciencia, y se lo agradezco mucho. Venía con un plan y salía con otro: es así. Sin embargo, en este trabajo, puedo decir que nos queremos  y nos hemos hecho muy amigos. Solamente me da miedo una cosa: ¿Cuánto me hará  pagar el próximo sábado para venir a Génova?

Cardenal Bagnasco:
¡Seguro! Claro … [risas, aplausos] Esté preparado …

Papa Francisco:
Los genoveses no hacen …

Cardenal Bagnasco:
… descuentos, ¡nada! [Risas]

Papa Francisco:
Está bien. Gracias, Eminencia , y a todos los que han trabajado con usted en los últimos diez años. Pero usted, como está  muy acostumbrado, pasa de una presidencia a otra, ahora … pero será más fácil, esa… [se refiere a la presidencia del Consejo de las Conferencias Episcopales de Europa]

Cardenal Bagnasco:
Creo que sí …

Papa Francisco:
Será más fácil. He escrito algo que quería deciros, pero luego leyendo y releyendo me he dado cuenta de que era más una meditación que una introducción. Y me parecía más útil dejarosla para que os la llevéis, la leaís y meditéis sobre ella. Es un servicio. Al final de la sesión de hoy, os daré el texto y así todo el mundo se lo puede llevar,  leerlo, releerlo … Lo he escrito solamente con la idea de ayudar a  la Conferencia a proseguir  y así dar más frutos. Mi idea es entablar un diálogo, un diálogo sincero como lo hicimos la última vez, que salió tan bien y que me hizo tanto bien, preguntando las cosas claramente, sin miedo. Porque cuando no hay diálogo, cuando el que preside no permite el diálogo, siembra las habladurías  y es peor: eso es peor. Dialoguemos entre nosotros. Por mi parte, estoy dispuesto incluso a escuchar las opiniones que no sean agradables para mí, pero con total libertad, con toda libertad. Porque, según la más bella definición, el Papa es el siervo de los siervos de Dios. Y eso es lo que tengo que hacer hoy, respondiendo a vuestras preguntas, a vuestras preocupaciones y dialogando juntos. ¿Hasta que hora tenemos, Eminencia?

Cardenal Bagnasco:
Hasta las  7.

Papa Francisco:
Hasta las 7, está bien. ¿Terminamos? Si no hay nada que decir, terminamos antes… [risas] Gracias a todos los que colaboran, los periodistas, los secretarios, todos, todos, por esta ayuda. Doy la bienvenida a aquellos que han sido nombrados u ordenados desde la última asamblea hasta hoy, a los “nuevos” … El último ordenado en la anterior era Accrocca ¿Quien es el último ordenado en esta? El último de los consagrados, ¿Quien es? [Mons. Guglielmo Giombanco, obispo de Patti] ¡Bienvenido!
Y ahora, solemnemente, extra omnes! [Risas, aplausos]

Discurso del Santo Padre

Queridos hermanos,

En estos días, mientras  preparaba el encuentro con vosotros , me ha ocurrido que invocase  varias veces la “visita” del Espíritu Santo, de Aquel que es ” el suave persuasor del hombre interior.” En realidad, sin su fuerza “nada hay  en el hombre, nada sin culpa” y vano es todo nuestro esfuerzo; si su luz “más bendita” no invade nuestro interior, seguimos siendo prisioneros de nuestros temores, incapaces de reconocer que sólo estamos salvados por el amor:  Lo que en nosotros  no es amor, nos aleja del Dios vivo y  de su pueblo santo.

“Ven, Espíritu Santo, manda tu luz desde el cielo. Da a tus fieles que solo en ti confían, tus santos dones “.

El primero de estos dones  está ya en el convenir en unum, dispuestos  a compartir el tiempo, la escucha, la creatividad y el consuelo. Os deseo que estas jornadas estén atravesadas  por la confrontación abierta, humilde y franca. No temáis los momentos de contraste: confiaros  al Espíritu, que abre a la diversidad y reconcilia lo distinto en la caridad fraterna.

Vivid la  colegialidad episcopal, enriquecida por la experiencia de la que  cada uno es portador y que lleva las  lágrimas y las  alegrías de vuestras Iglesias particulares. Caminar juntos es el camino constitutivo de la Iglesia; la figura que nos permite interpretar la realidad con los ojos y el corazón de Dios; la condición para seguir al Señor Jesús y ser servidores de la vida en este tiempo herido.

