Audiencia del Santo Padre a los monjes de la Confederación Benedictina

fran19042018

19 de abril de 2018.- El Papa ha recibido esta mañana en audiencia, a las 12.00 horas, en la Sala Clementina del Palacio Apostólico, a los monjes de la Confederación Benedictina con motivo del 125° aniversario de la fundación de la  Confederación Benedictina y de la colocación de la primera piedra de la abadía primacial de San Anselmo en Roma.

Ofrecemos a continuación el discurso que ha dirigido el Papa a los presentes en la audiencia.

Discurso del Santo Padre

Reverendo Abad Primado,
Queridos Padres abades,
Queridos hermanos y hermanas,

Os doy la bienvenida con motivo del 125° aniversario de la fundación de la Confederación Benedictina y agradezco al Abad Primado sus amables palabras. Me gustaría expresar toda mi consideración y gratitud por la importante contribución que los benedictinos han aportado a la vida de la Iglesia, en todas partes del mundo, durante casi mil quinientos años. En esta celebración del Jubileo de la Confederación Benedictina queremos recordar, de forma especial, el esfuerzo del Papa León XIII, que en 1893 quiso unir a todos los benedictinos fundando una casa común de estudio y de oración, aquí en Roma. Damos gracias a Dios por esta inspiración, porque  llevó  a los benedictinos de todo el mundo a vivir un espíritu más profundo de comunión con la Sede de Pedro y entre ellos.

La espiritualidad benedictina es renombrada por su lema: Ora et labora et lege. Oración, trabajo, estudio. En la vida contemplativa, Dios a menudo anuncia su presencia de una manera inesperada. Con la meditación de la Palabra de Dios en la lectio divina, estamos llamados a permanecer en religiosa escucha de su voz para vivir en obediencia constante y gozosa. La oración genera en nuestros corazones, dispuestos a recibir los increíbles dones que Dios siempre está dispuesto a darnos, un espíritu de fervor renovado que nos lleva, a través de nuestro trabajo diario, a intentar compartir los dones de la sabiduría de Dios con los demás: con la comunidad, con aquellos que vienen al monasterio para su búsqueda de Dios (“quaerere Deum“), y con aquellos que estudian en vuestras escuelas, institutos y universidades. Así se genera una vida espiritual siempre renovada y fortalecida.

Algunos aspectos característicos del tiempo litúrgico pascual, que estamos viviendo, como el anuncio y la sorpresa, la pronta respuesta y el corazón dispuesto a recibir los dones de Dios, son en realidad parte de la vida benedictina de todos los días. San Benito os pide en su Regla “no anteponer nada absolutamente a Cristo” (n. 72), para que estéis siempre alerta, en el hoy,  listos para escucharlo y seguirlo dócilmente (cf. aquí, Prólogo). Vuestro amor por la liturgia, como una obra fundamental de Dios en la vida monástica, es esencial sobre todo para vosotros mismos, ya que os  permite estar en la presencia viva del Señor; y es precioso para toda la Iglesia, que a lo largo de los siglos, ha beneficiado de ello como de agua de manantial que riega y fecunda, alimentando la capacidad de vivir, personalmente y en comunidad, el encuentro con el Señor resucitado.

Si San Benito fue una estrella luminosa – como lo llama San Gregorio Magno – en su tiempo marcado por una profunda crisis de los valores y de las  instituciones, era porque aprendió a discernir entre lo esencial y lo secundario en la vida espiritual, poniendo firmemente en el centro al Señor. ¡Qué también vosotros, hijos suyos en nuestro tiempo, podáis practicar el discernimiento para reconocer lo que proviene del Espíritu Santo y lo que proviene del espíritu del mundo o del espíritu del diablo! Discernimiento que ” no supone solamente una buena capacidad de razonar o un sentido común, [sino que] es también un don que hay que pedir al Espíritu Santo. Sin la sabiduría del discernimiento podemos convertirnos fácilmente en marionetas a merced de las tendencias del momento” (Exh. ap. Gaudete et exsultate, 166-167).

En esta época, cuando las personas están tan ocupadas que no tienen tiempo suficiente para escuchar la voz de Dios, vuestros monasterios y conventos se convierten en oasis, donde hombres y mujeres de todas las edades, orígenes, culturas y religiones pueden descubrir la belleza del silencio y redescubrirse a sí mismos, en armonía con la creación, permitiendo que Dios restablezca un orden apropiado en sus vidas. El carisma benedictino de acogida es muy valioso para la nueva evangelización, porque os da la oportunidad de recibir a Cristo en cada persona que llega, ayudando a aquellos que buscan a Dios a recibir los dones espirituales que Él tiene reservados para cada uno de nosotros.

Además, a los benedictinos se les ha reconocido siempre su compromiso con el ecumenismo y el diálogo interreligioso. Os  animo a continuar en esta importante obra para la Iglesia y para el mundo, poniendo a su servicio vuestra hospitalidad tradicional. En efecto, no hay oposición entre la vida contemplativa y el servicio a los demás. Los monasterios benedictinos, tanto en las ciudades como lejos de ellas, son lugares de oración y de acogida.  Vuestra estabilidad también es importante para las personas que vienen a buscaros. Cristo está presente en este encuentro: está presente en el monje, en el peregrino, en el necesitado.

Os agradezco  vuestro servicio en el ámbito de la educación y de la formación, aquí en Roma y en tantas partes del mundo. Se sabe que los benedictinos son “una escuela del servicio del Señor”. Os exhorto a dar a los estudiantes, junto con las nociones  y conocimiento necesarios, las herramientas para que puedan crecer en esa sabiduría que los empuje a buscar continuamente a Dios en sus vidas; esa misma sabiduría que los llevará a practicar el entendimiento mutuo, porque todos somos hijos de Dios, hermanos y hermanas, en este mundo que tiene tanta sed de paz.

En conclusión, queridos hermanos y hermanas, espero que la celebración del Jubileo por el aniversario de la fundación de la Confederación Benedictina sea una oportunidad provechosa para reflexionar sobre la búsqueda de Dios y su sabiduría, y sobre cómo transmitir con más eficacia  su riqueza perenne a las generaciones futuras.

Por la intercesión de la Virgen María, Madre de la Iglesia, en comunión con la Iglesia celestial y con los santos Benito y Escolástica, invoco sobre cada uno de vosotros la bendición apostólica. Y os pido, por favor, que sigáis rezando por mí. Gracias.

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