Aliento y paso sinodal revelan lo que somos y el dinamismo de comunión que anima nuestras decisiones. Sólo con este horizonte  podemos renovar verdaderamente  nuestra pastoral y adaptarla a la misión de la Iglesia en el mundo actual; sólo así  podemos hacer frente a la complejidad de este tiempo, agradecidos por el camino recorrido  y decididos  a continuarlo  con parresía.

En realidad, este camino está marcado también por  cierres y resistencias: nuestras infidelidades son una pesada hipoteca puesta sobre la credibilidad del testimonio del depositum fidei, una amenaza mucho peor que la que proviene del mundo con sus persecuciones. Esta toma de conciencia nos ayuda a reconocernos como destinatarios de las Cartas a las Iglesias con las  que se abre el libro de Apocalipsis (1,4 a 3.22), el gran libro de la esperanza cristiana. Pidamos la gracia de saber escuchar lo que el Espíritu dice hoy  a las Iglesias; recibamos  su mensaje profético para entender lo que quiere curar en nosotros: “Ven, padre de los pobres; ven, don de dones; ven, luz de los corazones “.

Como  la Iglesia de Éfeso, quizás a veces  también nosotros  hemos abandonado el amor, la frescura y el entusiasmo de una vez … Volvamos a los orígenes, a la gracia fundadora de los comienzos; dejémonos mirar  por Jesucristo,  el “Sí”, del Dios fiel, el unum necesario: ” Que no se cierna sobre esta reunión otra luz si no es Cristo, luz del mundo; que ninguna otra verdad atraiga nuestros ánimos fuera de las palabras del Señor, único Maestro; que ninguna otra aspiración nos anime si no es el deseo de serle absolutamente fieles; que ninguna otra esperanza nos sostenga sino aquella que conforta, mediante su palabra, nuestra angustiosa debilidad: “Y he aquí que Yo estoy con vosotros todos los días hasta la consumación de los siglos” (Mt 28, 20). (Mt 28,20) “(Pablo VI, Discurso para la apertura de la segunda sesión del Concilio Ecuménico Vaticano II,  29 de septiembre de 1963).

Como la Iglesia de Esmirna, quizás  nosotros también en los momentos de prueba somos  víctimas del cansancio, de  la soledad, de la preocupación por el futuro; nos sorprendemos cuando nos damos cuenta de  que el Dios de Jesucristo  pueda no  corresponder a  la imagen y las expectativas del hombre ‘religioso’: decepciona, transtorna, escandaliza. Custodiemos la confianza en la iniciativa sorprendente  de Dios, la fuerza  de la paciencia y la fidelidad de los confesores: no temeremos la segunda muerte.

Como  la Iglesia de Pérgamo,  también nosotros, tal vez con demasiada frecuencia, tratamos de conciliar la fe con la mundanidad espiritual, la vida del Evangelio con las lógicas del poder y del éxito, presentadas a la fuerza como si fueran funcionales a la imagen social de la Iglesia. El intento de servir a dos señores es, más bien, índice de la  falta de convicciones internas. Aprendamos a renunciar a ambiciones inútiles  y a la obsesión de nosotros mismos para vivir constantemente bajo la mirada del Señor, presente en tantos hermanos humillados: encontraremos  la Verdad que nos hace realmente libres.

Cómo la iglesia de Tiatira, quizás estamos expuestos a la tentación de reducir el cristianismo a una serie de principios carentes de sustancia. Se cae, entonces, en un espiritualismo desencarnado, que se desentiende de  la  realidad y hace que se  pierda la ternura de la carne del hermano. Volvamos a las cosas que realmente importan: la fe, el amor  al Señor, el servicio prestado con alegría y gratuidad. Hagamos nuestros los sentimientos y los gestos de Jesús y  entraremos realmente en comunión con Él, estrella de la mañana que no conoce el ocaso.

Come la Iglesia de Sardis, tal vez podamos ser  seducidos por  la apariencia, lo exterior y el oportunismo, influenciados por las modas y por los juicios de los demás. La diferencia cristiana, sin embargo,  hace hablar a la acogida del Evangelio con las obras, la obediencia concreta, la fidelidad vivida; con la resistencia al prepotente, al soberbio  y al prevaricador; con la amistad con los pequeños y el compartir con los  necesitados. Dejemos que la caridad nos ponga en discusión, atesoremos la sabiduría de los pobres, favorezcamos la inclusión; y, por misericordia, nos encontraremos  partícipes  del libro de la vida.

Como la Iglesia de Filadelfia, estamos llamados a la perseverancia, a arrojarno a  la realidad sin timidez: el Reino es la piedra preciosa por la que vender sin vacilación todo lo demás y abrirnos plenamente al don y la misión. Crucemos con valor cada puerta  que el Señor  nos abre. Aprovechemos todas las ocasiones para hacernos prójimo. Incluso la mejor levadura sola no es comestible, y en su humildad hace fermentar una gran cantidad de harina: mezclémonos a la ciudad de los hombres, colaboremos activamente para el encuentro con las diversas riquezas culturales, esforcémonos juntos por el bien común de  cada uno y de todos. Nos encontraremos como ciudadanos de la nueva Jerusalén.

Come la Iglesia de Laodicea, tal vez conocemos la tibieza del compromiso, la indecisión calculada, el peligro de la ambigüedad. Sabemos que , precisamente, sobre estas actitudes se abate la condena más dura. Por otra parte, como nos recuerda un testigo del siglo XX, la gracia barata es la enemiga mortal de la Iglesia: ignora la palabra viva de Dios y nos cierra el camino hacia  Cristo. La verdadera gracia – que costó la vida del Hijo – sólo puede tener un precio muy alto: porque nos llama a la secuela de Jesucristo, porque cuesta al hombre el precio de la vida, porque condena el pecado, y justifica al pecador, porque no dispensa de la obra… Es a caro precio, pero es gracia que da la vida y lleva a vivir en el mundo sin perderse en el (cfr. D. Bonhoeffer, Seguimiento). Abramos  el corazón a la llamada del eterno Peregrino: dejémosle entrar, cenemos con Él. Recomenzaremos para llegar  a todos lados con un anuncio de justicia, fraternidad y paz.

Queridos hermanos, el Señor nunca quiere deprimirnos,  así que no nos detengamos en los reproches, que nacen, de todas formas, del amor.(cf. Hechos. 3:19) y al amor llevan. Dejémonos sacudir, purificar y consolar: ” Riega la tierra en sequía, lava las manchas sana el corazón enfermo, , infunde calor de vida en el hielo, doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero.”.

Se nos pide  audacia para evitar  acostumbrarnos a situaciones que están tan arraigadas como para parecer normales o insuperables. La profecía no requiere rupturas, sino  decisiones valientes que son propias de una verdadera comunidad eclesial: llevan a dejarse “disturbar” por los acontecimientos y las personas y a calarse en  las situaciones humanas, animados por el espíritu resanador de las Bienaventuranzas. En esta línea sabremos remodelar las formas de nuestro anuncio que  se irradia ante todo con la caridad. Prosigamos con la confianza de quien sabe que también este tiempo  es un kairós, un tiempo de  gracia habitado por el Espíritu del Resucitado: tenemos la responsabilidad de reconocerlo, aceptarlo y secundarlo con docilidad.

 “Ven, Espíritu Santo.. consolador perfecto, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo”

Queridos hermanos,” puestos  para pastorear la Iglesia de Dios “(Hechos 20:28), partícipes de la misión del Buen Pastor: que a vuestra mirada ninguno sea invisible o marginal . Salid al encuentro de cada persona con la amabilidad y la compasión del padre misericordioso, con ánimo fuerte y generoso. Prestad atención a  percibir como vuestro el bien  y el mal del otro, capaces de ofrecer con gratuidad  y ternura la misma vida. Que esta sea vuestra vocación; para que como escribe  Santa Teresa del Niño Jesús “solo el amor hace actúar a los miembros de la Iglesia; si el amor se apagase, los apóstoles ya no anunciarían el Evangelio, los mártires se negarían a derramar su sangre … “.

En esta luz, doy también las  gracias en vuestro nombre al cardenal Angelo Bagnasco por  sus diez años como presidente de la Conferencia Episcopal Italiana. Gracias por su servicio humilde y compartido, no sin sacrificio personal, en un momento de  no fácil transición de la Iglesia y del país. Que también la elección y, por lo tanto, el nombramiento de su sucesor, no sean  más que un signo de amor a la Santa Madre Iglesia, amor vivido con discernimiento espiritual y pastoral, de acuerdo con una síntesis que es también un don del Espíritu.

Y rezad por mí,  llamado a ser custodio, testigo y garante de la fe y de la unidad de toda la Iglesia: Que con vosotros y para vosotros sea capaz de cumplir esta misión con alegría hasta el final.

 “Ven, Espíritu Santo. Da virtud y la recompensa, da muerte santa, da gozo eterno “. Amén.

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